Óscar Murillo, la novelita mercantil
Publicado: 23/05/2014
Por Lucas Ospina

Óscar Murillo, la novelita mercantil

"A nadie en Colombia parece importarle el ataque que ha sufrido el maestro vallecaucano Óscar Murillo, gloria y promesa del arte nacional, por parte de la crítica estadounidense"

Los ministerios de Cultura y de Relaciones Exteriores no han tomado cartas sobre el asunto. El despacho de la Primera Dama de la Nación no se ha manifestado. El coleccionismo nacional tampoco. Ni la curaduría o la prensa, en especial su máximo defensor, el popular comentarista Julio Sánchez, ni el mánager Fernán Martínez, han movido sus hilos. A nadie en Colombia parece importarle el ataque que ha sufrido el maestro vallecaucano Óscar Murillo, gloria y promesa del arte nacional, por parte de la crítica estadounidense. Una vil pareja de críticos de arte ha juzgado –de forma negativa y con mal gusto– la primera exposición individual del maestro Murillo en la Galería David Zwirner, en la ciudad de Nueva York.

Bajo el título de Una novela mercantil, el maestro Murillo, en asocio con Colombina, la empresa colombiana de confites, importó trabajadores de la fábrica en La Paila y los puso a laborar en la galería en una máquina que produce unidades de “Chomelos” (un pequeño malvavisco blanco cubierto de chocolate oscuro). El producto se reparte gratis, se espera que el público lo distribuya y que, según un comunicado de la galería, la obra refleje “los modos de transporte a través de Nueva York y la diversidad de sus comunidades”.

Los críticos de arte se metieron donde nadie los ha invitado y vertieron su mala leche sobre una obra que apenas está en proceso digestivo.

Jerry Saltz, del New York Magazine, es un crítico judío al que la revista Art Review puso en el puesto 73 entre las cien personas más poderosas del arte en el año 2009 (el mercado ya corrigió esa anomalía y no ha vuelto al escalafón). Saltz pontificó: “Óscar Murillo, el muchacho de 28 años que es el consentido del mercado y que ha vendido piezas por casi medio millón de dólares, todavía hace un trabajo de estudiante. (…) No me interesan mucho sus pinturas casi monocromas de retazos y manchones abstractos o su uso sabrosón de composiciones con palabras en ellas, él tiene un lindo sentido de los colores cálidos, un toque guapo y una ambición llena e inflada (…). Las reputaciones se hacen antes de que el trabajo llegue a conocerse (…). Puede estar actuando estratégicamente, con ligereza, o cautela, pero Murillo ha optado por no exhibir pinturas en su primera exposición en solitario en Nueva York. A cambio, tenemos una instalación ridícula, derivada, triste, insípida y a una gran escala teatral. Un espectáculo de mega-galería. (…) Es una pesadilla de arrogancia autocomplaciente”.

Saltz cuenta que llevó un “chomelo” a un editor de una publicación de comida: “Como arte, seguro este proyecto ofrece un comentario y un discernimiento que se me escapa. Como dulce, preferiría algo con un acento más fuerte”, dijo el crítico gastronómico. “Chistoso –concluye Saltz–, esto es exactamente lo que estaba pensando sobre el arte”.

La otra crítica es Roberta Smith del New York Times, esposa de Saltz (¡!), calificada por Art Review en el puesto ochenta en el 2010 (y también negreada en listados recientes). La pareja comparte cobijas para escribir sus panfletos y juega al policía bueno y al policía malo. Smith escribe: “El esfuerzo merece algo de crédito por exponer, con franqueza inusual y resonancia, las brechas creadas por la raza, la clase y la nacionalidad en una galería de arte, uno de los espacios más privilegiados del mundo”.

Sin embargo, Smith muta en dominatrix y concluye: “Aunque de no ser así, esto es solo una jugada astuta para frustrar expectativas –la imprevisibilidad, después de todo, es una mercancía artística apreciada. Todo sigue siendo una salida fácil, cálida y difusa, dirigida al mercado del arte. A medida que los pequeños paquetes de caramelos se acumulan en la parte frontal de la galería, es probable que un exceso similar de pinturas frescas de Murillo estén cambiando de manos en la parte de atrás”.

A este par de sicarios morales del arte no solo hay que prohibirles pisar el suelo colombiano sino que es un deber con la patria refutarlos. No hay que olvidar que la obra del maestro Murillo es una crítica a la pintura, al éxito, a la identidad, al turismo social, al mercantilismo, al coleccionismo, a los doce empleados de prensa de Zwirner, a la explotación de los trabajadores vallecaucanos por parte de la industria azucarera, al racismo (los chomelos son negros por fuera pero blancos por dentro), a la “comunidad del arte” (una idea que el maestro Murillo calificó en la revista Bomb de “pura mierda”), a la logorrea y a toda la historia del arte. Así de amplio es el espectro de esta obra. A fin de cuentas, el arte es vida: es todo… y es nada.

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