Cuidar la verdad
Publicado: 26/06/2018
Por Andrea Mejía

Cuidar la verdad

"La conciencia desoculta las fuerzas materializadas que hieren, matan y violentan. Y honra la memoria de lo más intangible que tenemos: la memoria de nuestros muertos", escribe nuestra columnista, la filósofa Andrea Mejía.

Creo que, en lo que viene, la clave estará en poner siempre la verdad por delante. Porque la verdad siempre se ha ido y sin embargo siempre está surgiendo frente a nosotros. Siempre estamos dándole la cara a la verdad. La verdad abarca todos los modos de ser, lo que sucede, el dolor, la fuerza con que las cosas son, el silencio en el que desaparecen.

Pero al mismo tiempo, aunque la verdad es todo lo que sucede, es por eso lo más frágil; queda sepultada justamente porque es ubicua y evidente, porque es el medio en el que desplegamos nuestras vidas. Queda sepultada, también, porque muchas veces simplemente no queremos ver lo que sucede. Sobre ese no querer, o no poder ver lo que sucede, vienen a edificarse poderes muy grandes, que se alimentan de la exclusión de la verdad y de su destierro.

La concentración del poder solo resulta posible por un ejercicio continuo de la voluntad de arrojar la verdad fuera del mundo. Los poderes más temibles en la historia se levantan en la noche de la verdad. Deportaciones, masacres, exterminios, despojos. Órdenes dadas a quienes ocultan sus nombres y sus rostros. Ejércitos formados en la sombra y amparados por la sombra del poder al que protegen. Cuerpos enterrados bajo tierra sin que nadie pueda honrarlos. La verdad queda rodeada por el cerco sordo del silencio de los que no la ven y no la nombran porque no quieren, o porque no pueden, verla y nombrarla.

Al poder que se edifica sobre el destierro de la verdad solo puede oponerse el poder de la conciencia para retenerla en el mundo. La conciencia no siempre juega en los mismos escenarios que las grandes fuerzas históricas, pero es una fuerza incalculable que trasciende los dramas históricos y políticos en los que nos vemos inmersos. La conciencia no se mide con las mismas fuerzas del poder, pero, al cuidar de la verdad, desoculta los hechos que los poderosos buscan ocultar y pone al descubierto las fuerzas con las que ellos han pactado.

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Si los poderes más violentos se sostienen en el ocultamiento de la verdad, la conciencia se mantiene despierta en el cuidado de la verdad. Muchas veces no queremos o no podemos cuidarla, porque eso significa despertar al dolor de otros, un dolor que nos parece ajeno. Apropiarnos del dolor de quienes, lejos, han estado expuestos a la violencia y a la injusticia es despertar nuestra conciencia y nuestro poder para cuidar de la verdad.

La verdad es lo que ha sido y se ha ido y lo que no deja de ser. Ahí reside toda su fuerza. Pero la verdad no se cuida sola. Ahí reside toda su fragilidad.

La conciencia no deja nada tangible detrás suyo, pero puede ser comunicada entre nosotros, compartida y avivada; y eso es mucho más que un alivio. Los espacios sombríos y desérticos, abandonados por la conciencia, vuelven a despertar cuando la conciencia los puede recorrer, iluminar y recordar.

La conciencia desoculta las fuerzas materializadas que hieren, matan y violentan. Y honra la memoria de lo más intangible que tenemos: la memoria de nuestros muertos.

Seguramente nos ha sucedido algo extraño. También ha sucedido algo muy bueno. Lo que sucede tiene siempre un fondo incalculable y no sabemos hasta dónde va, ni dónde empieza. Ese es el rasgo de la verdad que es, en últimas, inabarcable. Pero hemos asistido a un despertar de la conciencia común, compartida. Podemos estar tranquilos. Lo que ha pasado ya está en el mundo. Ahora tenemos que cuidarlo.

La conciencia es nuestra bienvenida al poder entrante.


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