Los despojos cotidianos
Publicado: 25/08/2015
Por Camilo Hoyos

Los despojos cotidianos

Camilo Hoyos reseña 'Un lugar para que rece Adela' de Andrés Mauricio Muñoz

A pesar de que los lectores de Un lugar para que rece Adela. Cuentos de despojo posiblemente desconozcan a su autor, Andrés Mauricio Muñoz, se trata de un cuentista y novelista nacido en 1975 en Popayán que ha venido trabajando su labor a pulso: fue ganador en 2006 del Concurso de Cuento Libros y Letras; en 2007, del Premio Literario Gilberto Alzate Avendaño; en 2008, del concurso TEUC de la Universidad Central y ganador del Premio Nacional de Cuento UIS 2010. Ojalá que con esta última colección de cuentos publicada por la Universidad de Antioquia se abra finalmente un merecido espacio en el panorama de la literatura colombiana actual, porque se trata, sin lugar a dudas, de un escritor que conoce de sobra los secretos de la técnica del cuento. Es, por demás, ingeniero de sistemas. Parecería ser que a los ingenieros siempre hay que leerlos con cuidado.

Un lugar para que rece Adela es un conjunto de siete cuentos reunidos alrededor del tema del despojo, que es en realidad el gatillo de todas las historias, no su desenlace. Son siete cuentos que se mueven entre el narrador en primera y en tercera persona, siendo los cuentos más extensos aquellos que mejor demuestran su técnica como cuentista. Son en casi todos sus casos tristes, inesperados y cotidianos despojos que actúan de manera determinante sobre los personajes. Casos como el de Adela, la abuela que debe interrumpir las visitas a la tumba de Abelardo, padre de sus hijos y amante de quien estuvo enamorada toda la vida, porque su esposa legítima murió antes que ella y fue enterrada a su lado, sin que ella lo advirtiera, privándola así de la intimidad que otorga la muerte; o el caso del narrador de “Cuestión de registro”, cuando en una situación inverosímil se ve expulsado de su casa sin poder hacer cosa alguna para recuperarla, solo para después darse cuenta de que incluso ha sido despojado de su propia vida e identidad; y, por último, Miguel, quien mientras entierra al perro Roberto en el parque acompañado de Adriana, hubiera deseado más bien estar enterrando al otro Roberto que le robó a su amiga. Muñoz también juega con la figura del doble o doppelgänger, a veces invertido, y hace entonces del despojo el renovado punto de partida de algunos cuentos.

Lo que explica que los temas del despojo atrapen por su originalidad y tremenda cotidianidad no es otra cosa que la meticulosidad con la que son narrados, la manera como los personajes se van lentamente mostrando al lector, y la disposición de algunos elementos (objetos, frases, recuerdos) a lo largo de los cuentos, que lo organizan y ordenan con una claridad final. En esta medida, son cuentos que no terminan de desenvolverse sino hasta sus últimas frases. Muñoz sabe cómo hipnotizar a su lector en la cotidianidad que narra, libre de figuras poéticas, o largas descripciones, con un rigor que no permite que la atención decaiga o que la tensión flaquee. Pueda ser que el lector esté aún a diez páginas de terminar alguno de los cuentos y, desconociendo hacia dónde tomará la historia, se vea de nuevo empujado no solo hacia un desenlace que no imaginaba, sino hacia algún otro conflicto que estalla repentinamente. En tercera persona, el narrador observa lo justo y necesario; en primera, nada queda por fuera del relato que está siendo contado.

Los cuentos de Muñoz son tanto relatos para leer en la comodidad del sillón como piezas para aprender a escribir cuentos. De aquellos cuyo misterio no queda del todo resuelto con el punto final, obligándonos a volver sobre ellos inmediatamente después o a los pocos días. Son cuentos que logran eso que suena tremendamente fácil, pero que sin embargo tanto se celebra cuando se encuentra por sorpresa: hacer de la forma y el contenido un solo cuerpo donde una palabra o una imagen cotidiana son materia suficiente para poder recrear vidas y mundos de personajes que están al alcance de la mano.


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