Radio Reality: la radio en el siglo XXI
Publicado: 22/08/2018
Por Lucas Ospina*

Radio Reality: la radio en el siglo XXI

Con la transmisión en directo de la puesta en escena radial en los canales de YouTube y Facebook Live, la radio se ha vuelto más amarillista, más oportunista. Se ha vuelto un Radio Reality.

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Abelardo de la Espriella:

“Vi, por cierto, el rating,

y está fantástico,

esto es histórico, y te felicito”. 

Vicky Dávila:

“Muchas gracias”.

I. La guerra de los mundos

El 12 de febrero de 1949 a las nueve de la noche los marcianos aterrizaron en Quito. La capital de Ecuador era una ciudad con menos de 250.000 habitantes y, en una época anterior a la televisión, la radio dominaba el flujo informativo alternando programas de música, radionovelas y noticias para una audiencia, en muchos casos, analfabeta. Una de las emisoras más populares era Radio Quito, del conglomerado periodístico de la empresa El Comercio, que en una emisión nocturna, sin aviso previo, interrumpió una canción para anunciar, en una narración entrecortada por el nerviosismo y la estática radial, que, luego de atacar a una población cercana, un ejército alienígena “en forma de nube negra” se dirigía a Quito. En la transmisión, el ministro del Interior y el alcalde pedían a los ciudadanos mantener la calma y “organizar la defensa y evacuación de la ciudad”. Un cura, en medio del sonido de campanas, imploraba el auxilio divino para contrarrestar la invasión celestial. 

Unos cuantos miles de personas, muchas de ellas en piyama, corrieron en pánico por las calles de Quito. Algunos buscaron refugio en iglesias y, seguros de que se acercaba el fin del mundo, confesaron en público y a viva voz, ante sus vecinos y familiares, sus muchos pecados en ceremonias masivas de reconciliación expresa con el más allá. El ruido del tráfico, sirenas, gritos y susurros llegó hasta las cabinas de emisión de Radio Quito. Ahí, un grupo de voces estelares de la emisora intentaba radiotransmitir un nuevo mensaje implorando el retorno a la calma: el programa de radio era ficción, un simulacro de otro simulacro anterior hecho en Estados Unidos en 1938 por un joven director de cine, Orson Welles, que había adaptado y emitido en una función de radioteatro una versión actualizada de la novela La guerra de los mundos, de H. G. Wells. En esa historia de ciencia ficción, la tierra es devastada por una fuerza bélica de otro planeta. El miedo de los quiteños se transformó en indignación, en ira, en odio. Fue una gran catarsis a las muchas invasiones anteriores de otros países, tomas políticas, retomas militares, o a la incesante corrupción, sumada al clima malsano de morronguería clerical.

Una turba usó el papel periódico para prenderle fuego al edificio de El Comercio. Algunos empleados de la casa editorial lograron escapar por una puerta trasera, otros huyeron a los pisos altos de la edificación, unos llamaron a la policía y al ejército para que los defendieran, solo para darse cuenta de que gran parte de las fuerzas armadas había sido desplegada en los extramuros de la ciudad para contener a los invasores imaginarios. Cuando llegaron las autoridades y los bomberos, ya era tarde. El edificio estaba en llamas. El reporte de muertos varía, pasa de seis, a una docena y algunas versiones hablan de veinte personas que perecieron en la combustión, algunos de ellos, operarios de máquinas y aseadores en puestos humildes dentro del conglomerado mediático.

Al día siguiente no hubo periódico El Comercio ni emisión radial. Leonardo Páez, director de arte, y Eduardo Alcaraz, director dramático de Radio Quito, pasaron de la promesa de la fama que les traería el haber inventado algo histórico en los medios, al cadalso de la infamia; ambos fueron enjuiciados. El diario volvió a circular, El Comercio se recuperó, reconstruyó su edificio, Radio Quito siguió como emisora y, en 1980, cuando el conglomerado mediático celebró sus cuarenta años de existencia, no le dedicó una sola línea al recuerdo de La guerra de los mundos.

II. ¿Quién oye?

En estos grandes tiempos y por estas latitudes, el paisaje de la radio sigue cambiado. Ya no son necesarios los platillos voladores –los marcianos nos han abandonado–, y recuentos como el de los alienígenas que aterrizaron en Quito nos parecen relatos de una prehistoria radial cándida llena de supercherías. Nosotros, personas tan informadas, tan al día, tan actualizadas, con teléfonos tan inteligentes, contamos con muchas más herramientas y mejor educación para la comprensión de lo real. Nuestra formación digital está a la par de nuestra capacidad interpretativa, ¿cierto?

La mutación digital ha surtido un efecto en la radio: la transmisión en directo de la puesta en escena radial en los canales de YouTube y Facebook Live, la emisión entretejida con la interacción vía Twitter a punta de numerales, glosas y memes, el adorno con coloridas bandadas de emoticones que surcan la ventana virtual y, en paralelo, las decenas, cientos y miles de usuarios que comentan en muros y fan pages. Este ecosistema de artilugios produce tal ebriedad de información que tenemos la sensación de estar ante una obra periodística total. Esta transmisión masiva de datos, en su formato hipermedial, parece ser un mecanismo capaz de comprender la complejidad del mundo. Pero ante este apogeo de las cámaras, de eco de las redes sociales, ¿quién oye? ¿Quién lee? ¿Quién ve? ¿Quién sabe contar y tener en cuenta? Cambia el envase, sí, pero ¿qué le pasa al contenido ante estas fuerzas centrífugas que concentran y dispersan a la vez?

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La transmisión en video desde las cabinas radiales, dada la estrechez, la luz casual y el encierro, luce algo rudimentaria, pero esa misma precariedad es la que transmite cierta autenticidad: un decorado necesario en esta época de noticias falsas, un escenario de presumible veracidad. En este nuevo panóptico, el espectador imagina ser un hacker, un dios creador que ve lo que no fue hecho para ser visible: varias cámaras diminutas con gran angular capturan a los personajes desmaquillados de la cintura para arriba y un editor oculto pulsa botones para emular la multitoma de un videojuego de guerra: ver quién dispara la ráfaga de palabras y las reacciones y gestos de los que reciben. Todo un reality de la verdad. El set de grabación de la casa editorial es ahora una casa estudio, un comando de visibilidad e interacción en sintonía con esta época en la que día y noche hay que alimentar la celebridad de un avatar virtual que hace presencia en redes y donde la selfie es el pasaporte para la fama y la infamia.

En la más reciente época preelectoral, varios programas de base radial encontraron en el candidato Gustavo Petro el esparrin perfecto para ejercitarse en el maridaje de este nuevo género de la “entrevista radial hipermedial corporativa”. En lo mediático los entrevistadores pasaron la prueba: Luis Carlos Vélez de La FM, Néstor Morales de Blue Radio, Darío Arismendi y Diana Calderón de Caracol sumaron miles de vistas en redes sociales. Sus entrevistas fueron compartidas, comentadas, reeditadas y mostraron cómo el nicho radial podía ser dúctil para fidelizar, censar y vender audiencias por vía de big data y algoritmos. En lo periodístico, sin embargo, son entrevistas que ya forman parte de una antología del periodismo que es usada en varias cátedras universitarias para enseñarles a los jóvenes estudiantes cómo, en teoría, no se debe ejercer el periodismo y cómo, en la práctica, se ejerce. 

En su columna de opinión “El periodismo, ¿el gran perdedor de las elecciones?”, el periodista Jorge Eduardo Espinosa hace algo inusual, periodismo del periodismo, y ejerce la autocrítica ante la pauta racista de sus colegas que propagaban la alerta ante una inminente y cuasimarciana invasión castrochavista que traería el triunfo de Petro: “El candidato favorito del establecimiento, incluyendo buena parte de la clase política tradicional, era Iván Duque. Por tanto, fue Gustavo Petro la víctima permanente de un cubrimiento injusto, sesgado y deshonesto […]. Cuando un periodista muy mediático, es decir, que tiene muchos seguidores en sus redes o tiene audiencia amplia, muestra un evidente doble rasero y un sesgo en sus opiniones y cuestionamientos, la conclusión inmediata puede ser que el periodismo, todo, está en contra de un determinado candidato. Esa visibilidad de uno (o varios) periodistas tiene mayor impacto en la crítica que, pongamos, los reportajes, crónicas y entrevistas que se publican cada semana sobre esos mismos asuntos. […]. Así, en muchas de las críticas al periodismo nacional en estas elecciones, se citan como ejemplos incontrovertibles del desastre algunas entrevistas radiales a Gustavo Petro”.

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El ejercicio de oír la emisión del jueves 19 de julio del programa radial Vicky en la W puede ser un experimento ejemplar para purgar el contenido, dejar de lado la parafernalia gestual y ver qué tanto le suma al diálogo tanta visualidad, mediación e interacción.

El director de cine Lisandro Duque, en su columna en el periódico El Espectador, opinó sobre esta puesta en escena: “Ya clasifica, sobrado de méritos, el programa Vicky en la W para ser la réplica fiel de un espacio de hace algunos años de la televisión peruana, llamado ‘Laura en América’, animado por una señora Laura Bozzo. El formato de ‘Laura de América’ era enfrentar a personas muy básicas que se despellejaban por adulterios que se iban revelando durante el programa, o por incestos inesperados, o por robos entre vecinos de inquilinato, y demás anécdotas que quizá son universales en cualquier clase social, pero que doña Laura se permitía mostrar –desde su distinción de mujer rubia– como exclusivas de la miseria popular de los cholos peruanos que se dejaban invitar a su programa […]. Ya está maduro, pues, ese programa, para llamarse “Vicky de América”, y contar con una audiencia insaciable de la violencia verbal que el pasado jueves estuvo a punto de ser física e, incluso, sangrienta”.

La transmisión, bajo el logo de La W, anunciaba así, en el esperanto digital de numerales y letras altas y bajas, lo que venía: “Sigamos en: youtube / Wradio / Facebook W radio Colombia” “#EnLaWFarcCongresistas”, “Abelardo de la Espriella y Ariel Ávila”, “#VickyDávilaEnLaW”.

El programa comenzó con un largo monólogo del abogado Abelardo de La Espriella, que se paró en la palabra como juez y parte y mostró un histrionismo –a veces altisonante, otras veces cancilleresco– que seguro le ha traído muchos triunfos dentro del nuevo sistema penal acusatorio. Las pocas intervenciones de Vicky Dávila, con la hermosa tesitura de su solemne vozarrón, estaban dirigidas más a posicionar su franquicia de Radio Reality que a moderar el rifirrafe: “Hay 2034 conectadas a esta hora, nos pueden seguir a través de nuestra página www.wradio.com.co, en nuestra Facebook Live y recuerden que nuestro hashtag es #enlaWFarcCongresistas”.

El programa continuó igual por media hora hasta coronar en la hipérbole de los últimos minutos. Vicky Dávila amenazó varias veces a los ilustrados señores con irse a comerciales si el ritmo de batalla seguía, pero nunca lo hizo. Después de todo, la audiencia estaba ahí y aumentaba a medida que escalaba esta guerra entre el mundo fachendoso del abogado y el mundo dateado del analista y profesor. Al cierre del programa la alharaca de un canon tripartito de voces salido del teatro del absurdo de la política logró su momento anticlimático. Luego de tanta alharaca, tal vez el ejercicio de transcribir en bruto fragmentos de lo que se oye muestre que aquí, por fuera del ruido y oropel de las redes –y de la bulla buchipluma de uno y la paciencia y pulla del otro–, no pasó nada. Solo pura comunicación de la comunicabilidad, una sofisticada sofistería:

Abelardo de la Espriella (ADLE): ¡Farsante! ¡Vuelve a decir otra cosa de esas y tendrás que verte conmigo aquí cuando salgamos, como hombre!

Ariel Ávila (AA): Él solo sirve para gritar…

ADLE: ¡No te acepto eso! ¡Miserable!

AA: Yo no he dicho una sola palabra grosera acerca del señor abogado. Él me ha dicho imbécil, minimí…

ADLE: ¡Lo eres, lo eres!

AA: Mira Vicky…

ADLE: ¡Eunuco mental! ¡Eso es lo que eres tú!

AA: Eso es lo que pasa…

ADLE:: ¡Forúnculo!

AA: Eso es, le hacen una comparación como cuando uno juega ajedrez; cuando uno juega ajedrez con alguien que sabe menos de uno, uno pierde el juego…

ADLE:: ¿Tú sabes jugar ajedrez? 

AA: Toca rebajarme…

ADLE: Si quiera, pongo en duda que sepas jugar ajedrez, vamos a echarnos un partidito a ver si tú juegas ajedrez…

Vicky Dávila (VD): Y a mí me da pena

con los oyentes…

AA: Toca rebajarme, que es un grosero, Vicky. 

VD: Me excusan…

AA: He estado totalmente tranquilo.

[…]

VD: Nuestros oyentes, mil gracias por la compañía… 

[…]

VD: Aquí, no, aquí no vamos a apoyar…

ADLE: ¿Cómo dices eso?

VD: Ni la delincuencia de la guerrilla ni tampoco la delincuencia de los paramilitares. 

ADLE: ¿Cómo te atreves a señalar eso?

VD: Aquí no defendemos nada… 

AA: Yo no le he dicho una sola grosería…

VD: Nada que tenga que ver con los

grupos armados…

ADLE: ¡No, pero perdóname, tú me estás haciendo acusaciones y cuentas en celofán! O, ¿crees que no tengo la inteligencia para entenderlo?

VD: Vamos a ir a una pausa, porque esto, ustedes no tienen por qué ver esto. Excúsennos, por favor, nos vamos a comerciales.

ADLE: ¡Cómo vas a decir…!

fin de la emisión (aunque circula un video de la trasescena, donde el abogado y uno de sus guardaespaldas, al parecer, le raponearon el celular al profesor y analista).

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III. El periodismo como creador de la guerra

El escritor austriaco Karl Kraus, testigo presencial del surgimiento del nacionalsocialismo en Europa a través de su revista La Antorcha, decía sobre el periodismo de su época: “El nacionalsocialismo no aniquiló a la prensa, sino la prensa creó el nacionalsocialismo. Aparentemente solo como reacción, en verdad como realización. Por encima de toda pregunta por la patraña con la que ella nutre a la masa, ellos son periodistas. Editorialistas que escriben con sangre; charlatanes de la acción. Trogloditas, por cierto, que se han instalado en la cueva en la que la palabra impresa legó la fantasía a la humanidad”.

Rafael Gutiérrez Girardot, en su ensayo sobre Kraus, señala con claridad lo siguiente: “La relación causal entre prensa y nacionalsocialismo puede parecer exagerada y dejar de lado muchos otros factores sociales, históricos y culturales. Pero si se recorre la revista de Kraus se comprenderá esta condena. Lo que Kraus hace blanco de su sátira son la glorificación oportunista, la trivialización de inmoralidades, el ejercicio de la pereza mental, los valores falsos y la fatuidad que determinaron las sociedades alemana y austriaca que incubaron el nacionalsocialismo […]. Kraus menciona excepciones que no merecen esa condena. Pero ellas no afectan la esencia de su intelección: la prensa, los periódicos, los periodistas responsables de la ‘decadencia’ de la humanidad, porque ellos han pervertido el lenguaje y al hacerlo han socavado el acceso a la realidad y a la verdad, que es el lenguaje”.

PD: quien de verdad quiera un cóctel novedoso de buen periodismo radial, entre y sírvase en radioambulante.org

*Profesor de la Universidad de los Andes


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