La última ofrenda
Publicado: 27/11/2018
Por Fernanda Trías*

La última ofrenda

Leonard Cohen escribió hasta el final. El resultado es un libro póstumo de poemas e ilustraciones que viaja por sus grandes temas de siempre: el tiempo, la edad, el amor, el sexo, la pérdida, la fe, la creación.

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La primera vez que Leonard Cohen murió fue en 2001. Recibí una llamada de la que entonces era mi suegra, para decírmelo con absoluta gravedad. Según explicó, la noticia había salido en la radio. Esa mañana lloré; sentada en la cama, abrazada a un almohadón. Por esa época, hacía unos cinco años que era fan declarada de Cohen, y en la soledad de una adolescencia tardía, hubo momentos en que llegué a considerarlo mi único amigo. Había leído la novela Beautiful Losers (1966), compleja y densa en imágenes, el libro de poemas The Energy of Slaves (1972) y la compilación de canciones y poesía Stranger Music (1993), todos conseguidos por encargo a otros viajeros. No sé cuánto rato después me enteré de que la noticia era falsa, y esa fue la primera vez que lo vi resucitar, como el prestidigitador que era, como el hombre de las mil máscaras de “I’m Your Man”, dispuesto a todo.

La segunda vez que Leonard Cohen murió, la definitiva, fue el 7 de noviembre de 2016. Esta vez no lo lloré. Me había despedido de él, supongo, en aquel simulacro de pérdida. O tal vez durante esos quince años que transcurrieron desde su muerte apócrifa hasta la real, yo había tenido tiempo de aprender que hay vidas tan luminosas que no se lloran: se saludan. Y supongo, también, que para entonces había aprendido alguna cosa sobre el tiempo y su fragilidad, y no podía sino estar agradecida por haber sido contemporánea de ese hombre que nació con el don de la voz de oro y que supo pagar el precio de mantenerse encadenado a una mesa en la “torre de la canción”.

Cuando a los veinte años empecé a escuchar sus discos, él ya se había retirado del mundo de la música y vivía recluido en un monasterio budista en la montaña, donde escribía, meditaba, limpiaba baños y recibía las enseñanzas de su maestro zen, roshi Kyozan Joshu Sasaki. De hecho, ese mismo año, 1996, recibió la orden como monje zen, y ninguno de sus fans creímos que volvería a publicar material nuevo. Leonard les había entregado su voz y su arte a los dioses en esa hermosa plegaria que es “If It Be Your Will”:

If it be your will 
that I speak no more 
and my voice be still 
as it was before 
I will speak no more 
I shall abide until 
I am spoken for 
if it be your will

Hay llamados que son más fuertes. Leonard había buscado el silencio, listo a acatar; pero los dioses tenían otros planes.

En 2008, tras la estafa de su exmánager y examante, un robo de millones de dólares que dejó sus cuentas de banco en cero, Leonard se vio obligado a empezar una gira mundial para recuperarse financieramente; una gira que lo tendría, a pesar de su viejo pánico escénico, dos años “en la carretera”. Tal vez esa desgracia sea la prueba más fehaciente de que, a veces, lo peor que nos ha pasado es lo mejor que nos pudo pasar. A sus 74 años, Leonard estaba más vivo que nunca sobre el escenario. Conciertos de tres horas o más en los que, vestido de estricto traje y sombrero, y acompañado de unos músicos magníficos, lo daba todo. Con sus piernas flacas y secas, se arrodillaba ante la audiencia, nos saludaba sacándose el sombrero y, sin excepción, el público salía con la sensación de haber participado de una liturgia, donde lo que se celebraba era el milagro de la música, de la poesía y de la vida misma. Yo lo vi en Brujas, Bélgica, el 10 de julio de 2008, adonde manejé toda la noche desde el pueblo donde vivía en Francia para verlo cantar en un pequeño parque cerrado del centro de esa ciudad encantada. Llovía. Llovió todo el tiempo sobre nosotros mientras hacíamos cola para entrar al recinto, y llovió sobre nosotros mientras esperábamos. Pero cuando míster Leonard Cohen salió a escena, embelesados como estábamos, lo vimos señalar hacia el fondo del parque, a nuestras espaldas y, cuando nos giramos, vimos un gigantesco arcoíris que cruzaba el cielo. Había dejado de llover, y si entonces me quedaba alguna duda de que no existe separación entre vida y obra, entre arte y entrega, ese día lo supe. Como él mismo escribió en su diario: “I am the song & not the singer” (The Flame), y el director de la orquesta, el verdadero cantante, estuvo presente esa noche en Brujas.

Ilustración: Leonard Cohen.

Después de la gira mundial vinieron tres álbumes más, Old Ideas (2012), Popular Problems (2014) y You Want It Darker (2016). Al igual que David Bowie, Leonard se despidió de nosotros con un último álbum. El suyo también oscuro y genial, pero más íntimo, tranquilo, melancólico; aunque no por ello despojado del humor irónico que siempre lo caracterizó. Para cuando compuso y grabó You Want It Darker, su salud había desmejorado mucho. Sufría de leucemia y de problemas en la columna. Este último disco lo grabó en su casa y lo produjo su hijo Adam. Leonard usó lo aprendido durante sus años de monje budista para capitalizar el dolor físico y la reclusión, estar presente para el dolor, estar presente para la muerte, y otra vez dejarse el pellejo en este álbum que, a pesar de su oscuridad, tiene varias grietas por donde se cuela la luz, y que fue recibido con entusiasmo unánime por la crítica. You Want it Darker es un llamado y una respuesta. Leonard está listo para el nuevo viaje y, en el tema que abre el disco, una voz que no tiembla exclama “Hineni, Hineni”, que en hebreo significa “Aquí estoy”, lo que Abraham respondió al llamado de Dios para el sacrificio de su hijo Isaac.

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Leonard ha llegado a un punto en que cada canción puede escucharse como una plegaria. No en vano, Bob Dylan dijo que el don o genio de Cohen “radica en su conexión con la música de las esferas”. “Cuando la gente habla de Leonard”, explicó Dylan, “se olvida de mencionar sus melodías que, para mí, junto con sus letras, son lo que hacen a su genialidad. Incluso las líneas de contrapunto le dan un carácter celestial y un subidón melódico a cada una de sus canciones. Que yo sepa, nadie más está haciendo esto en la música moderna”.

Las letras de estos discos, o los poemas que luego se convirtieron en las canciones de estos discos, constituyen la segunda parte del libro póstumo The Flame: Poems and Selections from the Notebooks, que acaba de publicarse en España como La llama (Ediciones Salamandra). La primera parte es una recopilación de poemas inéditos escritos a lo largo de varias décadas, y la tercera son fragmentos del diario que Leonard llevó desde su adolescencia hasta su muerte. En el diario hay apuntes, intentos de poemas (a veces con correcciones), fotos de páginas manuscritas y dibujos hechos por él, a mano y digitales (muchos de ellos autorretratos). Algunos sueños, también, como en el que escuchaba a Tom Waits en concierto: su música era “tan hermosa, original, sofisticada / tanto mejor que la mía”. Lo escuchaba desde el camerino, y cuando bajó, esperando encontrarse con una enorme audiencia, se dio cuenta de que Tom Waits cantaba en un teatro semivacío. Al final se van juntos. Waits le pasa un brazo sobre los hombros. Los dos se ven un poco desmejorados, pero se sienten bien, en pleno goce de sus facultades.

Leonard no solo vivió para la escritura, sino que también se mantuvo vivo para organizar este libro, que fue su última ofrenda para sus lectores fieles. En el prólogo, Adam Cohen dice que, hacia el final de sus días, este libro era el único motivo por el que su padre aún respiraba. Algo que queda de manifiesto en el breve poema “My career”: “So little to say / So urgent to say it”. Solo la escritura le dio el suficiente consuelo. Como él mismo declaró, “ni la religión, ni los maestros, ni las mujeres, ni las giras, ni la fama, ni el dinero” le dieron el alivio y el rush que le dio la escritura. “Escribir era la razón de su existencia”, dice Adam. Fiel a su misión, Leonard escribió hasta el final, enviando correos de “no molestar” a sus amigos más cercanos para que no lo visitaran. El resultado es un libro que viaja por sus grandes temas de siempre: el tiempo, la edad, el amor, el sexo, la pérdida, la fe, el arte y la creación. En estas páginas, Leonard Cohen es el hombre que busca, el hombre que escucha y el hombre que renuncia; pero sobre todas las cosas, es el hombre que escribe.

Leonard está preparado, y tanto en el libro como en el último disco, lo vemos despidiéndose de sus mujeres, soltando el deseo y las posibilidades del amor, dándole la espalda al diablo y al ángel; se despide de las vanas transacciones personales, abandona el juego: “I’m leaving the table / I’m out of the game”, “I’m traveling light / It’s au revoir”. Él, que siempre buscó la compañía de las mujeres, descubre que la mejor manera de aniquilar la soledad es aniquilando el deseo. “Since I no longer wish to explain myself / I have become a stone / Since I no longer long for anyone / I am not alone”.

Ilustración: Leonard Cohen.

The Flame cierra con el discurso de aceptación del premio de poesía Príncipe de Asturias, que recibió en 2011 en España. Allí, Leonard cuenta que Federico García Lorca fue quien le dio permiso para encontrar una voz, sin olvidar que la poesía es un lugar al que se llega, pero del que no se tiene un mapa. La poesía, para Leonard, es algo así como una ruta que se transita a ciegas. “Si supiera de dónde vienen las buenas canciones”, dijo durante el discurso, “visitaría ese lugar más seguido”.

“I’m traveling light / It’s au revoir”, lo oigo cantar, y mientras me acerco al final de este texto le echo un último vistazo a una foto suya que me gusta mucho. De elegante traje y sombrero negro, Leonard está sentado con las piernas cruzadas, una mano sobre un bastón; la otra sobre una mesa blanca en la que también hay un gato. Mira a la cámara. Hay algo en su mirada que no ha cambiado a lo largo de los años, que incluso en estas últimas fotos se mantiene igual que en las de la isla de Hidra. Es una luz; es la llama. Todo en su figura y en su gesto es impecable, y pienso que su imagen ilustra a la perfección eso que también dijo en el discurso de aceptación del premio: “Para expresar la gran derrota que nos espera a todos, hay que hacerlo con dignidad y belleza”.

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*Fernanda Trías es una escritora uruguaya, autora de las novelas La azotea (Laguna Libros, 2015; Tránsito, 2018) y Bienes muebles (Brutas Editoras, 2013).


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