Una Bogotá íntima
Publicado: 22/04/2015
Por Gonzalo Mallarino

Una Bogotá íntima

Gonzalo Mallarino reseña la nueva novela de Andrés Ospina, Chapinero. Un retrato personal de Bogotá.

Este libro de Andrés Ospina es la depuración de un estilo y de una obsesión. El estilo lo he visto –en persona, desde las primeras tres o cuatro novelas que nunca publicó, que tuvo siempre en la mesa de noche y entre ceja y ceja–, lo he visto, digo, cambiar, hacerse más delgado, más preciso, más personal. Sobre todo eso, más personal. La Bogotá que hay aquí es terriblemente personal, lo que hace que la lectura de estas páginas sea tan convincente, tan llevadera, de verdadera. Es, certeramente, Bogotá, porque sin pintar una sola tarjeta postal o un solo cuadro de costumbres, las palabras, los personajes, los ámbitos y los asuntos del relato son esta ciudad, son nosotros, de eso no hay la menor duda. Y por eso, por esa precisión y por esa certidumbre, tienen un buen chance de ser todo el mundo. De ser Dickens o Chagall o las comadres de Windsor o Isaac Bashevis Singer. Mundos que ya son de todo el mundo, y que hacemos nuestros, que queremos y que nos vienen en los sueños y entre las lágrimas de los recuerdos. Así de potente se volvió la prosa de este bogotano, que escribe aparentemente al desgaire y con descuido.

Además, tiene una cosa encantadora este libro y es que nos hace pensar en todos los anteriores. En todas las Bogotás que se han escrito y que Ospina, durante años y años de pesquisas y lecturas y relecturas, se ha metido entre los sesos y en el corazón, para que le fuera posible darnos su propia Bogotá. Su ciudad sentida y mirada y buscada.

Las épocas se entreveran, se alternan, van y vienen en una parábola y en una libertad espléndida de siglos y lugares y estancias. Esa es la estructura del libro. Unos personajes son de hace cuatrocientos años, otros de hace setenta o treinta. Unas maneras de hablar son arcaicas, otras son coloquiales y sencillas, otras son intencionadas y dolorosas, otras son llenas de humor o de ternura. Y todas nos son familiares, solo que no habíamos pensado en ellas así, no las habíamos oído nunca así.

Se necesitó que alguien las concibiera, las rescatara, las pescara en el aire y en las casas y las tiendas y los andenes y las camas, para que nos diéramos cuenta de que existían y eran nuestras, y de que eran bogotanas.

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Chapinero

Andrés Ospina

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