La plaga  transgénica
Publicado: 26/06/2018
Por Camilo hoyos

La plaga transgénica

Cristian Romero fue una de las grandes revelaciones de la selección de autores Bogotá39. Aquí, una mirada a su más reciente obra ficcional.

Una de las grandes sorpresas (de muchas otras) que trajo consigo la selección de autores Bogotá39 2017 fue la aparición de un escritor colombiano del que muy pocos habían escuchado hablar: Cristian Romero. Para la fecha de selección, había publicado un libro de cuentos, Ahora solo queda la ciudad (2016), en Hilo de Plata, de Medellín. Un año antes, la obra había ganado la beca de creación de la Alcaldía de Medellín, y en 2017 esa misma editorial reeditó el libro con las ilustraciones de Santiago Orozco. Hace un par de meses, como consecuencia de la selección, Random House publicó su primera novela, Después de la ira, una grata sorpresa para sus lectores.

En apenas 133 páginas, Romero escribe una narración sugerente y muy bien armada sobre uno de los grandes conflictos de nuestro país: la tierra. Es una novela sobre la tenencia de la tierra, pero también sobre un tema igualmente acuciante: la tenencia de las semillas puras, la venta y producción de las semillas transgénicas. San Isidro es un pueblo que depende de la venta de las semillas por parte de la empresa Semina, que puede ser Monsanto o cualquier otra; pero Semina también está interesada en las tierras de los campesinos, por lo que no solo les vende semillas de calidad inferior para persuadirlos de la mala calidad de la tierra, sino que asimismo envenena los campos con químicos y pesticidas, o por lo menos de eso le acusan muchos habitantes del pueblo. David contra Goliat.

Semina ha desarrollado otra cosa para obligar a los campesinos a vender, y acá Romero pone un elemento propio a funcionar: la empresa ha creado en laboratorios una especie de langostas tan grandes como gatos que, como las plagas bíblicas, son capaces de acabar con cultivos y pueblos. Son tan violentas que las peleas no son de gallos, sino de langostas. Además, la empresa cuenta con su propio ejército de seguridad que le garantiza tener al sindicato a punto, así como a las distintas amenazas y actividades de envenenamiento. Los Cuervos, paramilitares a sueldo, controlan los intereses de la empresa.

La novela trata sobre Samuel y la manera en la que vive la llegada de Semina a San Isidro; de cómo se resiste a vender su tierra a pesar de los malos resultados de las cosechas, a pesar de no poder vivir con lo que tiene. El punto de partida es la noche en que alguien quema los maizales de Semina, y esto activa el brazo armado de la empresa, iniciando así persecuciones y hostigamientos. Estas acciones le permiten al narrador regresar en el tiempo, y mostrar al lector esos primeros días en que vender las tierras parecía buen negocio. Su forma de narración es clave en la manera como se retrata la situación de sus personajes: estructura fragmentada, silencios narrativos y otros recursos que llevan y traen al lector a lo largo de la historia. El autor deja de lado una estructura cronológica y, más bien, propone un desarrollo especulativo. Por esto, nos encontramos ante una novela compacta, que economiza sus recursos y optimiza cada uno de sus elementos narrativos para crear un lienzo de correspondencias.

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Uno de los grandes logros de la obra es la manera como equipara el cuerpo de los campesinos con la tenencia y salud de la tierra: a medida que esta se va vendiendo, sus personajes, y especialmente Samuel, van sintiendo cada vez más el peso del cuerpo enfermo. El declive de la tierra es también el declive emocional de sus personajes: la disolución de la familia, la pérdida de seres queridos. La elección de un trasfondo bíblico funciona porque interpone la visión mítica para conocer la realidad cotidiana y práctica de cientos de campesinos. Esta es una de esas novelas esperadas y necesitadas en nuestro país; novelas que, a través de un lente novelesco, permiten comprender más y mejor lo real.


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