Slava’s Snowshow: un espectáculo participativo para niños
Publicado: 22/03/2016
Por Christopher Tibble

Slava’s Snowshow: un espectáculo participativo para niños

Creada por Slava Polunin, considerado el mejor payaso del mundo, la obra es un espectáculo creativo que reúne pantomima, ‘slapstick’ y experiencias interactivas como tormentas de nieve y telarañas gigantes.

Hay cientos, o mejor miles, de tiras de celofán blanco desperdigadas por la silletería del Teatro Jorge Eliecer Gaitán. Hay, también, una ligera y estática bruma, visible y en forma de haces de luz. Antes de que inicie la obra, ya pesar de tratarse de la primera función del día, los despojos de las previas funciones del Slava’s Snowshow atestiguan las opiniones de los medios internacionales, así como de quienes ya la han visto en el FITB: se trata de una experiencia que involucra al espectador, que explota, sacude y se extiende sobre todo el teatro.

A punto de iniciar, los niños no disimulan su emoción. Van a ver la pieza escrita, dirigida y hasta hace poco protagonizada por Slava Polunin, a quien quizá más bien conocen como “el mejor payaso del mundo”. El ruso se ha ido ganando ese apelativo desde inicios de los ochenta, cuando comenzó a explotar una peculiar veta de la pantomima, a la que se refiere como ‘idiotismo expresivo’. Desde ese estilo, y de la mano del payaso Asisyai, su creación más famosa y el protagonista del Snowshow, Polunin ha creado un universo al tiempo sutil y colorido que toma elementos de la pantomima inteligente y poética creada por el soviético Leonid Engibarov, famoso por hacer pensar al público,  y del ‘slapstick’ de las películas de Charles Chaplin.

Slava’s Snowshow se desenvuelve más como una serie de situaciones aisladas que como una construcción narrativa que progresa con el tiempo. Los epidodios, parecidos a emociones, fluctúan caprichosamente. Unas escenas melancólicas, en las que Asisyai juega a oscuras con una enorme pelota o se enamora de un abrigo en un perchero, dan paso a situaciones humorísticas o participativas, como cuando una enorme telaraña cae sobre el escenario y se despliega sobre toda la silletería. En definitiva, cuesta trabajo precisar la trama de la pieza, un hecho que de todas formas poco afecta su discurrir o la atención del público.

Su énfasis, más bien, está en hacer sentir a los asistentes un abanico de emociones. Polunin, por ejemplo, genera alegría involucrando al público, en especial a los niños, a partir de experiencias sensoriales como una tormenta de celofán o docenas de pelotas de distintos tamaños y colores que el elenco arroja sobre el teatro hacia el final de la obra. La tristeza proviene de una serie de situaciones amplificadas con música en las que el director hace énfasis en la soledad de Asisyai, un hecho que además resalta durante toda la obra haciéndolo vestir de manera distinta a los demás personajes. Y las risas, por lo general infantiles, son el resultado de situaciones absurdas que involucran zancos, teléfonos de tela gigantes e incluso un tiburón que ladra.

El propósito de la obra, se lee en la página del Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá, consta en “despertar al niño interior adormecido en el corazón de los adultos”. La frase, que parece material idóneo para los cínicos, resulta pertinente. Pues aunque el espectador mayor no participe activamente en la anárquica propuesta de Polunin, la experiencia resulta tan contundente, la alegría de los niños tan absoluta, que cuesta trabajo entretener la posibilidad de que alguien abandone el teatro indiferente.


REVISTAARCADIA.COM COPYRIGHT©2018 PUBLICACIONES SEMANA S.A.
Todos las marcas registradas son propiedad de la compañía respectiva o de PUBLICACIONES SEMANA S.A. Se prohíbe la reproducción total o parcial de cualquiera de los contenidos que aquí aparezca, así como su traducción a cualquier idioma sin autorización escrita de su titular.