"Yo no vivo para contarlo, sino que cuento". Una reflexión de Marta Sanz
Publicado: 22/08/2018
Por Marta Sanz*

"Yo no vivo para contarlo, sino que cuento". Una reflexión de Marta Sanz

Solo cuando las marcas en el cuerpo empezaron a revelar el paso del tiempo, la escritora Marta Sanz descubrió la memoria. Entonces escribió 'Lección de anatomía', una novela de aprendizaje sobre el cuerpo, en que emerge además una nueva conciencia de la absoluta parcialidad de los propios recuerdos.

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Cuando comencé a escribir, no pensaba en la memoria para nada. Era joven. Estaba viva. Tenía granitos y pecas que me valían el sobrenombre de El Guerrero del Antifaz. Pensaba en el amor, la venganza, la amistad, las injusticias sociales. La juventud es muy necesaria para no convertir la vida en un museo o en una catedral. Yo no pensaba en la memoria tal vez porque la memoria es lo que se da por supuesto. La memoria es el relato, y sin relato, no hay memoria. Es el lugar donde lo mío y lo de todos confluyen, y en el que se funden el pasado y el presente para hacer hipótesis sobre lo que será el futuro.

La memoria es la memoria de la piel y de los movimientos que se repiten hasta que una parte del cuerpo se alarga o desaparece. Los pulgares de las manos de los adolescentes y los cada día más tímidos pulgares de los pies. Los pulgares de los pies son tortugas muy tímidas que esconden la cabeza y quizá esas mismas tortugas se agazapan en la parte más turbulenta de mi cerebro reptiliano. En lo que aún queda en mí de las especies anfibias y voladoras. De los depredadores y de otros animales cazados que sintieron, un día, mucho miedo.

Pero yo no sabía nada de esto cuando empecé a escribir. Entonces solo me interesaban los amores fríos, o los panes y los peces –los penes y las paces– que me habían ido robando a lo largo de la vida. Luego me fijé en que, sobre la piel, me salían lunares, estrías, máculas, constelaciones venosas que brotan de las partes abisales de la anatomía. Las pecas de siempre adoptaban la forma de medialunas o frutas, y esa mutación me llevó a tomar conciencia del paso de mi tiempo y del paso de nuestro tiempo. Ambos trenzados. Entonces vi casi con total claridad que el cuerpo era un texto de grafías y cicatrices. Queloides. Puntos de sutura. Arrugas de expresión. Heridas cicatrizadas y abiertas. El trauma de lo vivido y el de lo que se hubiese querido vivir y no se pudo.

Había cumplido cuarenta años y escribí La lección de anatomía. La memoria era un músculo. Mientras escribía estaba practicando un tipo de gimnasia que hipertrofiaba –más, más y más– mi memoria hasta transformarla en la masa gelatinosa e informe de un invertebrado submarino. Mis recuerdos se parecían a fogonazos sensoriales o dilataciones voluntarias de algún momento incomprensible, doloroso –siempre está ese gusto tenso por hacernos daño levantando la costra de la heridita una, dos, tres veces– o feliz. Feliz por ido. Por ausente. Por muerto. La felicidad siempre se nos presenta en una especie de versión momificada contra la que me rebelo. Me hace desconfiar de la nostalgia.

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Al escribir La lección de anatomía, también llevé a cabo el descubrimiento terrible de que no hay nada menos personal que nuestra memoria: nuestra memoria es una plaza pública en la que cada uno toma la palabra para aportar un matiz que puede desbaratar todas nuestras ilusiones o nuestros pilares más sólidos. Llegué a la tierna y violenta y simultánea conclusión de que no existía el día de mi nacimiento, sino el día del parto de mi madre. Reflexioné sobre los interruptores del recuerdo y decidí apagarlos cuando creí entender algunas cosas que hasta ese instante habían estado ocultas por la nebulosa, más o menos tupida –o estúpida– de un bosque otoñal.

Cerré un capítulo y seguí revolcándome en la memoria del presente o de un pasado muy próximo porque nunca he tenido la sensación de escribir textos históricos –nunca me he retrotraído tanto en el tiempo ni en el espacio, no he operado con los instrumentos del exotismo–, sino de estar construyendo en paralelo mi identidad, mi cuerpo y el mundo en que vivía. Aprendí esta pequeña lección cuando escribí Daniela Astor y la caja negra: la pubertad del personaje principal de esta historia era la metáfora de la pubertad de mi país durante la Transición. Esperanza y una punta de miedo por lo que se nos avecinaba, que no es exactamente lo mismo que lo que se nos venía encima. La memoria de mi cuerpo y la imagen que yo aspiraba a tener de mí misma no encajaban perfectamente. De esa disonancia triste tenían la culpa los cuerpos troquelados de otras mujeres y los grandes mitos de la publicidad. Dentro de mis retinas, pechos grandes que no eran los míos, ojos almendrados, bocas rojas. Nada, nada me pertenecía a mí.

Luego mi padre se puso enfermo y se recuperó. Escribí un poemario titulado Vintage, en el que volví a expresar mi desconfianza respecto a la nostalgia, que es un velo que todo lo dulcifica y siempre transforma el pasado en un territorio agradable. También hablé allí de la perversidad de los olvidos y de cómo transformamos el pasado en mercancía, lo viejo en vintage, como procedimiento siniestro para desactivarlo. Por primera vez, aparecieron en esos versos los niños perdidos, los muertos de cuneta, la memoria trágica de nuestra historia reciente. Todos los que no pudieron crecer y se metamorfosearon en tierra, raíz o machacada concha de molusco. La memoria se imprime en nuestro ADN y en nuestra geografía. El cuerpo se agazapa en el paisaje. Lo conforma. Solo las mejores vigías conseguimos encontrar la flor azul en mitad del campo de amapolas.

A mí me gustaría tener la capacidad de recordarlo todo, aunque me volviese loca. La caja de los hilos de mi abuela. Mis braguitas de perlé. Las medicinas inyectables. Las noches de fiebre. Los abrazos. Las cartas recibidas. Las marcas del pupitre de la escuela. Todos los libros y el apellido de los directores de cine. La espuma de cada cerveza rubia. Las caras de mis alumnas –y las de mis alumnos, también–. La memoria perfecta, el oído perfecto, la hiperestesia como fuente del terror. Las enfermedades de la literatura. Me gustaría no olvidar jamás el nombre de los seres amados y el significado de los verbos. Yo no vivo para contarlo, sino que cuento, es decir, hago memoria –la selecciono, me apropio de la ajena, la mezclo, la congelo, la resucito, la domestico, le doy aliento– para poder vivir.

* Escritora y profesora madrileña. Autora de las novelas Los mejores tiempos (Premio Ojo Crítico 2001), Animales domésticos, Susana y los viejos (finalista del Nadal en 2006), entre otros libros. En 2007 recibió el Premio Mario Vargas Llosa NH de Relatos.


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