Un instante de gracia: el poeta Horacio Benavides reflexiona sobre la memoria y el olvido
Publicado: 12/09/2018
Por Horacio Benavides*

Un instante de gracia: el poeta Horacio Benavides reflexiona sobre la memoria y el olvido

El olvido puede ser aquello a lo que fueron condenados pueblos enteros; también algo que a veces necesitamos. Pero la resurrección de algún recuerdo en medio del olvido puede ser un aliento de vida para el poema.

Tuve de niño un gran afecto por los perros. Alguna vez, un profesor en la escuela, hablando de los aztecas, nos dijo que estos habían tenido unos perros mudos, que desaparecieron porque los indios se los comían. ¿Un perro mudo? ¿Qué animal era ese? Fue un golpe duro, no podía concebir una sociedad sin perro. Hace unos años, en México, conversando con una pareja de escritores, les pregunté por los extinguidos perros mudos. Me enteré entonces de que aún existían y, lo que era mejor, tenían uno en su casa. Me invitaron a conocerlo. Cuando nos acercábamos, Helena me dijo: “Ese que oyes ladrar es Xólotl, el perro azteca”. El animal nos recibió entre retozos. Era de tamaño mediano, esbelto y sin un pelo en el cuerpo; su piel, negra y pulida como la de un cuero de vaca labrado. Dije sin un pelo, pero tenía un mechón dorado en la frente. Durante media hora no se apartó de mi lado, me latía, me mordía entre mentira y cierto, como reclamándome por el largo olvido. Era el perro que guardaba el palacio de Moctezuma y las casas de los aztecas. Volví a vivir 500 años atrás.

Siendo joven descubrí, en el Museo del Oro de Bogotá, la finura de espíritu de mis tatarabuelos salvajes. En San Agustín, entre las estatuas de piedra de una sociedad perdida, vi las cabezas de los jaguares, que son las mismas de los jaguares mayas. Hace unos años, en Oaxaca, subí a las ruinas indias de Monte Albán, al cerro recortado por mano de los antiguos habitantes de la región, a la gran plaza rodeada de edificios de piedra, e imaginé el esplendor pasado. Estuve en el centro de Ciudad de México, en el Templo Mayor, lugar donde Tenochtitlan, la ciudad hundida, se niega a desaparecer; en Teotihuacán, entre las pirámides del sol y de la luna, y me pregunté: ¿por qué todo esto nos fue negado?

Cuando unos pueblos son sometidos por otros, pensemos en el caso de América, el conquistador busca borrar la memoria del so- metido, destruir su cultura, crear olvido. Esto se hace con la violencia y con maneras menos cruentas, desde quemarles la lengua a los nativos hasta rebajar los idiomas indígenas: los que estos hablan ya no son idiomas, sino dialectos. Aún hoy en Colombia se hace burla de la forma de hablar de los hombres del sur, simplemente porque en su tonalidad se esconde un idioma nativo. Rebajar las manifestaciones culturales del sometido ha sido común en muchas partes del mundo. Nos recuerda Robert Graves que un pueblo de Oriente Medio tenía como divinidad el asno, que fue sometido y ridiculizado por el conquistador, quien lo volvió estúpido, burro, y hasta nosotros ha llegado en esta condición.

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Al olvido fueron condenados los hombres venidos de África. Se cuenta que los esclavos, sacados de diferentes regiones, eran mezclados para que no se entendieran, creando una nueva Babel en la que la memoria se perdiera. Desnudos llegaron a América. Por fortuna no todo pudo ser borrado. La música, los bailes, venían en su sangre; los sonidos de los idiomas africanos aún se oyen bajo las palabras del castellano.

Podrá decir alguien que son acontecimientos pasados, que es de resentidos volver sobre ellos. Creemos, sin embargo, que es necesario hacer memoria. La inmensa mayoría de los colombianos somos mestizos, una parte de nuestra sangre es india y negra; y si no lo fuera, somos culturalmente mestizos, hemos respirado su mismo aire, bailado su música, comido sus alimentos. Esta parte de nuestras raíces fue violentada y ultrajada. Por ello, para que descansen en paz nuestros abuelos es necesario reconocer sus culturas, volver sobre sus idiomas, desenterrar sus dioses. Tal reconocimiento les daría un piso a nuestras vidas.

Hablando de poesía, el olvido cumple un papel diferente. Para empezar, siempre se ha creído que el olvido es un borrón, una página en blanco; los que hemos tenido la experiencia de la escritura, sabemos que el olvido tiene la animación suspendida, como un capullo de mariposa. Si fijamos la mirada en la niñez, las experiencias poco a poco se van sumergiendo, pasan a vivir una especie de sueño y, transcurridos los años, despiertan, reaparecen con brillos del otro mundo. A ese regreso el poeta cubano Lezama Lima le llama “resurrección”. El enamorado vive un momento de esplendor, ese otro que lo causa viene en parte del pasado, es de alguna manera un fantasma: “Yo que ahora te veo/ un día lejano te vi/ esta alegría que siento/ creo ya la padecí”. Tal resurrección puede ser un instante de gracia para el poema. Si pensamos en el caso colombiano, en los muchos años que llevamos matándonos, tal vez sea demasiado pronto para que resurjan como una epifanía. La llamada Violencia, la de los años cincuenta, ya resurgió, y de qué forma, en Cien años de soledad, como un tren largo y silencioso cargado de muertos. La guerra reciente, la de los retenidos pudriéndose en la selva, los descuartizados con motosierras, los muertos descendiendo por los ríos, tal vez necesite dormir un tiempo en nosotros. “De esos muertos jóvenes asciende un rumor hacia ti”, dice Rilke.

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* Poeta caucano. En 2013 recibió el Premio Nacional de Poesía del ministerio de Cultura por su libro La serena hierba. En Conversación a oscuras, Benavides aborda el dolor de las víctimas del conflicto colombiano.


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