Última columna con corridas de toros en Bogotá
Publicado: 16/09/2015
Por Carolina Sanín

Última columna con corridas de toros en Bogotá

¿Cual es el futuro de las corridas de toros? Carolina Sanín hace un análisis de esta cuestión en la edición 120 de la Revista.

Las corridas de toros van a acabarse. Si las cosas siguen su curso conforme a la racionalidad, la legalidad y el derecho, van a acabarse en Bogotá antes de que termine el próximo mes, cuando los ciudadanos votemos en la consulta popular. Luego se acabarán en Puente de Piedra (Cundinamarca), a donde los ricos

bogotanos y sus émulos las han trasladado. Se acabarán también en Cali y Manizales, y en todos los demás lugares que todavía acojan este entretenimiento de cada vez menos seguidores. O a lo mejor se acaban antes en España, y entonces —como tantas otras veces— los criollos reaccionarios harán el ridículo de seguirse aferrando a una identidad falsificada, cuya versión original ni siquiera existe. Más pronto que tarde, las corridas de toros van a acabarse en uno y otro lado del Atlántico; de eso no me cabe duda, pues, durante mi vida, he visto un solo cambio positivo inequívoco en la humanidad: el crecimiento de la compasión de los humanos por los otros animales.

En las últimas semanas, los aficionados a los toros han ensayado varios argumentos. A las ya conocidas excusas de que el toreo es un arte y por eso debe respetarse y practicarse (como deberían respetarse y celebrarse aún, según eso, las peleas romanas entre leones y cristianos), y que es una tradición y por eso debe eternizarse (como debería eternizarse, según el mismo principio, la ablación del clítoris, tradicional en varios países), han sumado la argucia de que, al convocar una consulta popular para decidir si se prohíben o no las corridas de toros, el Estado estará vulnerando los derechos de una minoría. En un país en el que los miembros de algunas minorías étnicas mueren de sed y hambre, los miembros de la minoría política de izquierda han sido sistemáticamente asesinados y los miembros de las minorías sexuales aún son acosados, es descarado y frívolo reclamar una consideración especial de “minoría” por ser aficionado a la tauromaquia (para no hablar de la locura de reivindicar el “derecho” a torturar animales).


La plaza de Toros La Santamaría, ubicada en el centro de Bogotá.

Con despótico y desfasado elitismo, los aficionados a las corridas de toros han dicho que la decisión sobre el final de su pasatiempo dominical no debe dejarse a la mayoría, pues la mayoría no sabe de tauromaquia
. Quizá, según ellos, en el caso de hacer una consulta popular que reformara la constitución en cuanto a la pena de muerte, por ejemplo, solo deberían votar los verdugos, los aficionados a las ejecuciones o los conocedores de la historia de la guillotina, la inyección letal y la horca. Han dicho también que, en la consulta, la mayoría estaría decidiendo sobre algo que solo concierne a la minoría conformada por los aficionados, que sería la que se vería privada de su objeto de placer. Es allí donde está el meollo del asunto: el que las corridas de toros sean prohibidas o permitidas concierne a todos los ciudadanos.

Educarse en una ciudad en la que el maltrato a los animales está permitido es distinto de educarse en una ciudad en la que los ciudadanos se han unido para manifestar su disposición a proteger a los animales y su negativa a infligir sufrimiento por diversión. Que la mayoría consiga que se prohíba un espectáculo en el que se tortura y se mata a un ser sintiente, en esta ciudad abrumada por la indiferencia, constituirá un paso capital. Además de evitar el dolor y la muerte de muchos toros, la nueva ley manifestará nuestra intención de ser compasivos, que es nuestra única esperanza.

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