Sin escondite
Publicado: 22/04/2014
Por Jaime Arracó*

Sin escondite

Jaime Arracó reseña 'El atlas de ceniza' de Blake Butler

La sensibilidad de Blake Butler, treintañero escritor y editor web estadounidense, alcanza las cotas más altas de la narrativa poética de ficción apocalíptica. Demuestra que este ejercicio de destrucción, basado en 26 relatos unidos por la temática del caos, es un autentico acto de belleza, de pasión, de compromiso con lo inevitable del significado de existencia: el fin. No hay manera de esconderse o de frenar el caos que impulsa esta escenografía de vísceras donde o te ahogas o ardes.

En Atlas de ceniza, todo es protagonista, cada parte de la creación vive en estas páginas. Las descripciones de una Norteamérica cubierta por un cielo que, como un manantial de desgracias, irriga cualquier punto visible de desasosiego, son transformadoras, o deformadoras. La unión de personas y tierra habitada muestra la nulidad de supervivencia en simbiosis: cuanto más afectados y deformados están los protagonistas, más deshecho está el mundo. El paso del tiempo es el paso de la vida, pero no es el florecimiento, es la degradación, la fatiga, el desgaste; estas páginas son una estratificación que va desde lo inacabable hasta casi el cero absoluto, de cada presencia sobre la tierra. Es una muestra de los estados por los que se puede pasar, del pelaje de todas las etapas de objetos y personas. De lo fácil que se destruye todo, pudiendo ver el final cerca.

Hablar del Apocalipsis es hablar de revelación, y quizá el autor se sirva de lo que el mundo misterioso en que vivimos esconde a muchos ojos, un mundo que continúa intentando continuar. Esta obra es una muerte lenta, un hundimiento generalizado percibido casi extrasensorialmente por Butler, que parece aplazar el fin mientras te lo describe, para desgracia de los asustadizos, en alta definición: “El aire era tan espeso que lo llamábamos la pasta. Enredados en las ráfagas de aire venían manojos de pelos sueltos. Serpentinas rubias o bien negras, robadas de cabelleras magulladas. Las células atascaban las chimeneas y surcaban las veladas. Aunque la tele volvió a cortarse por culpa de las interferencias, los hombres de la radio describían la catástrofe hasta cuando dormíamos: edificios enteros de apartamentos arrasados por las escamas de piel”.

 

* Periodista


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