Otros relatos para comprender el conflicto
Publicado: 28/02/2016

Otros relatos para comprender el conflicto

Aunque las posibilidades de la firma del acuerdo de paz, pactado para el próximo 23 de marzo, son aún inciertas, el panorama que se abrirá en el país nos lleva a preguntarnos por la idea central del planteamiento de “esa única historia”.

La escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie es autora de estupendas novelas como La flor púrpura, Americanah, Medio sol amarillo y Algo alrededor de tu cuello. Su nombre, sin embargo, se ha hecho más conocido por una conferencia que dio en Londres, en julio de 2009, en el marco de uno de los populares encuentros TED, en los que personajes de todos los ámbitos del conocimiento exponen su opinión. Dicha conferencia se llama El peligro de una historia única. En ella, la novelista hace un comentario sobre lo que significan los estereotipos en el mundo occidental: el colonialismo como responsable de contar una historia fantasiosa y llena de lugares comunes de continentes como África.

Aunque las posibilidades de la firma del acuerdo de paz, pactado para el próximo 23 de marzo, son aún inciertas, el panorama que se abrirá en el país nos lleva a preguntarnos por la idea central del planteamiento de “esa única historia” –que es la que repiten miles de colombianos con insistencia– quizá para seguir ignorando las razones –o sinrazones– de ese otro a quien desconocemos. Es muy probable que la información que tenemos muchos merezca comenzar a repensarse de manera profunda: es necesario sembrar dudas en aquello que nos parece obvio o cierto. El relato de una historia que ha sido contada, pero que quizá tenemos que volver a escuchar, a través de nuevas voces, para comprender qué es lo que nos ha pasado.

Se oyen, y se leen en la prensa y en las redes sociales, comentarios enfurecidos en contra del proceso, o de la idea de alcanzar la paz a riesgo de admitir que todos, como sociedad, hemos vivido equivocados. Hay una cruzada un tanto arrogante en contra de las formas mediante las cuales legitimaremos unas negociaciones, pero no hay un debate de fondo sobre la memoria, la cultura, la identidad, la violencia, la imaginación y la vida.

John Paul Lederach, uno de los teóricos más eminentes de los conflictos en el mundo, sostiene en La imaginación moral, un libro que será reeditado pronto en Colombia, que los acuerdos son solo puntos de partida hacia procesos complejísimos entre seres humanos que han (hemos) vivido largos periodos en el dolor. Lederach aboga por la creación de un cambio genuino en el cual todos reconozcamos que el conflicto permanecerá y exigirá de nosotros miles de diálogos mediante los cuales seamos capaces de asumir una postura crítica, responsable y franca. El historiador y experto en resolución de conflictos, nacido en Indiana, dice que un “cambio social constructivo [es] el intento de desplazar las relaciones desde aquellas definidas por el temor, la recriminación mutua y la violencia, hacia las caracterizadas por el amor, el respeto mutuo y el compromiso proactivo. El cambio social constructivo persigue cambiar el flujo de la interacción humana en el conflicto social desde ciclos de violencia relacional destructiva hacia ciclos de dignidad relacional y compromiso respetuoso. Los caudales del miedo destruyen. Los del amor construyen”.

Nadie niega que esta guerra ha producido dolores que no sanarán de un día para otro. Pero parece cada vez más urgente que cambiemos la idea de esa única historia y nos comprometamos a producir nuevas formas de contarnos. Parece necesario comenzar a escuchar con atención a las víctimas, a los desplazados, a los campesinos, a las clases populares. Parece necesario que se produzcan discusiones desde perspectivas de género que indaguen cuál ha sido el papel de las mujeres en el conflicto; de la población lgbti; de las minorías étnicas. Hasta hoy, salvo en círculos académicos, dichos relatos han sido contados casi de manera oficial.

Ha llegado el momento de entender que el largo camino que tenemos por recorrer también será el de derribar nuestras certezas y salir de nuestras zonas de comodidad para preguntarnos, con autenticidad, como dice Lederach, en qué país hemos crecido y cuáles son nuestros más genuinos deseos. Eso implica un trabajo arduo. Y en ese camino, “las historias importan, muchas historias importan aún más. Las historias se han usado para despojar y calumniar, pero las historias también pueden dar poder y humanizar. Las historias pueden quebrar la dignidad de un pueblo, pero también pueden reparar esa dignidad rota (…). Cuando rechazamos la historia única, cuando nos damos cuenta de que nunca hay una sola historia, sobre ningún lugar, recuperamos una suerte de paraíso”.


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