Ocho. Quisco de la memoria. Las Brisas, Bolívar
Publicado: 24/09/2014
Por Centro Nacional de Memoria Histórica

Ocho. Quisco de la memoria. Las Brisas, Bolívar

No todos los lugares de la memoria tienen la fortuna de funcionar gracias a una sentencia internacional que obligó al Estado colombiano a proporcionarles a las víctimas y sus familiares un sitio en el que pueden recordar.

     La vereda de Las Brisas, corregimiento San Cayetano del municipio de San Juan de Nepomuceno, tiene la triste fortuna de contar con un espacio en el que la comunidad puede reunirse, con tranquilidad y seguridad proporcionadas por el gobierno, a conmemorar sus víctimas. Trece años de olvido y doce muertos fue el precio que tuvieron que pagar por su quiosco.

 El 2 de mayo del año 2000, el bloque Héroes de los Montes de María de las AUC entró a la vereda. Llevaron a las afueras del pueblo a una docena de personas y, bajo un árbol de tamarindo que todavía está de pie, los ejecutaron. Han pasado casi 15 años, pero gracias a la sentencia “Mampuján, Las Brisas y San Cayetano”, que hace parte de las medidas de Satisfacción y Reparación Simbólica a las víctimas del conflicto, hoy Las Brisas tiene un espacio para honrar a sus seres queridos asesinados.

 Entre todos los tipos de edificaciones posibles, solamente el quiosco reúne, simbólica y literalmente, todo lo que un lugar como Las Brisas necesita. Es, después de todo, el tipo de edificio que surge, casi orgánicamente, de la tierra colombiana. Es donde la gente se congrega, el espacio en el que nacen nuestras historias y donde Las Brisas ahora puede albergar la suya. El quiosco es también nuestro sitio de reunión por excelencia y para los habitantes del pueblo, el suyo sirve para mucho más que recordar. Cada uno de los doce pilares del Quiosco de la Memoria recuerda a cada una de las doce víctimas. En noviembre de este año se revelarán doce retratos tejidos a mano de cada uno de ellos.

 Antes de tener el quiosco, durante los malos años de peleas entre guerrilla, paramilitares y fuerza pública, cualquier reunión era motivo de sospecha. Más de tres hombres sentados hablando podía considerarse una reunión secreta de colaboradores de uno u otro grupo. Las pocas organizaciones cívicas y  comunitarias del pueblo desaparecieron y la gente dejó de salir de sus casas. Ahora que el quiosco está en pie, Las Brisas puede volver a reunirse. Y como la sentencia incluye una “medida de no repetición” que obliga a la fuerza pública a evitar que los asesinatos y  desplazamientos forzados del 2000 vuelvan a vivirse, todas las reuniones en el quiosco cuentan con presencia de la Policía o la Infantería de Marina. Están ahí para cuidarlos de los violentos, pero también para cuidarlos de cualquier acusación infundada que pueda terminar, otra vez, en sangre derramada.

 Algún día, espera Wilson Seguanes, líder comunitario y hermano de una de las víctimas de la tragedia, la gente de Las Brisas y las veredas aledañas se podrá encontrar a hablar de su pasado, de sus muertos y de su futuro sin miedo. Mientras tanto tienen el quiosco, que es mucho más de lo que tienen muchas veredas en nuestro país.



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