El beneficio de dudar
Publicado: 26/06/2018
Por Revista Arcadia

El beneficio de dudar

El aporte de la cultura, como un ejercicio de pensamiento, es fundamental en la actual coyuntura política de Colombia.

Hay aspectos de las recientes elecciones presidenciales que no pueden pasar desapercibidos. Por lo menos no para esta revista y sus lectores, porque atañen directamente al sector cultural y sus representantes. ¿Recuerda alguien la última vez que tantos actores del nicho salieron no solo a dar un debate sobre política, sino también a decir en voz alta por quién votarían o a hacer campaña por un candidato? ¿Hay registros de cuándo se había unido por última vez el gremio de los cineastas, o el de los escritores, para firmar cartas a favor de un político? Y quienes muchas veces marcan distancia de la intelectualidad porque esta, supuestamente, es altiva, quejumbrosa, apática y pesimista, ¿la habían visto proponiendo, compartiendo ideas y defendiendo una visión de mundo?

De estas elecciones podemos decir cualquier cosa, menos que los intelectuales –como se les ha criticado muchas veces en el pasado– se mantuvieron al margen de la discusión pública y de lo que ocurre hoy en el país. Y esto, consideramos, es bastante positivo, porque en el fondo, a todos –periodistas y figuras culturales incluidas– la vida política nos incumbe y afecta.

Por otra parte, el debate nos concierne también porque hacer política (y hablar de ella) debe ser un ejercicio cada vez con más altura. Los tiempos lo exigen, o al menos esa debería ser nuestra ambición. Al fin y al cabo, los discursos de la polarización y la posverdad, contra la impunidad y la corrupción, no pasarán de ser precisamente eso, discursos, si no entendemos que para romperlos se necesita capacidad crítica y autocrítica. Dudar del mundo, dudar de uno mismo, ha sido siempre un motor de progreso, y es un legado del pensamiento y de las artes. La filosofía, decía Bertrand Russell, tiene el deber de disipar la certeza, sobre el conocimiento como sobre la ignorancia. No es exagerado pensar que una actitud crítica semejante puede ser una base para que en Colombia las personas puedan saber a quién apoyan o a quién rechazan, independientemente de la retórica de turno. Aquí el aporte de la cultura, como un ejercicio de pensamiento, es fundamental.

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Y lo será en el tiempo que se aproxima. Con Iván Duque y el movimiento conservador que hoy él encabeza, llega al poder una visión de mundo que necesita de los contrapesos que no tendrá en el Congreso, en los sectores económicos, ni en una buena parte de la ciudadanía. Uno de estos contrapesos es la crítica que pueden hacer los medios. Que creadores y gestores culturales hayan tenido una posición al menos escéptica frente a Duque y su campaña es algo que hay que mantener. Y esta es una tarea que desde ARCADIA nos comprometemos a asumir. Lo hacemos porque representamos precisamente a ese sector de la cultura que no se conforma, pero sobre todo porque también defendemos, por principio, las libertades del individuo en una sociedad liberal, así como grupos de personas históricamente discriminados que necesitan ser incluidos aún más, y no menos. Creemos que no puede reversarse lo avanzado en derechos e igualdad. Un país plural y progresista debe respetar los acuerdos sociales, lo cual incluye lo acordado con las Farc.

En los años que vienen (como lo hemos hecho hasta ahora) valdrá también la pena darle una plataforma a la defensa de la independencia y el vigor de la cultura en Colombia. Aún está por verse cuál será exactamente el modelo de política pública cultural que implementará el nuevo gobierno, pero hay que mirar con cautela los anuncios que Duque hizo durante su campaña. El proyecto de las industrias creativas y la economía naranja no puede estar por encima de una comprensión de la cultura como un bien social, que necesita apoyo, tiempo y ocio para existir. El arte por el arte. La idea, aún vigente en el siglo xxi, es útil para trazar un límite; un límite a las trabas, a las metas de rentabilidad y a la voracidad de la industria. También esto necesita un contrapeso, y no solo por el argumento de la necesidad de espacio, sino por la convicción de que el arte, sobre todo en un país como este, también es un vehículo para la reconstrucción del tejido social. No es fácil pensar en las cantadoras de alabaos de Timbiquí y en los hiphoperos de las comunas de Medellín con la canción de la economía naranja dando vueltas en la cabeza.

Alemania, por ejemplo, ha convertido a Berlín en una capital mundial de creadores y emprendimientos culturales, sin perder de vista la necesidad de subvencionar a las artes y a los artistas. Y en cuanto a Estados Unidos, donde el subsidio es más bien escaso, no hay que olvidar algo: en las grandes ciudades que suelen mencionar quienes abogan por “pullar” al sector cultural, muchos proyectos son posibles por el mecenazgo, y porque los cinco centavos para el peso que muchas veces le faltan a la cultura no son vistos necesariamente como un problema a resolver, sino como una inversión; o como una oportunidad para recordarle a la gente que la cultura, siempre, necesitará apoyo.


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