Gigantes tiernos del vallenato: una columna de Mario Jursich
Publicado: 28/01/2019
Por Mario Jursich

Gigantes tiernos del vallenato: una columna de Mario Jursich

Nuestro columnista Mario Jursich cuestiona la forma en que se ha construido la figura de José Francisco Socarrás Morales, conocido como “Tite”, el protagonista de la célebre canción “El almirante Padilla” de Rafael Escalona.

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Gigantes tiernos (y convidadas de piedra)

A mí me apasiona la música vallenata y he dedicado una considerable cantidad de tiempo a oírla, bailarla y estudiarla. Sin embargo, de unos años acá terminé por convencerme de que si queremos entender esos cantos a cabalidad, si en verdad nos interesa desentrañar sus complejidades y su digamos “ideología”, estamos obligados a examinar con ojos menos complacientes tanto la tradición oral que supuestamente la explica como los mitos que ha ido infiltrando y naturalizando en la cultura de la costa.

Para ilustrar mi incomodidad, nada me sirve tanto como la figura de José Francisco Socarrás Morales, el célebre “Tite” protagonista de la no menos célebre canción de Rafael Escalona “El almirante Padilla”. (Sí, esa cuyo coro anuncia: “Y ahora pa’ dónde irá, y ahora pa’ dónde irá / a ganarse la vida sin contrabandear”.)

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Cuando uno busca en internet o en alguna biblioteca información al respecto, enseguida descubre que la mayoría de comentaristas costeños actúan como defensores de oficio: no solo intentan exculpar al Tite de sus delitos reales o imaginarios, sino convertirlo en alguien que evidentemente no era, o era solo a medias. Con un encantador sentido de los matices, Gregorio Puello nos aclara, por ejemplo, que era “contrabandista de café, no de drogas ni de armas”; con igual vara de medir, Mongo Ovalle nos explica que, cierta vez que fue capturado en flagrancia, “en realidad” solo transportaba “unos míseros cartones de Marlboro”.

Ese mismo aire benévolo se percibe a la hora de perfilar a Socarrás: quien haya visto la telenovela Escalona recordará que el Tite era presentado como un tipo expansivo e irreverente; algo dado a la bebida, “bueno pa’ las trompás” y muy amigo de sus amigos. Alguien de carácter difícil, pero en el fondo bueno y cariñoso. “Un gigante tierno”, en palabras del periódico online Panorama Cultural.

Al comparar lo anterior con unos pocos datos duros, el contraste no puede ser más llamativo: el que tantos imaginan como un muchacho alocado quería introducir bajo cuerda una tonelada de café en Aruba; el que tantos piensan como un personaje folclórico usaba un bus de su propiedad para traficar con licor y cigarrillos; el que muchos asumen como un finquero de buena entraña tenía a los 26 años acusaciones por correr linderos de las fincas, por robar ganado y por empezar riñas en todos los estancos del Magdalena y La Guajira.

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Con lo anterior no pretendo caer en la típica antinomia entre la ficción y la vida, ni imponer un falso dominio de lo que supuestamente es histórico sobre lo que, también supuestamente, es invención. Tengo claro que a Escalona, lo mismo que a los oyentes de su música, los asiste el derecho a imaginar eso que llamamos realidad a su antojo. De ahí que si el autor de “La casa en el aire” quiere presentar a su amigo contrabandista bajo una luz favorable y si una constelación de oyentes prefiere imaginar que el Tite era alto y bien parecido aunque las fotos demuestren lo contrario, no veo razón para descalificar esas elecciones simplemente porque no se adecuan a un referente exterior a ellas.

Lo que me interesa en este caso es saber por qué los exégetas costeños de “El almirante Padilla” exhiben una memoria privilegiada para los episodios festivos del Tite y en cambio rara vez recuerdan que, poco después de cumplir los treinta años, la mala bebida y la necesidad patológica de ofender lo llevaron a enfrentarse en un duelo con su suegro Bolívar Olivella y a matarse ambos el viernes 27 de septiembre de 1954.

La respuesta tentativa que tengo está relacionada directamente con la música. Nadie dudará de que el vallenato ha sido la principal fuerza a la hora de moldear la identidad de departamentos como el Cesar y La Guajira. Gracias a canciones magníficas como “El almirante Padilla” los vallenatos nos hemos convencido (y de paso hemos convencido a los demás colombianos) de vivir en una “tierra grata y honesta”, en que los hombres son felices, pícaros y parranderos, y las mujeres hermosas, serviciales y hospitalarias. Nada de eso es falso, claro está, pero también ha servido para relegar a un segundo plano las injusticias sociales, la violencia, el machismo, el racismo, el persistente rechazo a las autoridades y una inocultable tendencia a tratar con guante blando a las familias de bien que han incurrido en ilegalidades. Es por canciones como “El almirante Padilla” que, paradójicamente, ni los colombianos ni los vallenatos podemos ver que el Tite era al mismo tiempo un ser entrañable y una persona con un comportamiento de pánico. (“Todo documento de cultura es un documento de barbarie”, decía Walter Benjamin.)

Donde mejor se aprecia esta dolorosa contradicción es en la inverosímil circunstancia de que si bien una multitud de comentaristas ha glosado “El almirante Padilla”, nadie nunca le ha pedido su testimonio a Raquel Olivella, la viuda del Tite y la mamá de sus tres hijas. Ella, que está viva, que podría explicar la rivalidad familiar que acabó de manera tan trágica; ella, la que perdió en una mañana de 1954 a su padre, a su marido y a dos hermanos que remataron en el piso al cuñado moribundo; ella, la principal víctima, es la convidada de piedra en esta historia.

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