Carta abierta a Víctor Gaviria
Publicado: 22/09/2016
Por Juan David Correa

Carta abierta a Víctor Gaviria

El más reciente largometraje del director paisa, ‘La mujer del animal’, se estrena en el Bogotá International Film Festival, del 6 al 14 de octubre. Compartimos este texto del director de ‘Arcadia’, Juan David Correa, que agradece haber visto antes de su estreno el horror de una la película “brutal porque todos somos cómplices.”

Querido Víctor:

Después de ver esta mañana La mujer del animal nos entregaron una encuesta que fui incapaz de llenar. ¿Qué podía yo decir después de dos horas en los que me abismé con otra de tus películas –que siempre he admirado desde que, a los 14 años leí El pelaíto que no duró nada y después vi Rodrigo D–? No podía decir mucho. Tenía la garganta seca. Pensaba en cuánto puede decir un creador solo mostrando, divagando con su cámara por entre los barrios buscando las imágenes precisas. Pensaba en tus personajes, en quiénes eran, en cómo podían asumir interpretar el horror que les proponías. Un viaje al infierno de una época premoderna en una Colombia que ha sido incapaz de entender los goznes entre lo rural y lo urbano; entre las costumbres atávicas de una violencia íntima y familiar que parece trascender solo en las notas rojas que nos vienen repitiendo los medios desde hace años.

Entonces trato de hilar un poco las palabras para contarte por qué creo que es la película que más me ha gustado de las que has hecho. Y todas me han gustado. Pero en esta la economía y rudeza de Rodrigo D tiene soluciones técnicas evidentes; la intimidad femenina de La vendedora de rosas se potencia con el horror que viven las mujeres del mal llamado animal. La torva mirada sobre la masculinidad antioqueña de Sumas y restas aquí se exacerba por cuenta de un actor, sí, un actor, que ha sido capaz de convertirse en un ser que, al decir de Hannah Arendt, es solo banalidad del mal.

Así que opino que no debería quitarse nada de la película, respondiendo a una de las inquietudes. Que es terrible en su profundidad y que nos la merecemos quienes no creemos en la exacerbación del ser regional, de la berraquera de nuestros hombres, sino que pensamos que debemos insistir en ir al fondo de nuestro infierno para poder comprender qué hemos hecho y de qué estamos hechos.

La verdad, creo que has insistido en una voz, en una manera de pararte en el mundo y has conseguido mostrarnos cuáles han sido nuestros desvaríos sin moralismos ni manipulación. No todo es mal en La mujer del animal: también reservas espacios para la poesía así esta provenga de la escasez. Pero la película está armada también sobre detalles que solo se consiguen con la paciencia que has tenido para comprender a tus personajes. A írnoslos enseñando de a pocos para que, como si estuviéramos anestesiados, vayamos atravesando un lugar de castigos, de culpas, de venganzas y de verdades a medias que nos hemos contado los unos a los otros.

Es brutal La mujer del animal porque todos somos cómplices, en últimas, de asistir a historias tan hórridas sin poder hacer nada con eso. Pero tú lo has hecho: has asumido el riesgo de irte con Kurtz por el río para contar ¡el horror, el horror! Y nos has dado, una vez más, una lección de lo que yo creo que son los verdaderos artistas: gente que busca, que sigue buscando desde la incomodidad para poder decir algo de manera siempre imperfecta. Imperfecta como nuestra realidad. Como los ranchos que se mueven por el viento de esas montañas peladas y secas en las cuales te has adentrado como ninguno.

Ya no sé si contesté las preguntas, pero sentí que era un deber darte a conocer, con el apremio de la emoción y la tristeza que me habita desde que se acabó la película, mi opinión agradecida por permitirme ser uno de los primeros espectadores de tu aventura.

Un abrazo,

Juan David Correa             

Bogotá, 2 de diciembre de 2015


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