Regresar del sueño eterno
Publicado: 22/04/2014
Por Julio Paredes*

Regresar del sueño eterno

Julio Paredes reseña 'La rubia de ojos negros' de Benjamin Black

Habría que agradecerle a Benjamin Black (¿o, mejor, a John Banville?) por el creciente placer literario que les ha otorgado en estos últimos años a los lectores, desde el debut en el 2008 con The Lemur y, simultáneamente, con Christine Falls, el primer título de su extraordinaria serie de seis novelas ambientadas en el Dublín de los años cincuenta y protagonizadas por el patólogo Quirke, detective involuntario, pero heredero del mejor y más afinado hard boiled norteamericano. Agradecerle por haber traído de vuelta la auténtica novela negra que, para no hablar sino de nuestras fronteras, había desembocado en supuestas estructuras policiacas para justificar una violencia fácil y predecible.

Pero ahora, con La rubia de los ojos negros, habría que agradecerle por un goce aún más sofisticado, atrevido y enigmático para cualquier lector: traer de vuelta a la verdad de la ficción a uno de los personajes más emblemáticos del género, Philip Marlowe, quien había quedado detenido, después de un hipotético matrimonio con final feliz, en una última tentativa contra la mafia, en las páginas de un cuento escrito a finales de 1958 por su primer creador Raymond Chandler.

Desde la primera línea de La rubia de ojos negros, Black encontró (a pesar de los filtros de una traducción) la agilidad y la eficacia narrativas del estilo que hizo famoso a Chandler. Todo comienza, de nuevo, con la irrupción de una hermosa mentira, rubia y de ojos negros, a la oficina de Marlowe, quien de inmediato, y como siempre, cree cruzarse con un espejismo que lo llevará al amor verdadero. Sin embargo, la resurrección no se limita a retomar los giros o a las coordenadas temporales y espaciales donde sucede la trama, en Los Ángeles de los cincuenta, ni al hecho de insertar historias y personajes de Un largo adiós, publicada en 1953, ni a la solución de un enigma que arrastra detrás varias muertes, sino a la desconcertante seguridad de oír de nuevo esa voz melancólica, descreída y solitaria que nos hablaba del mundo y que todos creíamos desaparecida de las páginas, para siempre. Es ahí donde sucede la eventual y auténtica reencarnación, el “canibalismo” para decirlo en palabras de Chandler.

Sería como volver a oír la verdadera voz de K o de Caulfield o de Brausen. Una facultad sin duda restringida a unos cuantos pocos escritores; tal vez solo a aquellos que, desde otra orilla, han contado con la compañía secreta de un John Banville.

 

* Escritor.


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