Solo un best seller
Publicado: 22/04/2014
Por Hugo Chaparro Valderrama*

Solo un best seller

Hugo Chaparro Valderrama reseña 'Solo' de William Boyd

El truco es efectivo: reciclar un fetiche literario y cinematográfico llamado James Bond; presentarlo a los lectores en una novela que explote la memoria excitada del espectador con su filmografía; sumarle el matiz erótico que desde los años sesenta ha sido una apuesta de la lujuria hecha acción cuando el público se pregunta cuál será la próxima “chica Bond”; aprovechar el escenario de la codicia que hace del espía un asesino con licencia para matar a favor de los intereses que sostienen el teatro risible y costoso de la familia real en Londres; revelar con un tinte moral que en el mundo no existen héroes desinteresados cuando las guerras son un negocio rentable. ¿El resultado? Un best seller para atrapar en sus páginas a lectores manipulados por la astucia editorial que ofrece en las páginas de Solo una adaptación, escrita por William Boyd, del cine hecho literatura para revender el modelo de Bond como lo soñó Ian Fleming.

El epígrafe de Wordsworth que sugiere el sentido de la novela es quizás el único rasgo de elegancia literaria que descubre Solo. De resto, la aventura es una exhibición de reiteraciones para lectores incautos que trata de humanizar al espía, anunciándonos que Bond tiene 45 años de edad –según la cronología que escribió Ian Fleming en Solo se vive dos veces–, situándolo en la dificultad cuando enfrenta una guerra civil en un país imaginario de África, vampirizando la tradición de la miseria que inspira a los chacales del mundo cuando descubren petróleo –un escenario conveniente para escribir aventuras con apariencia de alegato político.

Con una prosa tan rápida y elemental como la de Ryoiki Inoue, el escritor brasilero capaz de escribir una novela en tres días o tres novelas en un día, Solo habría sido una novela estelar de Fleming. Asumida por Boyd como una parodia es apenas el ejercicio de estilo de un escritor con oficio, capaz de aprovechar para su beneficio el molde original, ¡amenazando al lector con una posible secuela cuando Bond se levanta de la cama donde ha estado con la modelo de turno y descubre las huellas de un posible ladrón, que justifican la insólita y absurda desaparición del temible Kobus Breed, un asesino malévolo al que Bond le dejó caer encima una bola de cemento partiéndole el omóplato, la clavícula y el húmero, continuando el espía partiéndole las costillas, regándole gas pimienta en su ojo bueno –por supuesto, el asesino es típicamente tuerto–, para terminar cortándole la médula espinal con una navaja! ¿Y Boyd es capaz de hacer que desaparezca? Con semejante pudor, no sería sorprendente que quisiera remolcar su talento a la sombra de Fleming con el recurso de un temible “continuará”.

 

* Escritor


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