Una artista olvidada y un periodista mitómano, retratos de la Bogotá antes del Bogotazo
Publicado: 18/03/2016
Por César Rojas Ángel

Una artista olvidada y un periodista mitómano, retratos de la Bogotá antes del Bogotazo

En el altillo de la librería Casa Tomada se reunieron los escritores Andrés Arias y Andrés Ospina a hablar de sus libros 'Tú, que deliras' (Arias) y 'Ximénez' (Ospina). Por medio de fotografías recordaron a la artista Carolina Cárdenas y al periodista José Joaquín Jiménez, protagonistas de una capital olvidada.

Tú, que deliras

Esta es la historia de Miss Decó, de Carolina Cárdenas. La noveló Andrés Arias luego de consultar cuanto sobreviviente humano y documental encontró. Habló con Sergio Trujillo Dávila y Julián Barba Albarracín, descendientes de artistas contemporáneos y amigos de Cárdenas: Sergio Trujillo Magnenat, Ramón Barba y Josefina Albarracín.

La historia, que se narra desde la perspectiva de un amigo íntimo de Carolina Cárdenas, avanza por las calles de una Bogotá que al bogotano promedio hoy le puede parecer intrigante.

“Recuerdo, eso sí, que mientras me dejaba guiar por ese Chapinero que Sergio conocía tan bien y que para mí era tan extraño, tan insulso, tan silvestre, tan –digámoslo así– tan no ciudad, como todo lo que hay de Teusaquillo para allá y que cada vez es más grande (y cuyas calles y andenes siempre relaciono primero con Carolina Cárdenas y, vea usted, después con Raquel Amaya, así, en ese orden), se me vino a la mente, quién sabe por qué, a lo mejor porque lo miré y lo vi desencajado, no llorando, pero sí vuelto nada, cómo me había hecho amigo yo de él, de ese hombre que en últimas nada tenía que ver conmigo y que ni siquiera casaba con mis otros compinches, si es que había o hay otros”.

 Carolina Cárdenas se crio con sus abuelos en Inglaterra y según los cálculos de Arias regresó a Bogotá hacia 1926. Su personalidad, su belleza, su espíritu y apariencia vanguardista llamaron la atención de la sociedad capitalina. Experimentó con la cerámica, con la fotografía y el dibujo. Pasaron muchos años antes de que la historia del arte nacional le reconociera a Cárdenas su papel como pionera del art decó en el país y su incidencia en los inicios del arte moderno.

Sus amigos, esos que Arias reconstruye con maestría (Barba, Albarracín y Hena Rodríguez), hicieron parte del movimiento Bachué. Ese grupo que reivindicó el valor tradicional, ancestral, natural, o indigenista, si se quiere, del arte colombiano. Pero también estaba Sergio Trujillo y la misma Cárdenas que se inclinaban más por el art decó, más europeo, más anglosajón.

De modo que Tú, que deliras, no es solo la biografía novelada de una artista relegada, sino además la reconstrucción de un momento histórico del país. Hay en esas páginas las licencias propias de una ficción (porque de alguna forma tenía Arias que llenar los vacíos del olvido), pero en esencia está ahí un reflejo del arte, de la sociedad bogotana, de la idiosincrasia de una Bogotá conservadora.

Al margen de las historias, los diálogos, los modismos y los traumas, Arias acompaña el libro con retratos de Cárdenas.

El día que el autor se sentó a hablar del libro y la artista (en el altillo de la librería Casa Tomada, a finales de febrero), confesó que una parte de él se había enamorado de Carolina Cárdenas. No hacía falta que lo dijera, Tú, que deliras lo deja en evidencia.

Ximénez

Este es otro personaje enigmático. Aunque en principio ha sido recordado como un periodista, José Joaquín Jiménez quería ser poeta. Llegó al mundo informativo por accidente, como la mayoría de sus trabajos anteriores. En resumen, más que lo uno o lo otro, se podría decir que Jiménez era un aventurero, o al menos así lo refleja Andrés Ospina en Ximénez.

Al protagonista de esta historia le tocó mentir desde niño. Él y su hermano mayor nacieron antes de que sus padres decidieron casarse. Sobra decir que no había tal cosa como unión libre o la concepción del matrimonio como un asunto secundario en la Bogotá de 1911. Así que Rafael Jiménez y María Antonia García podían amarse, pero si Dios no sellaba su vínculo, estaban condenados, ellos y su descendencia, a la discriminación terrenal.

Ximénez es la historia de un hombre demasiado inquieto como para soportar la modorra de una sociedad demasiado reaccionaria. Ese mundo conservador, sumado al contexto particular de su familia, determinan una vida llena de inestabilidad e incertidumbre. José Joaquín Jiménez carga con el peso de no tener un lugar en el mundo y no tener a quién preguntarle por qué.

Los episodios que construye Ospina son cortos, concretos, no les faltan detalles, pero tampoco abusan de estos. Hay en cada uno una sensación de rapidez, de movimiento. En conjunto, la historia de este periodista que quería ser escritor se construye a punta de ocurrencias, y en esos detalles hay un encanto que divierte. Otros dirán que se trata de una historia triste, por la soledad, por las circunstancias, por el abandono, pero no puede ser triste lo que transcurre con gracia.

José Joaquín Jiménez también fue habitante de esa ciudad en la que vivió Carolina Cárdenas y el autor de Ximénez hace su propio esfuerzo por reconstruirla.

“Descendió del tren, por la estación de la Sabana. No disponía de los centavos necesarios para la cancelación del boleto del tranvía. Caminar con el espíritu tan extenuado hasta los brazos de su madre le habría parecido un martirio.

Le quedaba el recurso, siempre disponible, de abordar un Gran Tax, que habría de ser cargado a los suyos.

Al golpear fue Rafael –armado de un cigarrillo, como emblema de su entrada al universo adulto– quien le abrió.

-Hermano… Estoy algo corto. ¿Podrías pagar el taxi?”.


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