Las chicas del parque
Publicado: 27/11/2018
Por Camila Sosa Villada*

Las chicas del parque

Travestis pájaros, travestis lobas, travestis hechiceras, travestis de 178 años: un poco de magia donde el mundo solo pone desesperación y miseria. Una historia trans en Córdoba, Argentina.

Este artículo forma parte de la edición 158 de ARCADIA. Haga clic aquí para leer todo el contenido de la revista.

A Claudia Huergo y Carlos Quinteros

Es profunda la noche: hiela sobre el parque. Árboles muy antiguos, que acaban de perder sus hojas, parecen suplicar al cielo algo indescifrable pero vital para la vegetación. Un grupo de travestis hace su ronda. Van amparadas por la arboleda. Parecen parte de un mismo organismo, células de un mismo animal. Se mueven así, como si fueran manada. Los clientes pasan en sus automóviles, disminuyen la velocidad al ver al grupo y, de entre todas las travestis, eligen a una que llaman con un gesto. La elegida acude al llamado. Así es noche tras noche.

El Parque Sarmiento se encuentra en el corazón de la ciudad. Un gran pulmón verde, con un zoológico y un parque de diversiones. Por las noches se torna salvaje. Las travestis esperan bajo las ramas o delante de los automóviles, pasean su hechizo por la boca del lobo, frente a la estatua del Dante, la histórica estatua que da nombre a esa avenida. Las travestis trepan cada noche desde ese infierno del que nadie escribe, para devolver la primavera al mundo.

Con este grupo de travestis también está una embarazada, la única nacida mujer de todo el grupo. Las demás, las travestis, se han transformado a sí mismas para serlo. En la comarca de travestis del parque, ella es la diferente, esa mujer embarazada que repite desde siempre el mismo chiste: tomar por sorpresa la entrepierna de las travestis. Ahora mismo lo hace y todas ríen a carcajadas.

El frío no detiene la caravana de travestis. Una petaca de whisky va de mano en mano, papeles de cocaína visitan una a una todas las narices, algunas enormes y naturales, otras pequeñas y operadas. Lo que la naturaleza no te da, el infierno te lo presta. Ahí, en ese parque contiguo al centro de la ciudad, el cuerpo de las travestis toma prestado del infierno la sustancia de su hechizo.

La Tía Encarna participa del aquelarre con un entusiasmo feroz. Está exultante después de la merca. Se sabe eterna, se sabe invulnerable como un antiguo ídolo de piedra. Pero algo que viene de la noche y del frío convoca su atención, la separa de sus amigas. Desde la espesura algo la llama. Entre las risas y el whisky que viene y que va de una boca pintada a otra, entre los bocinazos de los que pasan buscando un turno de felicidad con las travestis, La Tía Encarna distingue un sonido de otra procedencia, emitido por algo o alguien que no es como el resto de las personas que aquí vemos.

Las otras travestis siguen la ronda sin prestar atención a los movimientos de Encarna. Anda desmemoriada La Tía, cuenta una y otra vez las mismas viejas anécdotas. Las cosas más recientes y cercanas no tienen lugar en su memoria. Llega un momento de la vida en que ningún recuerdo está a salvo. Desde entonces anota todo en cuadernitos, pega notas en la puerta de la heladera como una manera de ganarle al olvido. Algunas piensan que está volviéndose loca, otras creen que ha dejado de recordar por cansancio. Muchos golpes ha padecido La Tía Encarna, botines de policías y de clientes han jugado al fútbol con su cabeza y también con sus riñones. Los golpes en los riñones la hacen orinar sangre. De manera que nadie se inquieta cuando se va, cuando las deja, cuando responde a la sirena de su destino.

Se aleja un poco desorientada, hostigada por los zapatos de acrílico que a sus ciento setenta y ocho años se sienten como una cama de clavos. Camina con dificultad por la tierra seca y el yuyal bravo que crece al descuido, cruza la Avenida del Dante como un silbido hacia la zona del parque donde hay espinas y barrancas y una cueva donde las maricas van a darse besos y consuelo y que han apodado La Cueva del Oso. A unos metros está el Hospital Rawson, el hospital que se encarga de las infecciones: nuestro segundo hogar.

Zanjas, abismos, arbustos que lastiman, borrachos masturbándose. Mientras La Tía Encarna se pierde entre los matorrales, comienza a suceder la magia. Las putas, las parejas calientes, los levantes fortuitos, aquellos que logran encontrarse en ese bosque improvisado, todos dan y reciben placer dentro de los autos estacionados a la bartola, o echados entre los yuyos, o de pie contra los árboles. A esa hora, el parque es como un vientre de gozo, un recipiente de sexo sin vergüenza. No se distingue de dónde provienen las caricias ni los lengüetazos. A esa hora, en ese lugar, las parejas están cogiendo.

Pero La Tía Encarna persigue algo así como un sonido o un perfume. Nunca es posible saberlo cuando se la ve ir detrás de algo. Paulatinamente eso que la ha convocado se revela: es el llanto de un bebé. La Tía Encarna tantea en el aire con los zapatos en la mano, enterrándose en la inclemencia del terreno para verlo con sus propios ojos.

Mucha hambre y mucha sed. Eso se siente en el clamor del bebé y es la causa de la tribulación de La Tía Encarna, que se adentra en el bosque con desesperación porque sabe que en algún lugar hay un niño que sufre. Y en el parque es invierno y la helada es tan fuerte que congela las lágrimas.

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Encarna se acerca a las canaletas donde se esconden las putas cuando ven acercarse las luces de la policía y por fin lo encuentra. Unas ramas espinosas cubren al niño. Llora con desesperación, el Parque parece llorar con él. La Tía Encarna se pone muy nerviosa, todo el terror del mundo se le prende a la garganta en ese momento.

El niño está envuelto en una campera de adulto, una campera inflable verde. Parece una lora con la cabeza calva. Cuando intenta sacarlo de su tumba de ramas se clava espinas en las manos y las pinchaduras comienzan a sangrar, tiñen las mangas de su blusa. Parece una partera metiendo las manos dentro de la yegua para extraer al potrillo. No siente dolor, no repara en los cortes que le hacen esas espinas. Continúa apartando ramas y finalmente rescata al niño que aúlla en la noche. Está cagado entero. El olor es insoportable.

Entre las arcadas y la sangre, La Tía Encarna lo sujeta contra el pecho y comienza a llamar a los gritos a sus amigas. Sus gritos deben viajar hasta el otro lado de la avenida. Es difícil que la escuchen.

Pero las travestis perras del Parque Sarmiento de la ciudad de Córdoba escuchan mucho más que cualquier vulgar humano. Escuchan el llamado de La Tía Encarna porque huelen el miedo en el aire. Y se ponen alerta: la piel de gallina, los pelos erizados, las branquias abiertas, las fauces en tensión.

—¡Travestis del parque! ¡Vengan! ¡Vengan que he encontrado algo! —grita.

Un niño de unos tres meses abandonado en el Parque. Cubierto con ramas, dispuesto así para que la muerte hiciera con él lo que quisiera. Incluso los perros y los gatos salvajes que viven ahí: en todas partes del mundo los niños son un banquete.

Las travestis se acercan con curiosidad, parecen una invasión de zombies acercándose hambrientas a la mujer con el bebé en brazos. Una se lleva las manos a la boca, unas manos tan grandes que podrían cubrir el sol entero. Otra exclama que el niño es precioso, una joya. Otra inmediatamente se vuelve sobre sus pasos y dice:

—Yo no tengo nada que ver, yo no vi nada.

—Así son —responde otra, queriendo decir: así son estos putos bigotudos cuando el zapato aprieta.

—Vamos a tener que llamar a la policía —dice una.

—¡No! —grita Tía Encarna—. ¡A la policía no! No se puede llevar a un niño con la policía. ¡No hay castigo peor!

—Pero es que no lo podemos tener —argumenta una voz que apela a la razón.

—El niño se queda conmigo. Se va a casa con nosotras.

—¿Pero cómo lo vas a llevar, si está todo cagado y lleno de sangre?

—Adentro de la cartera. Cabe entero.

Ilustración: Margarita García

Las travestis caminan desde el Parque hasta la zona de la terminal de ómnibus con una velocidad sorprendente. Son una caravana de gatas, apuradas por las circunstancias, con la cabeza muy baja, ese gesto que las vuelve invisibles. Van a la casa de La Tía Encarna, la pensión más maricona del mundo, que a tantas travestis ha acogido, escondido, protegido, asilado en momentos de desesperanza. Van ahí porque saben que no se podría estar más a salvo en ningún otro lugar. Llevan al niño en una cartera.

Una de ellas, la más joven, se anima a decir en voz alta lo que todas se han comunicado ya con el pensamiento:

—Está frío para dormir en el calabozo.

—¿Qué decís? —pregunta La Tía Encarna.

—Nada, eso: que está frío para dormir en el calabozo. Y más por secuestrar a un bebé.

Yo voy muerta de miedo. Camino detrás de ellas casi corriendo. La visión del niño me ha vaciado por dentro. Es como si de repente no tuviera órganos ni sangre, ni huesos ni músculos. En parte es el pánico y en parte la determinación, dos asuntos que no siempre van de la mano. Las chicas están nerviosas, de sus bocas salen vapor y suspiros de miedo.

Ruegan a todos los santos que el niño no despierte, que no llore, que no grite como gritaba hace un momento en el parque, como un chancho en el matadero. Se cruzan en el camino con autos conducidos por borrachos que les gritan barbaridades, patrulleros que bajan la velocidad al verlas, estudiantes trasnochados que salen a comprar cigarrillos.

Tan solo con agachar la cabeza las travestis logran el don de la transparencia que les ha sido dado en el momento de su bautismo. Van como si meditaran y reprimieran el miedo a ser descubiertas. Porque, ¡ah!, hay que ser travesti y llevar un recién nacido ensangrentado adentro de una cartera para saber lo que es el miedo.

Llegan a la casa de La Tía Encarna. Un caserón de dos plantas pintado de rosa que parece abandonado y las recibe con los brazos abiertos. Entran por un pasillo sin decorar y van directamente al patio, rodeado de puertas de vidrio por las que asoman rostros de travestis con muchísima curiosidad en la mirada. De las habitaciones de arriba llega una voz en falsete que canta una triste canción que se extingue con el alboroto. Una de las muchachas prepara un fuentón, otra corre a la farmacia de turno por pañales y leche en polvo para recién nacidos, otra busca sábanas y toallas limpias, otra enciende un porro. La Tía Encarna le habla al niño en voz muy baja, inicia la letanía, le canta bajito, lo embruja para que deje de llorar. Desnuda al niño, se quita ella también el vestido cagado y así, medio desnuda junto a sus amigas, lo bañan sobre la mesa de la cocina.

Algunas se atreven a bromear, a pesar de estar con el culo fruncido, como quien dice, por ese delirio de llevarse al niño con ellas. De rescatarlo y quedárselo como una mascota. Comienzan a preguntarse cómo se llamará, de dónde habrá salido, quién habrá sido la mala madre que lo abandonó en el parque. Una se atreve a decir que, si la madre tuvo el coraje de tirarlo así a una zanja, seguramente no le había puesto nombre. Otra dice que tiene carita de llamarse El Brillo de los Ojos. Otra la hace callar por poética y les recuerda que hay peligro.

La policía va a hacer rugir sus sirenas, va a usar sus armas contra las travestis, van a gritar los noticieros, van a prenderse fuego las redacciones, va a clamar la sociedad, siempre dispuesta al linchamiento. La infancia y las travestis son incompatibles. La imagen de una travesti con un niño en brazos es pecado para esa gentuza. Los idiotas dirán que es mejor ocultarlas de sus hijos, que no vean hasta qué punto puede degenerarse un ser humano. A pesar de saber todo eso, las travestis están ahí acompañando el delirio de La Tía Encarna.

Eso que sucede en esa casa es complicidad de huérfanas.

Una vez limpio el niño y enrollado en una sábana como un canelón, La Tía Encarna suspira y descansa en su cuarto, adornado como la habitación de un sultán. Todo es verde allí, la esperanza está en el aire, en la luz. Esa habitación es el lugar donde la buena fe nunca se pierde.

Poco a poco la casa va quedando en silencio. Las travestis se han retirado, unas a dormir, otras a la calle nuevamente. Yo me tiro a dormir en un sillón en el comedor. Le han dado una mamadera al niño muerto de hambre y se han cansado de mirarlo, de ensayar nombres, de adjudicarse parentescos. Cuando se cansó de llorar, el niño se dedicó a mirarlas, con una curiosidad inteligente, directo a los ojos de cada una. Eso les había causado impresión, nunca se sintieron miradas de esa forma.

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La casona rosa, del rosa más travesti del mundo (en cada ventana hay plantas que se enredan a otras plantas, plantas fértiles que dan flores como frutos, donde las abejas danzan), se ha vuelto silenciosa de repente, para no asustar al niño. La Tía Encarna desnuda su pecho ensiliconado y lleva al bebé hacia él. El niño olfatea la teta dura y gigante y se prende con tranquilidad. No podrá extraer de ese pezón ni una sola gota de leche, pero la mujer travesti que lo lleva en brazos finge amamantarlo y le canta una canción de cuna. Nadie en este mundo ha dormido nunca realmente si una travesti no le ha cantado una canción de cuna.

María, una sordomuda muy joven y un tanto enclenque, pasa a mi lado como un súcubo y abre la puerta de Encarna sin preguntar, pero con muchísima delicadeza, y se encuentra con aquel cuadro. La Tía Encarna amamantando con su pecho relleno de aceite de avión a un recién nacido. La Tía Encarna está como a diez centímetros del suelo de la paz que siente en todo el cuerpo en aquel momento, con ese niño que drena el dolor histórico que la habita. El secreto mejor guardado de las nodrizas, el placer y el dolor de ser drenadas por un cachorro. Una dolorosa inyección de paz. La Tía Encarna tiene los ojos derribados hacia atrás, un éxtasis absoluto. Susurra, bañada en lágrimas que resbalan por sus tetas y caen sobre la ropa del niño.

Con los dedos unidos en montoncito, María le pregunta qué hace. Encarna contesta que no sabe qué es lo que está haciendo, que el niño se le había prendido a la teta y ella no tenía el coraje para quitársela de la boca. María, la Muda, se cruza los dedos sobre el pecho, le da a entender que no puede amamantar, que no tiene leche.

—No importa —responde La Tía Encarna—. Es un gesto nada más —le dice.

María niega con la cabeza, reprobando, y con la misma delicadeza cierra la puerta de la habitación. En la oscuridad se golpea los dedos del pie con la pata de una mesa y se tapa la boca para no gritar. Los ojos se le llenan de lágrimas. Al verme en el sillón me señala el cuarto de La Tía y con el mismo dedo se dibuja círculos en la sien, para decirme que Encarna se ha vuelto loca.

Un gesto nada más. El gesto de una hembra que obedece a su cuerpo, y así el niño queda unido a esa mujer, como Rómulo y Remo a Luperca.

*Camila Sosa Villada es una escritora argentina. Este texto pertenece a la novela semiautobiográfica Las malas, que se publicará en marzo de 2019 en la colección Rara Avis, dirigida por Juan Forn para Tusquets Argentina.

Fe de erratas: En la versión impresa de este artículo salió publicado de manera incorrecta el nombre de la artista que hizo para nosotros la ilustración. Su nombre es Margarita García, y en Instagram pueden seguirla aquí: margarita_garcia_m


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