La vida en el hormiguero
Publicado: 24/07/2018
Por Germán Rey*

La vida en el hormiguero

#ColombiaEsNegra | “Arte para la paz” o “cultura para la paz” son enunciados que pueden ocasionar desastres, porque el arte suele ser disruptivo, crítico, inconforme. Pero en Colombia, un tejido de víctimas, gestores, comunidades y artistas muestra que hay una vida cultural persistente que entrelaza el pasado del sufrimiento con el futuro de la convivencia. Un ensayo.

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Recuerdo haber leído en un texto de Norberto Bobbio que en la pareja guerra-paz el término más atractivo es el de la guerra. Sospecho que en principio ocurre algo semejante con casi todos los adjetivos, si no todos, que se les suelen añadir al arte y a la cultura. Inclusive aquellos que son fieles a las clasificaciones de la historiografía y que buscan diferenciar, por ejemplo, a los movimientos artísticos. Esos términos terminan siendo tan ilustrativos como terriblemente injustos: ¿hay un arte realista, un arte simbolista o un arte pop? Los intentos de clasificación nacieron, como lo escribe Foucault en ‘Las palabras y las cosas‘, en el tiempo de la episteme del cuadro, que emparentó a Linneo con la teoría del valor y la lingüística comparada. El orden clasificatorio ayuda a organizar, pero es también un coto cerrado, por fuera del cual queda lo mejor de un artista o lo más sugestivo o enigmático de una obra artística.

“Arte para la paz” o “cultura para la paz” son enunciados que pueden ocasionar desastres. Entre otras cosas, porque el arte suele ser disruptivo, crítico, inconforme; el arte explora descarnadamente los conflictos, asume posturas incómodas, hace estallar los conceptos convencionales.

Pero si la cultura tiene que ver con la afirmación de los lazos, la pertenencia, el arraigo o las identidades, todos ellos se vieron fracturados de una manera pertinaz y sin tregua durante este más de medio siglo. ¿Qué otra cosa significa el desplazamiento? Y si se relaciona con las memorias individuales y colectivas, las identidades, la comunicación, las creencias y el mundo simbólico, todos estos fueron socavados constantemente por las diferentes formas de violencia.

“No hay documento de cultura que no lo sea al mismo tiempo de barbarie”, escribió Walter Benjamin. En sentido aparentemente contrario, la barbarie suele expresarse también en rituales, ceremonias y gestos culturales, “de una procedencia en la que no se puede pensar sin horror”, dice María Victoria Uribe en ‘Matar, rematar y contramatar. Las masacres de la violencia en el Tolima, 1948-1964‘ (Cinep, 1996). La historia colombiana está llena de ellos. En las masacres de paramilitares que buscaban amedrentar, silenciar y desplazar al someter a poblaciones enteras a un régimen autoritario sustentado en la delación y el señalamiento criminal; en los narcotraficantes que han desarrollado una verdadera enciclopedia del horror, que va desde la cirugía cósmica de la que habla Michael Taussig y que se inscribe en una particular estética del cuerpo femenino “traquetizado”, hasta la orgía de asesinatos que buscaban enviar mensajes a las autoridades y a la sociedad con un deliberado contenido simbólico; o en acciones de la guerrilla que, como en el caso de las Farc, lanzó cilindros de gas que explotaron dentro de una iglesia de Bojayá repleta de mujeres, niños, niñas y habitantes de un pueblo chocoano. Caso en el que se ha mantenido a través del tiempo la memoria del sufrimiento y en que se halla un sentido más profundo al mundo de las imágenes religiosas condensadas en el Cristo mutilado.

La tragedia cultural se manifestó también en las presiones violentas sobre territorios ancestrales del Cauca, de la Costa Caribe, del Pacífico y del Putumayo, habitados por comunidades afrocolombianas o pueblos indígenas; en la arremetida contra comunicadores, periodistas, gestores culturales o artistas populares; en la fractura de la diversidad cultural y en la ruptura de la continuidad de expresiones culturales, desde la oralidad y las músicas hasta las formas de celebración de las comunidades que habitaban las zonas de conflicto.

Bocas de ceniza - Juan Manuel Echavarría

RESISTENCIA CULTURAL

Pero mientras se rompían todas estas dimensiones de la cultura, surgía, con dificultades pero con persistencia, un movimiento cultural de resistencia; afloraban prácticas que buscaban enfrentar a las estrategias de sometimiento y silencio; se fortalecían formas expresivas a través de las cuales los pobladores se oponían a las versiones construidas por los guerreros. Es decir, si el conflicto interno colombiano mostraba indudables comprobaciones del desastre cultural ocasionado en las comunidades, generaba al mismo tiempo unas conmociones simbólicas con sus propios recorridos reconocidos por los habitantes de las zonas asoladas por la guerra.

Hay una densa creación cultural que dinamiza la vida social y que tiene que ver con movimientos de resistencia cultural, organizaciones culturales no gubernamentales, colectivos de artistas, grupos de gestión cultural, comunidades étnicas, asociaciones de creadores y, por supuesto, con procesos, lugares, prácticas, instituciones, actores y acciones que intervienen en la construcción de nuevas relaciones entre paz, convivencia y vida cultural.

Probablemente es en este nivel donde se han dado en Colombia experiencias más interesantes de relación entre la cultura, la convivencia y la transformación social. Como ya se ha anotado, no son experiencias recientes sino que se proponen hace muchos años en los territorios, buscan caminos de conexión con las sociedades locales, persisten con tenacidad en medio de una gran diversidad de violencias y logran, en muchos casos, una sostenibilidad heroica por la actividad constante y denodada de varias generaciones.

Tienen la forma de lugares y prácticas de la memoria que se han esparcido por diferentes zonas del país, anunciando y denunciando el dolor inflingido por los victimarios; grupos que desde diversas prácticas artísticas han representado las fracturas vividas y las perspectivas de esperanza y paz a través de murales, grafitis, músicas, teatro, artes visuales y tejidos; medios de comunicación comunitarios que han sido en ocasiones los únicos que han mantenido canales de expresión en pueblos y zonas rurales dominadas por el silenciamiento; escuelas que han persistido en la creación de conocimiento, aun cuando estaban cercadas por la barbarie de los violentos; fiestas que han celebrabado la vida cuando se quería imponer a los pobladores las ceremonias de la muerte; rastros del patrimonio material e inmaterial que se han conservado en medio de la destrucción, el fuego cruzado y el peligro a través de apropiaciones que los preservaron y desarrollaron; comunidades indígenas que han mantenido sus culturas frente a la feroz arremetida de narcos, paramilitares, guerrilla y el propio Estado; grupos de negros y raizales que en zonas alejadas y desprotegidas han mantenido la riqueza de sus lenguas, tradiciones y estructuras de convivencia en medio de persecuciones y olvidos cómplices; fotógrafos como Jesús Abad Colorado, Stephen Ferry, Federico Ríos o Álvaro Ybarra Zavala, que han hecho una reportería visual del país invisible y del dolor de sus víctimas; artistas como Beatriz González, Doris Salcedo, Miguel Ángel Rojas, José Alejandro Restrepo o Juan Manuel Echavarría, que han ofrecido una visión conmovedora de la guerra colombiana que permite explorar la magnitud de la tragedia sufrida; colectivos de creación audiovisual que han ayudado a atravesar las barreras invisibles que separaban entre abismos de exclusión a los jóvenes de las comunas y los barrios populares; mujeres, como las de Mampuján, Trujillo, La Candelaria, que en medio del dolor han mostrado una resiliencia hecha a pulso que pusieron en murales, recuerdos y monumentos.

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A este dinamismo de la cultura lo llamó Michel de Certeau el “hormiguero”, un término que también utilizó el antropólogo Clifford Geertz al iniciar su libro ‘Conocimiento local‘ con un aforismo africano: “La sabiduría está en el conjunto de las hormigas”.

Un país que tiene cerca de medio millar de radios comunitarias y 700 medios digitales informativos esparcidos por toda su geografía es, indudablemente, un hormiguero cultural. Como el que observamos hace unos años cuando se rastrearon cientos de experiencias locales, muchas de ellas basadas en las prácticas artísticas más diversas, en las que participaron desde maestros de la marimba hasta luthiers que fabrican instrumentos a punto de desaparecer; grupos de teatro que ensayan debajo de un palo de mango y mujeres hip hopers que enseñan a leer a niños y niñas a través del ritmo y la música; cine clubes como La Rosa Púrpura de El Cairo, que recorre los Montes de María con el objetivo de reconstruir la memoria, formar públicos y empoderar a quienes han sido excluidos del uso de la palabra, y La Peluquería, un lugar “en el cual siempre habrá arte, café, sofás y espacio para un buen corte de pelo”.

La gran mayoría de estas experiencias son locales y están asentadas en barrios, veredas o cabeceras de pequeños municipios. Están vinculadas, por una parte, con procesos sociales concretos, de formación, educación, medioambiente, prevención o identidad, y por otra, con una incorporación activa de lo territorial. Promueven ideas referidas al comercio justo, al estímulo de pequeñas empresas culturales, a la incorporación de los jóvenes a opciones de empleo cultural o a la construcción de nuevos públicos y circuitos de circulación de sus creaciones.

Lo que se ve en todas estas experiencias es un país diferente al que los especialistas en la llamada “marca país” han definido a través de la “sabrosura”, la “pasión” o el “realismo mágico”. La “sabrosura”, la más reciente, acude a los lugares comunes de comprensión de la música, el baile, las fiestas, el paisaje y un cierto exotismo y folclorización anacrónicos, para mostrar a Colombia internamente y hacia el exterior al enfatizar unos rasgos culturales que reducen, estandarizan y distorsionan. En la “sabrosura” oficial se pierde lo más interesante de la cultura popular.

Todo este tejido denso y diverso, zurcido por grupos sociales y víctimas, gestores culturales, comunidades y artistas, es el que finalmente garantiza la relación entre la cultura y la paz. Es el que demuestra que más allá de los acuerdos, firmados sobre el escenario de un teatro patrimonial, hay una vida cultural diversa y persistente, que de manera más viva entrelaza el pasado del sufrimiento con el futuro de la convivencia.

* Profesor e investigador social


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