El radicalismo religioso se toma la política
Publicado: 28/01/2019
Por Hernán D. Caro*

El radicalismo religioso se toma la política

En contra de las predicciones del declive de la religión, esta viene aumentando su influencia política en todo el mundo, impulsada por las mismas fuerzas que se suponía que la enterrarían: democracia, globalización y tecnología.

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Concedido: jamás se ha ido del todo. En gran parte del planeta, la religión siempre ha tenido un papel importante en la configuración de ideas y decisiones políticas. Aquello que líderes religiosos de toda calaña proclaman –sean ellos sacerdotes, pastores, rabinos, imanes, etc.– lleva sin duda en sí la fuerza de motivar votos y moldear campañas políticas. Y sin embargo, desde hace pocas décadas, y de forma exacerbada y creciente en los últimos años, tiene lugar una especie de reactivación, así como un ensanchamiento, del influjo de la religión sobre la política y la cultura en gran parte del planeta. Ideologías religiosas –que uno alguna vez habría pensado, ingenuamente por lo demás, que estaban confinadas a la esfera privada– se amalgaman con programas políticos, y su influencia sobre líderes, votantes y legislaciones es cada vez más evidente. Y para decirlo claramente desde el comienzo: inquietante.

En cuanto a lo evidente y a lo inquietante: mencionar solo un par de los muchos ejemplos de la reciente expansión ideológica de la religión equivale casi a ofrecer un panorama general del intranquilo desarrollo político actual, descrito a menudo –no solo por observadores de izquierda o liberales, sino también de corrientes conservadoras/burguesas– como una presunta “crisis de la democracia”, el ascenso global del “populismo” o una “guerra cultural”.

En el caso particular del continente americano, en el entrelazamiento entre cultura política y religión tienen un papel protagónico las diversas iglesias evangélicas, de herencia protestante. Estas iglesias también llamadas “cristianas” no responden a la autoridad del Vaticano y, a medida que el número de fieles católicos disminuye, se expanden tenazmente en todos los países de la región desde la segunda mitad del siglo XX.

Evangélicos y poder en América Latina, editado en 2018 por José Luis Pérez Guadalupe y Sebastian Grundberger (Konrad-Adenauer-Stiftung) es el estudio más completo que existe hasta el momento sobre el significado de la fe evangélica, su número de creyentes, desarrollo estadístico, creencias religiosas y programa moral, objetivos políticos y diversos modos de participación pública en los países latinoamericanos; y según ese estudio, los creyentes evangélicos han dejado atrás sus templos en garajes y bodegas “y se han instalado en el Parlamento, las alcaldi´as y las grandes empresas”.

El mejor ejemplo de ello es el advenimiento de Jair Bolsonaro, presidente de Brasil desde el 1 de enero de este año. Brasil es probablemente el país latinoamericano en que la fe evangélica ha alcanzado la mayor organización y, por ende, la mayor influencia política. Durante su campaña presidencial‚ Bolsonaro se expresó abiertamente, entre otras cosas, a favor de un gobierno nacionalista y militarista, de la explotación abierta de recursos naturales en la selva amazónica y el fin de la protección a pueblos nativos, de la tortura y el asesinato sin proceso legal previo de supuestos criminales, y provocó una y otra vez con declaraciones misóginas y racistas. Además, ha sabido bien flirtear con la agenda moral de las iglesias evangélicas: se opone al matrimonio entre personas del mismo sexo, los derechos de homosexuales, el aborto, la legalización de las drogas, el secularismo en política, etc.

“El Estado es cristiano”

En una promiscuidad religiosa muy latinoamericana (hay que recordar los repetidos coqueteos en Colombia del muy católico Álvaro Uribe, y algunos de sus secuaces, con pastores evangélicos), Bolsonaro se identifica como católico, pero fue bautizado también como evangélico –como lo son su esposa y sus hijos– por el pastor, empresario y político brasileño Everaldo Días Pereira, lo cual le asegura simpatía entre creyentes cristianos. Pero quizá más importante aún es Edir Macedo, multimillonario, fundador y líder de la Iglesia Universal del Reino de Dios, y dueño de uno de los canales de televisión más grandes de Brasil. Durante la campaña presidencial de 2018, Macedo declaró a través de Facebook su apoyo a Bolsonaro, y algunos de los pastores de su iglesia prohibieron a sus fieles votar por candidatos distintos.

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Determinar en qué magnitud el voto evangélico llevó a Bolsonaro al poder es difícil, pero es claro que fue un factor importante para su victoria. Cerca del 30% de la población brasileña es considerada de fe evangélica, y se calcula que dos tercios de los votantes evangélicos apoyaron a Bolsonaro, cuyo lema político es “Brasil por encima de todo, Dios por encima de todos” y quien en 2017 sostuvo: “No hay tal cosa como un estado secular. El estado es cristiano, y cualquier minoría que esté en contra de ello debe cambiar, si puede”… Por lo demás, en qué medida la fe evangélica se ha filtrado en el aparato político brasileño lo muestra también la elección en 2017 del neopentecostal ultraconservador Marcelo Crivella como alcalde de Río de Janeiro, o el actual nombramiento como ministra de Mujer, Familia y Derechos Humanos de Damares Alves, pastora de otra iglesia evangélica, quien se ha declarado contra el aborto y la llamada “ideología de género” (hace unas semanas fue ella quien dijo “Comienza una nueva era; los niños visten de azul, las niñas de rosa”).

Brasil, por supuesto, no es el único caso latinoamericano. Durante las elecciones presidenciales en Costa Rica en 2018, el cantante y líder religioso Fabricio Alvarado recibió el segundo mayor número de votos. En Guatemala, el presidente Jimmy Morales profesa la fe evangélica, con cuyo programa conservador está claramente alineado. Y para no ir más lejos y para mostrar de forma muy palpable cuán poderosa, además de problemática, es la progresiva atenuación de los límites entre religión y legislación: durante el plebiscito para la paz realizado en Colombia en 2016, los evangélicos fueron una fuerza relevante para la victoria del No. Como recuerda Juan David Velasco Montoya en el mencionado Evangélicos y poder en América Latina, las razones para rechazar el acuerdo de paz “radicaban en que, presuntamente, en varios enunciados del texto se aludía a la ‘ideología de género’, según la cual se quería promover e incentivar las orientaciones sexuales diversas e implantar un modelo de familia distinto del tradicional de padre, madre e hijos”. A medida que el número de creyentes evangélicos aumenta (se calcula que corresponden ya al 20 % del total de habitantes), junto con el poder económico y social de las diversas iglesias a las que pertenecen, el plebiscito por la paz no será –de ello no cabe duda– la última vez que en Colombia se advierta el peso de la influencia política evangélica.

Más allá de Latinoamérica, aquel peso se nota con especial claridad en Estados Unidos, de donde provienen las corrientes contemporáneas evangélicas que se extienden ahora por los países latinoamericanos, con su mitología moralista y conservadora, patriarcal, misionaria, de rechazo al mundo y, al mismo tiempo, de una visión de superación personal a través de la fe y el diezmo, vinculada, como señala Pérez Guadalupe, “con los intereses dominantes de un sistema poli´tico neoliberal”. Donald Trump contó durante su campaña presidencial en 2016, y cuenta aún, con un apoyo evangélico mayoritario; su vicepresidente, Mike Pence, se declara “cristiano, conservador y republicano, en ese orden”; y muchas de las medidas sociales del actual gobierno corresponden con la agenda evangélica.

Pero también en contextos muy distintos, el entretejimiento de religión y política se evidencia inquietantemente como una fuerza cada vez mayor que da una nueva (o antigua) forma al mundo. Turquía, bajo Recep Tayyip Erdogan –desde 2003 a la cabeza del país como primer ministro, desde 2014 como presidente–, experimenta una especie de reislamización, que a nivel político coincide con un claro alejamiento de un modelo democrático. Esto por no mencionar casos como Arabia Saudita, Egipto e Irán, entre otros países con poblaciones –y legislaciones– marcadamente musulmanas; o Israel, entre muchos otros, donde la división entre religión y política lleva más tiempo siendo nebulosa.

¿Y qué decir de fenómenos provenientes del fundamentalismo islámico, algunos declarados terroristas, donde las esferas religiosa y política son una y la misma cosa, como en el caso del Emirato Islámico de Afganistán (mejor conocidos como “talibanes”) o Estado Islámico, y que son, muy a su manera y a pesar de las apariencias, fenómenos muy contemporáneos?

Se trata, claro está, de casos muy diversos. Pero en qué medida estos casos diversos, vistos juntos, ofrecen un cuadro coherente y elocuente del mundo en el siglo XXI, lo han mostrado bien los politólogos Monica Duffy Toft, Daniel Philpott y Timothy Samuel Shah en su libro God’s Century. Resurgent Religion and Global Politics (El siglo de Dios. Religión renaciente y política global, 2011). Su tesis: en contra de las predicciones del declive de la religión, esta ha aumentado su influencia política en todo el mundo, ayudada por las mismas fuerzas que se suponía que la enterrarían: democracia, globalización y tecnología.

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God’s Century ofrece un panorama amplio de las formas de influencia religiosa actual. Acaso el capítulo más interesante del libro sea el final, titulado “Diez reglas para sobrevivir el siglo de Dios”. Entre esas reglas se encuentran: reconocer que los agentes religiosos llegaron para quedarse; aprender a vivir con el hecho de que el problema no es si, sino cuándo y cómo, aquellos agentes darán forma a la política; aceptar que mientras más intenten los gobiernos reprimir o excluir a la religión de la vida pública, más contraproducentes serán esos esfuerzos; tomar en serio las creencias y las teologías políticas de los agentes religiosos, ya que estas interactúan con la estructura política; apreciar el valor de la búsqueda de la libertad religiosa en el campo de la política exterior. Si bien ideologías religiosas pueden promover odio y terrorismo, en otras ocasiones, sostienen los autores, pueden servir como “fuerza multiplicadora” de bienes políticos como democracia, reconciliación y paz.

Esta perspectiva es sin duda muy valiosa, y necesaria, como base de una discusión diferenciada sobre la relación entre fe y política. No obstante, a juzgar por los recientes ejemplos, el avance de aquella “fuerza multiplicadora” sigue siendo, por el momento, ante todo preocupante, y la fe debe aún probar, con hechos, su poder de sanación social. En los mencionados casos locales latinoamericanos y, según todo indica, en el caso estadounidense, el creciente influjo de la religión en la vida pública ha fracasado a la hora de generar entendimiento, o proporcionar un análisis reposado, y un subsecuente exorcismo de los demonios que atormentan a nuestras sociedades. Por el momento, ha logrado justo lo contrario: apuntalar iniciativas populistas que prometen limitar las libertades individuales y el desarrollo de la personalidad, que discriminan abiertamente a grupos sociales específicos, que amenazan con reforzar estructuras sociales retrógradas, patriarcales y de clase, que niegan los derechos adquiridos de supuestas “minorías”, que marchitan la posibilidad de reconciliación en un país sumido en la guerra desde hace décadas.

Así las cosas, bien haríamos en atender mejor a lo que escribía el autor estadounidense James Baldwin en 1962: “Si la idea de Dios ha de tener alguna validez o utilidad, solo puede ser hacernos más grandes, más libres y más amorosos. Si Dios no puede hacer esto, entonces es hora de deshacernos de Él”. Esa opción, ahora lo sabemos, no parece estar disponible.

*Doctor en Filosofía y periodista cultural. Coeditor de la revista Contemporary And América Latina


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