El golpe de una generación: ¿cómo se convirtió Medellín en la meca del reggaetón?
Publicado: 22/08/2018
Por Eduardo Santos*

El golpe de una generación: ¿cómo se convirtió Medellín en la meca del reggaetón?

Hace 17 años sonó en Medellín la primera canción de reggaetón, y hoy J Balvin es el segundo artista más escuchado en todo el mundo. En ese lapso, la ciudad quedó marcada profundamente por un género nuevo que, sin embargo, evocaba su pasado violento. ¿Cómo y por qué se convirtió en una meca de la industria del reggaetón?

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A las diez de la mañana de un lunes de octubre de 2001, el “perreo” se oyó por primera vez en el Valle de Aburrá. Desde la cabina de Rumba Estéreo, ubicada en la icónica Torre Coltejer en el centro de Medellín, El Gurú del Sabor y dj Semáforo, director y locutor del programa La Rumba Me Llama, le pusieron a oír “Latigazo”, de Daddy Yankee, a una ciudad que hasta ese momento poco sabía de reggaetón. “Castígala, dale un latigazo, ella se está buscando el fuetazo”. Las primeras palabras del género que sonaron en la ciudad marcaron el comienzo de un nuevo fenómeno musical.

“Eso fue como si hubiera explotado un volcán, o un tsunami, porque inmediatamente el teléfono explotó en una hora normal en la que la gente pedía canciones”, cuenta El Gurú del Sabor, una de las figuras clave de la radio comercial paisa. Dice que conoció “Latigazo” un día que visitó un colegio en una de las comunas de la ciudad, donde vio a un grupo de niños de no más de catorce años haciendo el baile del perreo al ritmo de la canción. Semáforo, el dj y locutor que lo puso a sonar ese día, lo recuerda diferente: “Nosotros salíamos a ver los cd piratas en la calle, a ver qué canciones tenían y nos podían servir. En uno de esos estaba ‘Latigazo’. No sabíamos qué era, pero sonaba bueno y decidimos ponerlo al aire”.

Casi de inmediato, Medellín, una ciudad acostumbrada a la salsa, al vallenato, al chucu chucu, al merengue y a otros géneros populares, se pegó al ritmo traído de Puerto Rico, que venía con un sabor latino pensado para las discotecas, para bailar pegadito. Aunque en los barrios se venían rotando los mixes de pioneros del género como dj Playero y dj Blass, quienes comenzaron a experimentar con la fusión entre el reggae y el hip hop desde principios de los años noventa, la gente quería más de los nuevos referentes boricuas.

Impresionados por la cantidad de gente que comenzó a pedir reggaetón, El Gurú y Semáforo se sumergieron más a fondo en el tema y buscaron otras canciones y más información sobre la movida en Puerto Rico en días en que internet todavía era precario. Gracias a esa exploración, a su parrilla de artistas se sumaron otros nombres como Wisin & Yandel, Ivy Queen, Héctor & Tito y Tego Calderón, que eran sensación y referentes en la isla. En medio del boom, la emisora pasó a tener una programación de solo reggaetón.

Las canciones eran explícitas y hablaban sin filtro sobre sexo, tiroteos, rumbas pasadas de trago y drogas, con letras abiertamente misóginas. También se popularizaron las tiraeras, temas con letras hostiles que los artistas usaban para insultarse entre ellos cuando tenían roces en la calle. El reggaetón era bailable, pero también violento, y de cierta manera evocaba el pasado de la propia Medellín. Como explica el periodista musical Cristian Cope, “la sociedad de estos pelados que se criaron en medio de la bonanza mafiosa de los noventa vio en esos ritmos y músicas nuevas de Puerto Rico una semejanza con lo que estaba pasando en Medellín, y se apropiaron de ellas”.

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A los padres, por supuesto, no les gustaba, y algunos llegaron incluso a increpar a El Gurú del Sabor por pasarse al reggaetón, insultándolo al aire y en la calle. Tampoco le gustó al establecimiento, que bajo un mandato de la alcaldía obligó a que las parties de reggaetón tuvieran que tener una póliza de cien millones para poder realizarse, dificultando el trabajo de los promotores que cobraban, por mucho, cinco mil pesos por entrada. “Los muchachos elegían el reggaetón para llevar la contraria a los adultos y, a la vez, para tener más contacto sexual entre ellos”, comenta El Gurú, que comenzó a organizar eventos de reggaetón en la ciudad y a ver cómo los niños y adolescentes copiaban, entre otras cosas, la pinta de pantalón ancho caído, camisa larga hasta la rodilla, gorra plana y cadenas brillantes a los reggaetoneros puertorriqueños.

Además de la difusión por radio, y las mezclas y canciones pirateadas que se intercambiaban en la calle, el canal Telemundo Internacional, que comenzó a transmitirse por cable a principios del milenio, pasaba programas como Jams, Mundos y The Roof, en los que entrevistaban a grandes referentes de Puerto Rico y estrenaban sus videos musicales. Esos shows se hicieron conocidos por voz a voz y permitieron que la gente viera los mundos de fiesta, lujos y excesos que relataban las canciones.

La oportunidad de negocio estaba puesta sobre la mesa. Entonces comenzaron los conciertos. El primero, otra vez, fue de Daddy Yankee, quien en 2002 llenó el Polideportivo Sur de Envigado cobrando dos mil dólares por cantar frente a cinco mil asistentes. Le siguieron Héctor & Tito, que ese mismo año llenaron la tribuna oriental del Estadio Atanasio Girardot cobrando tres mil dólares y presentándose frente a unas veinte mil personas. Esos primeros conciertos demostraron que el género, además de que gustaba en la radio –principalmente a gente joven y sectores marginales de la ciudad– era económicamente viable. Una industria podía nacer en ese contexto, como había pasado con otros géneros como la salsa o el vallenato.

Del rap al reggaetón

El Halloween de 2003 fue el antes y el después del reggaetón en la ciudad. Ese día, los de Rumba, asociados con el empresario Héctor Camargo, presentaron Los Bosster del Reggaetón, un evento que reunió a Daddy Yankee, Wisin & Yandel, Héctor & Tito, Ivy Queen y Tego Calderón en el Atanasio. “Cuarenta y cinco mil o cincuenta mil personas llenaron el estadio esa noche. La gente fue masivamente porque ya habíamos calentado con los otros conciertos”, asegura dj Semáforo. Según Cope, esa noche entre los asistentes “había gente con pinta rosada como la de ‘Oye mi canto’, de Daddy Yankee, o la de Yandel en ‘Aventura’, y se veía desde el más chirrete hasta el más gomelo”.

A partir de ese momento, las fiestas de reggaetón en discotecas regadas por la ciudad se convirtieron en un éxito comercial, incluso cuando los artistas no eran muy conocidos. El rótulo de “puertorriqueño” era suficiente para llenar cualquier establecimiento. El furor llegó a tal nivel que dj Semáforo, tan solo mezclando, alcanzó a meter a más de ocho mil personas en el parqueadero de un supermercado. Medellín comenzaba a consolidarse como una nueva plaza para el género, aunque para muchos todavía fuera una simple moda pasajera.  

Durante el concierto de J Balvin en el Estadio Atanasio Girardot de Medellín, el 4 de agosto de 2018. Foto: Mario Valencia | El Colombiano.

Pero mucho antes de eso, desde los años noventa, y por una influencia fuerte de la cultura afroamericana, los beats del rap retumbaban en los barrios. En las esquinas se veían batallas de freestyle (improvisación); agrupaciones nacían y morían en el underground; y jóvenes artistas, armados con casetes y organetas, creaban pistas caseras al ritmo del boom bap para sacar a la calle. Con el boom de este género algo nuevo se activó. “Nos dimos cuenta de que el reggaetón era lo mismo que se venía haciendo en el rap, pero con un ritmo más caribeño, y eso nos llamó mucho la atención”, dice Mr. Dec, que en 1998 fundó el colectivo de rap Golpe a Golpe, un grupo que con el estallido del género en Medellín se convirtió en uno de sus líderes a nivel local. La transición musical del rap al reggaetón causó rechazo e incluso amenazas de algunos raperos, quienes decían que se había dejado de lado la cultura para comenzar a cantar sobre la fiesta.

De ese primer intento de hacer reggaetón nació Palma Productions, el único estudio completamente dedicado al género en Medellín. Ese laboratorio se puso a la tarea de buscar y dominar las técnicas que utilizaban los puertorriqueños para hacer su música. Se trató de un proceso completamente empírico que en el camino abrió las puertas a nuevos artistas. “En la Palma éramos muy abiertos y le dábamos la oportunidad a todo el mundo. No nos cerramos como otros que tuvieron estudios y no le dieron la mano a nadie”, asegura Pequeño Juan, de Golpe a Golpe.

En 2004, gracias al trabajo en la Palma, se formó el primer combo de reggaetoneros en la ciudad bautizado Colombian Flow, que nació justamente porque El Gurú del Sabor se negaba a ponerlos al aire. “Yo les decía que escucharan la calidad de las grabaciones de Don Omar y Wisin & Yandel, pero estos muchachos grababan en garajes y, por supuesto, la diferencia era del cielo a la tierra”, dice El Gurú. Eso creó roces entre él y esa primera escuela de reggaetón de Medellín; tensión que inspiró la canción “Tiraera al Gurú”, en la que se le recrimina por su preferencia hacia los artistas de Puerto Rico.

Un año más tarde se marcaría un nuevo hito con la llegada del productor Alexander dj y José Osorio Balvin, un muchacho que venía de la escena rapera y que se acercó a la Palma buscando una oportunidad. “José era rapero y le dije que por ahí no era la cosa, que mejor incursionara en los beats del reggaetón”, dice José Álvaro Osorio, padre de Balvin y su primer manager. Balvin, que llamó la atención de Pequeño Juan y Mr. Dec, les presentó poco tiempo después a Mike Cortez, un rapero de Envigado que se sumó al grupo bajo el nombre artístico de Reykon.

Así se creó un segundo combo de reggaetón, la Universidad de la Calle, cuya música llegó a espacios radiales como El Flow de mi Tierra, conducido por Santiago Chacón, conocido como Shako en el mundo del reggaetón. “Obviamente al principio nadie nos creía. Nos gozaban y se burlaban de nosotros porque era una música que estaba empezando”, cuenta Shako. Él, sin embargo, fue quien hizo posible que la música producida en la Palma Productions finalmente llegara a la radio comercial y al público que consumía reggaetón en la ciudad.

Mientras tanto, Shako aprovechó su influencia en medios para hacer el dúo Fainal & Shako, con una propuesta novedosa de reggaetón romántico que probó una manera más lírica e instrumental de acercarse al género. “Comenzamos a entrar tanto en el underground como en los estratos altos, y mamás y papás dejaban escuchar nuestra música a los niños”, dice Shako. La Universidad de la Calle se presentaba en discotecas como Seven Eleven y Crazy’s Club, pero también en primeras comuniones, grados y colegios. “Hoy en día poner a artistas como esos a cantar juntos cuesta mucho billete, pero en esos años yo los vi en el coliseo de mi colegio”, dice Alejandro Cardona, promotor de eventos de reggaetón en Medellín.

Sede Medellín

Ese grupo encontró, entonces, una nueva estrategia para comercializar su música alejándose del sentido directo y violento de la primera ola del género, con letras menos escandalosas y poniendo sobre la mesa un sonido más pop, pero con la base del dembow del reggaetón. El colectivo duró hasta 2008, año en que salió “Obra de arte”, de Fainal & Shako con J Balvin, una de las primeras colaboraciones entre artistas nacionales que pegó masivamente y que, como dice Shako, “logró que el público se diera cuenta de que el reggaetón colombiano podía funcionar”.

Ese reggaetón no solo se alejaba de la temática barrial o sexual de los inicios del género, sino que también fue una muestra de que los mismos artistas estaban marcando la parada frente al pasado violento y oscuro de la ciudad en su música, logrando éxitos sin necesidad de acudir a esos lugares comunes. Ya no sonaban disparos o gemidos en las canciones, que tenían además una base musical más instrumental. Les cantaban al amor, a la infidelidad, a las borracheras de viernes entre amigos; eso permitió que las canciones también alcanzaran el éxito en países como Ecuador, México y Perú entre 2008 y 2009. En ese momento, la Palma recibió a Karol G, una de las primeras cantantes de reggaetón de Medellín.

Desde entonces, la evolución ha sido imparable. Una oleada de productores de no más de 23 años, influenciados por los pioneros locales, saltaron a escena. Sky Rompiendo el Bajo, Mosty o Bull Nene empezaron a componer canciones para J Balvin, Reykon, Shako, e incluso Maluma cuando todavía era un niño de colegio. Al mismo tiempo, y con una industria local en pleno crecimiento, referentes puertorriqueños con carreras en declive como Ñejo y Nicky Jam se instalaron en Medellín, donde reinventaron sus carreras y volvieron a sonar.

Esos artistas que venían de la escuela de la Universidad de la Calle finalmente lideraron el movimiento y abrieron la oportunidad de surgir a promotoras como D’groupe, que vieron cómo el público se abría cada vez más a ellas. “Al principio hacíamos eventos para 300 o 500 personas; luego para mil personas; después, para cinco mil, hasta que finalmente llegamos a aforos de treinta o cincuenta mil personas. Ha sido muy acelerado”, comenta el ceo Ricardo Peláez, que ha trabajado con J Balvin desde sus primeros éxitos.

Balvin, que a principios de esta década ya se había hecho un nombre en la música nacional, buscó a esos compositores y encontró la manera de crecer con ellos, en bloque, antes de que todo estallara definitivamente. “Un día cualquiera estaba en el estudio con Sky y llegó Balvin a visitarnos y a conocernos. Al otro día comenzamos a trabajar con él y, unos cuatro meses después, hicimos ‘Yo te lo dije’”, recuerda Bull Nene. Ese fue una tema clave compuesto en 2013, que ayudó a que J Balvin se posicionara en la radio y en el mercado norteamericano, muy cerrado históricamente a la música en español.

Con Balvin como referente, esa nueva generación de artistas jóvenes encontró en el reggaetón “ese camino de salvar la vida, de ser personas buenas y quitarnos esa secuela de violencia con la que crecimos en Medellín”, comenta Bull Nene, que junto con Mosty y Sky formó el extinto sello Infinity Music, un nombre que suena detrás de la mayoría de éxitos de reggaetón colombiano de los últimos años, y ha sido ganador de varios Latin Grammy. Ese colectivo buscó “un sonido más fresco y universal, con una perspectiva que hizo que en todos lados se entienda el reggaetón a la luz de figuras como Balvin, que expresa siempre buena onda”, dice Mosty.

El reggaetón es hoy un sonido global cantado en español y de identidad latina que, como dice Mariangela Rubbini, directora de la revista Shock, ha superado fronteras porque “J Balvin se preocupó por trascender en el género y se asumió en un contexto global, con sonidos del mundo y una producción impecable”. El reggaetón colombiano es el nuevo estandarte del pop internacional y ocupa los primeros lugares en plataformas como Spotify, donde lidera los tops globales, y en la que J Balvin es, al cierre de esta edición, el segundo artista más escuchado en el planeta después de Drake, con más de cincuenta millones de oyentes al mes. No es coincidencia que artistas como Shakira o Carlos Vives estén volcando su sonido hacia el género urbano para seguir siendo vigentes; tampoco que estrellas anglosajonas como Beyoncé, Pharrell o Justin Bieber se hayan animado a cantar en español. Precisamente J Balvin ha expresado siempre el deseo de llevar la bandera de la lengua en su música. De Medellín hacia el mundo, una apuesta musical que ya es una realidad y está redefiniendo el mainstream desde la identidad latina.

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*Periodista freelance


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