Don Gu: cuando el liderazgo cultural pone la vida en riesgo
Publicado: 24/07/2018
Por Carolina Gutiérrez Torres*

Don Gu: cuando el liderazgo cultural pone la vida en riesgo

#ColombiaEsNegra | Entre los líderes sociales amenazados y asesinados hay gestores culturales que arriesgan su vida por construir paz a través del arte. Esta es la historia de uno de ellos, Gustavo Colorado, conocido como Don Gu, un músico de Tumaco que se ha presentado ocho veces en el Festival Petronio Álvarez y que en marzo llegó desplazado a Bogotá tras recibir amenazas de bandas criminales.

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El jueves 15 de marzo, a las 6:40 de la mañana, llegó a mi celular un mensaje de Gustavo Colorado, más conocido como Don Gu: un músico de Tumaco reconocido por haber fundado en su pueblo una escuela de música para jóvenes y por tocar con maestría la marimba, el bombo y el cununo. Ese saber le ha valido ocho presentaciones en el Festival Petronio Álvarez y, en 2011, el primer lugar en la categoría de Conjunto de Marimba, junto a la agrupación Cueros y Chontas.

Cuando Don Gu tenía cinco años, una fiebre tifoidea le “debilitó los huesos”, dice él, y lo dejó postrado en una cama por casi una década. En esos años utilizaba los cubiertos y los platos, las paredes y el suelo de su casa para replicar los sonidos del bombo y el cununo que provenían de los desfiles funerales que pasaban por su casa, ubicada en la Avenida La Playa. En el Pacífico, la gente despide a los muertos con música y cantos, y así fue como Don Gu empezó a afinar el oído y a entrenarse como músico; oficio que, además, había heredado de su bisabuelo materno, Segundo Banguero, un campesino “brujo y hechicero” que también interpretaba la marimba.

A los 16 años, y a pesar de la cojera que le dejó la enfermedad, comenzó a ir al colegio, y lo hacía descalzo porque no soportaba los zapatos. Se encontró entonces “con una enfermedad peor –dice–, la ignorancia de la gente que se burlaba de mí”. Fue entonces cuando se refugió en la música. A los 18 años, se acercó a la Fundación Tumac, una de las escuelas folclóricas de mayor tradición en Tumaco, donde empezó a formarse y aprendió a construir instrumentos. Por esos días, comenzó a tocar en la agrupación de su colegio, el Instituto Técnico Industrial.

Don Gu mientras toca el bombo en una calle de su barrio. Foto: Uwe H. Martin

Doce años después, a los 28 años, llegó a vivir junto a su abuela a Villa Las Lajas, donde reinaban el hambre y la pobreza. Se trataba de un barrio nuevo, en el sector La Ciudadela, creado para trasladar a la gente que vivía en los bajamares, amenazados por la marea alta. Con ayuda de su hermana, Consuelo, Don Gu empezó a organizar comidas comunitarias para los niños. Los alimentaba, les tocaba el tambor y la marimba, y les enseñaba pasos de bailes tradicionales. Con el tiempo también los jóvenes empezaron a asistir a los encuentros. Así, poco a poco, Don Gu fue gestando su propia escuela callejera de música. La llamó Centro Cultural Artesanal. No solo se trató de un lugar para tocar instrumentos o cantar, también fue un espacio de expresión en que muchos jóvenes encontraron una alternativa al narcotráfico, tan presente en Tumaco, o a la violencia armada. Hoy Don Gu tiene 44 años y es un líder cultural y social en su pueblo, a pesar de que hace pocos meses tuvo que dejarlo.

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LA FUGA

A Don Gu lo conocí en noviembre de 2016, cuando viajé a Tumaco junto con el fotógrafo alemán Uwe H. Martin para hacer un reportaje sobre el Centro Cultural Artesanal. Pasé tres días con él, su esposa y sus dos hijos en su casa de palafitos en La Ciudadela, que aún hoy es una orilla pobre y sin oportunidades. Visitamos a algunos de sus estudiantes, muchos de ellos madres y padres adolescentes que contaban con emoción que la escuela les permitía escapar de su realidad, al menos por unas horas. Todos habían terminado el bachillerato, pero ninguno iba a seguir estudiando. En los suburbios de Tumaco, ir a la universidad o encontrar un trabajo bien remunerado, y legal, es casi imposible.

Después de ese viaje, Don Gu y yo intercambiamos saludos breves a través de WhatsApp. Pero en octubre de 2017, la comunicación cambió de tono. En la primera semana de ese mes, Tumaco había sido escenario de uno de los hechos más violentos ocurridos en el país desde que se firmó el Acuerdo de Paz con las Farc. En medio de un enfrentamiento por la erradicación de cultivos de coca en la zona rural del municipio, miembros de la Policía Nacional masacraron a siete campesinos.

Para ese entonces crecía la indignación de un sector de la sociedad colombiana por el asesinato cada vez más frecuente de activistas sociales y políticos, reclamantes de tierras, líderes de sustitución de cultivos de coca y promotores de paz. Algunas organizaciones y medios de comunicación alternativos comenzaron a llevar registros de los asesinatos y a hacerlos visibles.

El 17 de octubre, Don Gu me escribió: “En mi barrio hubo una balacera de cuatro horas. La gente estaba asustada”. Tres días después, me volvió a escribir diciendo que tenía miedo porque estaban matando líderes sociales. Un día antes de la balacera, cuenta él, habían asesinado a un joven en su barrio. “Ya se siente la cosa encima de uno, y no es fácil. Voy a tratar de parar un poquito los ensayos”.

Después de esos mensajes supe muy poco de él, hasta que un día, justamente el jueves 15 de marzo, me escribió el mensaje con el que empieza esta historia: “Estoy en el terminal de Salitre o algo así, me dicen acá… Para ver si nos podemos mirar para poder comentarle bien qué es lo que pasó. Tengo mucho frío… No sé cómo decírselo”.

Don Gu llegó desplazado a Bogotá el pasado 15 de marzo. Foto: Daniel Reina Romero.

Don Gu había huido de su casa y de su pueblo porque no aguantó más la presión. En la madrugada del martes cogió su marimba, un maletín con dos camisetas, dos pantalones y 50.000 pesos; salió a una vía principal y se montó en el primer bus que pasó. Después de catorce horas y media de viaje desde Tumaco, llegó al terminal de transportes de Bogotá. “Me sentía como cuando se le muere a uno la mamá. Uno se pierde en el camino”. Tomó su marimba, y, según recuerda, “me tapié al llanto. Me salían las lágrimas solitas como si fuera un niñito”. Cuando se calmó, un hombre le dijo: “Aquí adelantico hay una oficina donde lo pueden atender. Usted lo que viene es desplazado”.

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EL TAMAÑO DE LA TRAGEDIA

En el listado de activistas colombianos asesinados desde el arranque de la implementación del Acuerdo, hay solo una mención a un líder cultural. Se trata de José Luis García Berrío, quien el 5 de octubre de 2017 recibió cuatro balazos mientras cocinaba en su casa en Cartagena. “Administrador de la junta vivienda local comunitaria del barrio 3 de Junio. Tenía trabajo con jóvenes en temas culturales para evitar reclutamiento forzado”, dice el informe “Una piedra en el zapato” de la organización Somos Defensores. García Berrío tenía 37 años y fue asesinado en el barrio Nelson Mandela, uno de los tantos sectores excluidos y olvidados de Cartagena.

García Berrío hacía posible que el colectivo artístico comunitario Contextos llevara cine, literatura y arte al sector 3 de Junio del barrio Nelson Mandela. “José Luis era la persona que permitía construir procesos con la misma gente para defender el territorio, para defender sus derechos. Eso estábamos haciendo con nuestra ruta del arte cuando lo mataron”, dice Alí Majul, un artista y líder cultural de Cartagena que tiene un punto tatuado en la espalda por cada activista asesinado desde la firma de la paz. “El man era un bárbaro, era muy potente. Fue la persona que hizo posible otro mundo dentro de la comunidad. Después de su muerte decidimos no volver. Había mucha tensión”.

A la pregunta de si García Berrío es el único gestor cultural asesinado por su labor, Leonardo Díaz, coordinador de protección de Somos Defensores, dice que es muy difícil saberlo porque la gestión cultural no ha estado presente en la discusión. “La sociedad se ha encargado de banalizarlos y no los reconoce como agentes de cambio o de construcción de país”. Según él, en Colombia muy pocas personas saben que los gestores culturales también hacen una defensa de los derechos fundamentales y de la paz. Moisés Medrano, director de Poblaciones del ministerio de Cultura, dice que la sociedad colombiana todavía está en mora de reconocer que la memoria, la identidad y el patrimonio son derechos culturales, y que esos también son derechos humanos.

Líderes culturales como Berrío o Don Gu, según Leonardo Díaz, son un “obstáculo” para las mafias porque hacen un ejercicio de inclusión y participación social; es decir, hacen todo lo contrario a la criminalidad, que es excluyente y disuasiva, y que busca generar miedo y confinamiento: “El aglutinamiento y el pensamiento colectivo terminan muchas veces en un ejercicio de crítica social. Y los mafiosos saben que eso significa un rechazo de la comunidad”.

En palabras de Lucía González, exdirectora del Museo Casa de la Memoria de Medellín y del Museo de Antioquia, y actual miembro de la Comisión de la Verdad, los líderes culturales son el foco de confluencia de las comunidades, el centro de la esperanza y una posibilidad de expresión. “El arte y la cultura son una fuerza salvadora que nos ha permitido nombrar las cosas y salir del silencio, que ha restacado a muchos niños y jóvenes de la guerra y les ha abierto otro camino”.

El investigador social Germán Rey dice que la situación del activismo social en Colombia es “una tragedia cultural”; que la guerra no solo ha desplazado y silenciado a gestores, creadores y líderes, sino que también ha afectado dimensiones esenciales de la cultura como el arraigo, la identidad, la cohesión social, la capacidad de encontrarse y las tradiciones. “La respuesta del Estado frente a los ocho millones de desplazados que existen en el país es restituir las tierras. Y claro, eso es necesario. Pero el territorio es mucho más que el aspecto físico: es las relaciones afectivas, las producciones culturales hechas por las comunidades, el arraigo comunitario. Eso es lo que se ha perdido. Ese es el tamaño de la tragedia”.

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LA LLEGADA

Don Gu esperó afuera de la oficina de atención a víctimas del terminal hasta que abrieron. Cuando pudo entrar, lo mandaron a sentarse en una silla frente a un abogado que comenzó su informe escribiendo: “Siendo las 7:52 de la mañana del día 15 de marzo de 2018, se acerca al punto de atención de la Personería de Bogotá ubicada en el terminal, el señor Gustavo Colorado (...) para rendir declaración bajo la gravedad de juramento por los hechos de desplazamiento forzado y amenaza”. Don Gu le contó que venía de un sector llamado La Ciudadela, donde la gente vive de la pesca y el cultivo de plátano, cacao, yuca y coca. “El señor manifiesta que desde hace catorce años realiza una labor social con jóvenes, niños y muchachos drogadictos que no tienen oportunidades”.

Explicó que enseñaba danza, música y fabricación de instrumentos, y que ese trabajo no le representaba ningún dinero. Que él se ganaba la vida criando pollos y ejerciendo la carpintería. Y que su esposa, Maryuris, aportaba al hogar con lo que recibía por limpiar concha y camarón. “El señor relata los sucesos y llora”. Don Gu le contó que en el sector en que vivía hay grupos armados al margen de la ley que se disputan el territorio y que utilizan a los jóvenes para extorsionar, amenazar y vender droga. Luego habló de las intimidaciones, cada vez más directas, y de su decisión de huir dejando en Tumaco a su esposa y a sus hijos: Lucía, de 16 años, y Keiner, de doce.

Seis horas después de rendir declaración, un carro de la Cruz Roja lo llevó junto a otras dos familias desplazadas a un albergue de la Alcaldía de Bogotá, cerca del centro de la ciudad. Dos semanas después, su familia llegó a Bogotá y también se declaró desplazada. Los cuatro permanecieron en el albergue casi un mes, y en esos días Don Gu salía desde muy temprano a recorrer esta ciudad de “muchos puentes y calles amplias” para ofrecer sus servicios de músico, profesor y lutier. Así consiguió su primer trabajo.

Don Gu y su familia frente a su casa en Tumaco. Foto: Uwe H. Martin.

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REFLEXIONES DESDE EL CENTRO

Varias personas que entrevisté para este reportaje me hablaron de Arley Estupiñán, un músico y artista de Buenaventura que llegó en 2003 a la localidad de Usme, en Bogotá, porque los paramilitares lo habían sacado de su territorio. Hoy Estupiñán es uno de los líderes más visibles del sector, entre otras cosas, porque ha denunciado amenazas contra líderes de su localidad. “Cuando alguien les ofrece a los jóvenes otra opción, con arte, con cultura, inmediatamente se convierte en enemigo de esos grupos”, dice.

Danny Bejarano, director del festival de cine comunitario Ojo al Sancocho de Ciudad Bolívar, dice que los líderes culturales se volvieron un blanco de las bandas criminales cuando empezaron a promover espacios de convivencia e inclusión en las comunidades, sobre todo en rincones frágiles e ignorados por la institucionalidad. Ahí, según Bejarano, “la ilegalidad, las mafias, los grupos armados y el narcotráfico tienen una mejor oferta para la comunidad que el propio Estado”.

Pero el Estado no parece todavía entender del todo el poder que tienen las artes y quienes las representan, en especial en esas zonas. “[El arte es] una herramienta para la transformación social desde las propias comunidades, tan o más relevante que las formas judiciales”, dice Yolanda Sierra, profesora de Derecho Constitucional de la Universidad Externado e investigadora en algo que ella llama “litigio estético”, que se refiere precisamente al arte como un componente clave de la justicia transicional.

En esa misma línea, el dramaturgo, poeta y profesor de la Universidad Nacional Carlos Satizábal dice que, así como el Acuerdo de Paz creó la Justicia Especial para la Paz, en el posconflicto debería existir también un programa de “arte y cultura especial para la paz” para recoger los relatos de la guerra y la resistencia, en todas las voces y lenguajes. Aquí el rol de un líder cultural es fundamental, pues, como dice Ramiro Osorio, exministro de Cultura y actual director del Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo, “ellos se han dedicado a enriquecer la vida de sus pueblos, representan las historias y las cosmovisiones de cada zona del país”.

Don Gu toca marimba. Foto: Uwe H. Martin.

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El pasado 4 de abril recibí la noticia de que Don Gu ya se había ganado sus primeros pesos en un taller de música en Casa Kilele, y que lo habían invitado a otro taller. El 23 de abril, el gobierno acogió su declaración, y su nombre pasó a ser parte del Registro Único de Víctimas. Pero las ayudas del Estado pueden tardar meses en llegar, y Don Gu tenía que dejar el albergue. Un grupo de personas reunió dinero para que tuviera un lugar para dormir y, luego, un apartamento en arriendo en el sur de la ciudad. Su caso es excepcional, ya que una buena parte de los desplazados de este país terminan en la calle.

Hoy, Don Gu trabaja unas horas con la Fundación Gratitud del cantante Fonseca, da talleres, repara instrumentos y ensaya con un grupo de música tradicional de Tumaco. Eso, sin embargo, todavía no le alcanza para vivir. Ni él ni su familia dejan de pensar en Tumaco. “Era importante y necesario estar ahí. Mi idea siempre fue tener ocupados y reunidos a los muchachos, crear una especie de palenque para que los jóvenes no cayeran en las armas y para que las chicas no se embarazaran ni cayeran en la prostitución. Ha quedado un hueco enorme”.

Cuando le pregunto a Don Gu sobre la posibilidad de volver a su tierra, me responde que en algún lugar del barrio Avenida La Playa de Tumaco está enterrado su ombligo, porque ahí nació, y esa es la costumbre. “Ese debería ser también el lugar donde me entierren, al final de mis días”.

* Periodista. Jefe de prensa del Centro Nacional de Memoria Histórica


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