Dos. Casa de la Memoria del Pacífico Nariñense Tumaco, Nariño
Publicado: 24/09/2014
Por Centro de Memoria Histórica

Dos. Casa de la Memoria del Pacífico Nariñense Tumaco, Nariño

La memoria no es cosa del pasado. Sí, se recuerda lo que pasó y a quienes se han ido, pero eso no significa que un ejercicio de memoria se hace desde un presente radicalmente diferente al pasado. En ningún lugar de Colombia es eso más evidente que en Tumaco. Allí, el conflicto no es cosa de los libros de historia ni de los noticieros, es el día a día.

En el Pacífico nariñense la guerra no se acabó cuando las auc se desmovilizaron ni cuando comenzó el proceso de paz. Con una tasa de desempleo del 70 % en Tumaco, el índice de homicidios más alto del país y niveles de necesidades básicas insatisfechas del 90 % en pueblos aledaños, la región es de las más pobres de Colombia y las más fuertemente afectadas por la guerra que hoy continúa como si nada. La pobreza, el abandono del gobierno y la guerra no son fenómenos aislados. Van de la mano, se alimentan mutuamente y, como suele suceder, sus víctimas son siempre las mismas; una semana antes de la escritura de este artículo un niño de 12 años fue asesinado en Tumaco. No se sabe dónde está su cuerpo y sus familiares tienen pocas esperanzas de encontrarlo a él o a sus asesinos.

 ¿Cómo olvidar entonces lo que pasa todos los días? ¿Cómo recordar algo que no está en el pasado? Para el padre José Luis Foncillas, miembro de la diócesis de Tumaco y coordinador de la Casa de la Memoria del Pacífico Nariñense, el objetivo no es recordar sino evitar que se olvide, que la ley del silencio que durante años todos los actores del conflicto, legales e ilegales, impusieron en la región no logre oprimir a las víctimas y familiares que necesitan contar su historia. Por eso existe la casa, el resultado físico de años de trabajos intangibles de memoria. No es, entonces, solamente un lugar que existe en el espacio, está en las almas de una comunidad atrapada en un punto de quiebre, entre el silencio de la guerra que no acaba y la necesidad peligrosa de hablar. Porque entre todas las verdades que se cuentan, la de las víctimas es la más silenciosa, la que menos se discute, pero la más importante.

 Tras el asesinato de la hermana Yolanda Cerón, activista y defensora incansable de los derechos humanos, la diócesis y la comunidad han ido llevando a cabo talleres, marchas, obras de teatro y exposiciones públicas de fotos de víctimas. Año tras año, más y más víctimas se acercaron a la diócesis con sus historias y sus fotos. Más de 500 familias han compartido relatos de asesinatos y desapariciones que se conmemoran en las diversas actividades.

 Hoy la casa, el edificio, se divide en tres salas. Una está dedicada a las fotos de las víctimas y otra a los diversos actos de resistencia pacífica de la comunidad. Pero la primera está dedicada a la cultura e historia de la zona. No se trata de celebrarlas porque sí, sino para recordarles a los visitantes y a los pocos residentes que lo han olvidado que la violencia no es de ahí. Las culturas del Pacífico nariñense son eso, pacíficas. La guerra vino de afuera, se mezcló con el pueblo y ahora convive con él. La única manera de sacarla es hablando de ella, recordando sus estragos y dándoles a los sobrevivientes el espacio para hacerlo.


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