El evangelio según Kendrick Lamar
Publicado: 28/01/2019
Por Christopher Tibble*

El evangelio según Kendrick Lamar

El rapero ganador del Premio Pulitzer se ha consagrado como el cronista titular de la experiencia negra en Estados Unidos, y hoy nadie parece capaz de superarlo. Para alcanzar dicho honor, Lamar ha hecho de su relación con Dios su vehículo predilecto.

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Hace una década, cuando tenía 21 años, a Kendrick Lamar lo visitó un fantasma. Una noche, después de pasar horas en el estudio de grabación, llegó a la casa de sus padres y, agotado, se desplomó en el sofá de la sala. En la bruma del sueño, de pronto, se le materializó la silueta de su músico favorito, el rapero de los años noventa Tupac Shakur. El espectro, lacónico, se limitó a decirle: “No dejes que la música muera”. Sobrecogido por el encuentro, Lamar no tardó en asignarle un peso profético: se trataba de un mandato a seguir creando una obra que, como la del mismo Shakur, trascendiera los lugares comunes del rap: mujeres, ropa, plata, drogas.

Dos años después, el episodio lo inspiró a componer el primer sencillo de su carrera, “HiiiPower” (2011), una canción de protesta en que Lamar evoca a líderes negros como Martin Luther King Jr. y Malcolm X para denunciar el racismo en Estados Unidos y, al tiempo, enarbolar la bandera del orgullo afroamericano. Con la mira puesta en el sistema judicial de un país donde la policía arresta desproporcionadamente a hombres negros, y donde a menudo las minorías terminan acorraladas en las zonas más empobrecidas de las ciudades, “HiiiPower” hace un llamado al empoderamiento generacional. Al final de cada verso, Lamar deja de lado su frustración personal para promover la emancipación de su raza: “Así que bájate del barco de esclavos / construye tus propias pirámides, escribe tus propios jeroglíficos”.

El primero en atender la sugerencia fue el mismo rapero. Desde entonces, Lamar ha construido el equivalente literario de las pirámides de Guiza en el mundo del hip-hop estadounidense. Capaz de crear tramas narrativas de insólita complejidad, donde lo sagrado y lo profano se enfrentan, y los recursos literarios se amontonan uno encima del otro a una velocidad trepidante, en la última década el rapero de 31 años se ha consagrado como el cronista titular de la experiencia negra en Estados Unidos. Y nadie hoy parece capaz de arrebatarle ese honor.

Además de haber vendido 18 millones de álbumes y de haber sido nombrado el mejor rapero del mundo por revistas como Rolling Stone, sus cinco álbumes han recibido 29 nominaciones a los Grammy, de las cuales ha ganado doce. Entre sus admiradores se encuentran el expresidente Barack Obama, el intelectual Ta-Nehisi Coates y la premio nobel de literatura Toni Morrison, quien afirmó que su música “es más que meramente brillante; es mágica”. Como si eso fuera poco, las letras de sus canciones se encuentran archivadas en la biblioteca de la Universidad de Harvard y su más reciente disco, DAMN., se convirtió en la primera obra ajena a las esferas del jazz y la académica en ganar el Premio Pulitzer de Música.

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El súbito ascenso de Lamar a la cúpula del hip-hop resulta aún más atractivo cuando se tiene en cuenta que, a diferencia de muchos de sus pares, ni él ni su música celebran los excesos asociados al género. No toma trago ni fuma hierba ni va a burdeles. En sus canciones a menudo resalta la belleza de las mujeres sin maquillaje (“No Make Up: Her Vice”) y sigue siendo la pareja de su novia de la adolescencia. Los medios en Estados Unidos suelen describirlo como cerebral, introvertido, enigmático, tímido, intelectual. Su presencia en redes sociales es mínima: su cuenta de Twitter parece curada por un equipo de “social media” y en Instagram tiene 26 posts (“No prendo el teléfono/ no hablo con nadie/ no me comprometo, solo penetro”, rapea en “DNA.”). “Lamar está en su propia liga –dice la periodista Abigail Covington, quien cubre hip-hop para el portal de música Pitchfork–. “Sofisticó el género gracias a su seriedad y sobriedad. Es uno de los artistas más disciplinados que existen hoy”. Según un perfil que publicó Vanity Fair, el rapero hace entre quinientas y mil lagartijas a diario.

A pesar de tener una vida casi monástica, en su música Lamar no pontifica sobre sus virtudes ni arremete contra los vicios de sus colegas. Sus canciones, en cambio, relumbran con la honestidad de un diario garabateado hasta la saciedad con las reflexiones y conflictos personales de un hombre perceptivo que creció en las trincheras de un violento embate entre la policía y las pandillas de su barrio (“Conozco asesinatos, condenas, pistolas, ladrones, estafadores, muertos, redención, académicos, padres muertos con niños”, canta en “DNA.”). Atrincherado en su confesonario personal, el rapero ha hecho uso de la música para impartir sabiduría y, también, para entablar una profunda conversación con Dios. Cristiano devoto, Lamar ha insistido en repetidas ocasiones que su carrera forma parte de un “plan divino” y que “Él” lo protegió de no acabar, como muchos de sus compañeros de colegio, en la cárcel o el cementerio.

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Kendrick Lamar Duckworth nació el 17 de junio de 1987 en Compton, California, una ciudad al sur de Los Ángeles fundada por treinta colonos blancos en la segunda mitad del siglo XIX. Durante décadas la demografía de la ciudad permaneció monocromática, al punto que para 1930 la colonia agrícola solo tenía un ciudadano negro. Su tapiz racial empezó a cambiar en los años cincuenta, cuando millones de afroamericanos abandonaron el sur de Estados Unidos en busca de trabajo en estados menos segregados, como explica el podcast Dissect. La repentina y masiva migración detonó un fenómeno conocido como “white flight” (huida blanca): en reacción a la llegada de sureños, la mayoría de los blancos de clase media se reubicaron en otras ciudades y, en el proceso, se llevaron consigo buena parte de los recursos públicos. Para 1970, más del 90 % de la población de Compton era afroamericana y, pronto, sin acceso a educación digna y buenas oportunidades laborales, se dispararon los índices de crimen y pobreza. Al problema se le sumó, en los años ochenta, la epidemia del crack, una droga que se regó como pólvora en Estados Unidos, sobre todo en barrios de bajos ingresos habitados por minorías.

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En esa misma década, el hip-hop se encargó de poner a Compton en boca de todos los estadounidenses. Para el horror de muchos guardianes de la moral, la banda N.W.A., que incluía a raperos como Ice Cube y Dr. Dre, popularizó el agresivo y contestatario subgénero del gangsta rap. En uno de sus primeros éxitos, “Fuck the Police” (“A la mierda la policía”), el combo se encargó de llevar al departamento de policía de Los Ángeles a un tribunal lírico: “A un joven negro le va mal porque es café / y no del otro color, así que la policía piensa / que tiene la autoridad de matar a una minoría”. Unos años después, en 1992, los helicópteros de los noticieros sobrevolarían Compton y el sur de Los Ángeles para documentar los famosos disturbios causados por la golpiza que cuatro oficiales blancos le propiciaron al taxista negro Rodney King.

El joven Lamar no tardó en sentir la turbulencia de Compton: antes de cumplir diez años ya había presenciado dos asesinatos. A los cinco, alguien abaleó a un dealer adolescente afuera de su apartamento. A los ocho, mientas regresaba a su casa del colegio, alguien le descargó una ráfaga de balas a un señor en la ventanilla para carros de un restaurante de hamburguesas. “Después de eso, uno simplemente queda anestesiado”, le dijo el rapero a la revista Rolling Stone. Por esos años, Lamar, que entonces soñaba con ser jugador de básquet, también vio en persona a los dos raperos que más han marcado su carrera: Tupac y Dr. Dre (quien en 2012 lo vinculó a su compañía discográfica, Aftermath). Ese día, su papá lo alzó sobre sus hombros para llevarlo a ver a las dos leyendas, que a pocas cuadras de su casa filmaban el video de la canción “California Love”.

Lamar empezó a abrirse su camino en el mundo del rap un poco más adelante. En séptimo grado, su profesor de inglés lo introdujo a la poesía: a metáforas, aliteraciones, juegos de palabras; las mismas técnicas que desde entonces ha pulido con maestría en sus canciones. En su sencillo “King Kunta”, por ejemplo, se burla de los artistas que no componen sus propias canciones con el siguiente verso: “Puede que me guste el rap, ¿pero un rapero con un escritor fantasma? / ¿Qué putas pasó? (Oh no) juré que no lo diría / pero la mayoría de ustedes comparten barras como si estuvieran en la litera inferior en una celda para dos”. Además de usar el símil de la prisión para insinuar las limitaciones de sus pares, Lamar refuerza el insulto con un doble sentido: en inglés barra (“bar”) no solo significa un tubo de metal, sino también, en la jerga hip-hop, una frase en una canción.

Videoclip de "King Kunta"

Durante su adolescencia, además de ser uno de los mejores estudiantes de su colegio, Lamar empezó a subir canciones a internet bajo el seudónimo K-Dot. También se empezó a meter en problemas con sus amigos. Sin jamás haber hablado en detalle sobre sus salidas juveniles, las anécdotas que ha soltado bastan para interpretar el contexto: si una noche su mamá lo encontró sollozando en el pórtico de su casa porque alguien le había disparado, en otra llegó en una bata de hospital empapada en sangre tras haber acompañado a un amigo a la sala de urgencias. En un momento sus padres, quienes se habían mudado a Compton de Chicago en 1985 para presuntamente escapar del pasado pandillero del papá, lo echaron de la casa para enseñarle una lección.

Lamar consagró para la eternidad el mundo de su juventud en el primer disco que sacó con Aftermath, good kid, m.A.A.d city (2012). Subtitulado “un corto de Kendrick Lamar”, el álbum conceptual narra en desorden un día en la vida de un adolescente de Compton que se ve embestido por un entorno marcado por pandillas, policías y drogas. A medio camino entre un relato de supervivencia y la radiografía de una ciudad en guerra consigo misma, GKMD gira en torno al trágico desenlace de la visita que hace el protagonista a la casa de una conocida. “Alístese, lo voy a llevar por la senda de mis recuerdos / Este no es un rap sobre cómo yo trafico crack o vendo cocaína / Esto es un cul-de-sac y mucho coñac y el dolor más grande”, clama Lamar, su voz hincada de pánico, en “m.A.A.d city”. Aunque el miedo recorre al álbum como un pulso acelerado, la obra también es un elogio de la familia, que escuda al héroe de la violencia, y del Dios cristiano, que le ofrece la posibilidad de salvarse. GKMD, de hecho, empieza con un rezo y acaba, narrativamente, con la conversión del héroe. En “Sing About Me, I’m Dying of Thirst”, el clímax de la historia, el personaje se sincera con Dios:

A veces miro en el espejo y pregunto
si en verdad me da miedo morir
Si hoy es el día espero oír
un grito del cielo tan fuerte que pueda lavar al demonio
con el Espíritu Santo hasta ahogarlo en la sangre de Jesús.

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Fotograma del videoclip de "HUMBLE.", de Kendrick Lamar

La religión siempre ha contado con voceros en el rap. Según Josef Sorett, profesor de Religión y Estudios Afroamericanos en la Universidad de Columbia, el islam jugó un papel fundamental en los albores del género, al ayudar a “formular las primeras definiciones del hip-hop como un práctica discursiva en oposición a la cultura mainstream estadounidense”. Si en los años setenta y ochenta la fe musulmana ancló a buena parte del rap en un nacionalismo negro que se resistía a rendirle cuentas a la maquinaria del entretenimiento masivo, con el paso de los años el cristianismo usurpó su lugar como el centro espiritual del género. Muchos raperos se adhirieron a una lectura de la Biblia similar a la promovida por teleevangelistas y pastores de megaiglesias: que la riqueza no es un pecado sino, en cambio, la manifestación de una bendición divina. El fenómeno, que Sorett explora en su texto Créame, el rap es muy religioso, se conoce como el evangelio de la prosperidad.

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El evangelio de Kendrick Lamar es distinto. En su música, el rapero se abstiene de rendirle culto al dinero y también se niega a solo alabar la bondad de Dios. Su interés, en cambio, es el de tratar de descifrar a un Dios dispuesto a aniquilar a los pecadores. “A Kendrick no le da miedo hacerle las preguntas difíciles a Dios y en ese sentido cumple el papel del residente existencial del hip-hop”, escribió hace un año el periodista Miguelito en el portal DJBooth, en un artículo que analizaba la relación entre Lamar y la religión. Cuando el rapero leyó el texto, le mandó a la redacción un correo para felicitarla por el escrito. En la misiva, que DJBooth publicó unos días después, les explicó en más detalle su filosofía: “Nuestro Dios es un Dios amoroso. Sí. Es un Dios misericordioso. Sí. Pero es aún más el Dios de la DISCIPLINA. De la OBEDIENCIA. Es un Dios CELOSO […] Siento que mi deber es esparcir el amor a Dios, pero, sobre todo, con una exclamación, el TEMOR a Dios”. Pues de ese temor, continuó el rapero en el correo, surgen la sabiduría y el discernimiento.

De ese temor también surgieron, por lo menos en parte, los álbumes que le siguieron a good kid, m.A.A.d city. Con una trama mucho más suelta que la de su predecesor, To Pimp a Butterfly (2015), recurre al jazz y a la palabra hablada (“spoken word”) para guiar a Lamar en su esfuerzo por no caer en manos de una mujer llamada Lucy (un diminutivo de Lucifer). TPAB, un disco complejo y teatral que se resiste a la interpretación fácil, y en que el rapero emplea varias voces para dialogar consigo mismo, no tardó en ser aclamado por la crítica. Su éxito se debió, en parte, a su trasfondo político y a que apareció en una coyuntura particular: durante esos años Estados Unidos se había estremecido con una sarta de crímenes cometidos por la policía contra ciudadanos negros. Black Lives Matter, el movimiento que surgió a raíz de esos episodios, adoptó una canción del TPAB, titulada “Alright”, como uno de sus himnos. En el coro, el rapero regresa al optimismo de “HiiiPower” para brindar un mensaje de solidaridad. (“Yo estoy vuelto nada / Tú estás vuelto nada / Pero si Dios no sostiene / todo va a estar bien”). Pero no todo el álbum suena tan positivo. En la frugal “How Much Does a Dollar Cost”, nombrada por Obama como su canción preferida de 2015, Lamar disfraza a Dios de un indigente para reflexionar sobre la avaricia, el egoísmo, el resentimiento y la hipocresía.

Videoclip de "Alright"

El súbito lanzamiento del próximo proyecto de Lamar tomó por sorpresa al mundo del hip-hop. De escueta promoción, untitled unmastered (2016) lo situó aún más dentro de la vanguardia del rap. El álbum, sin título o claves temáticas obvias, consiste en un manojo de demos grabados durante las sesiones de TPAB. En las canciones, que llevan por título el día de su composición, Lamar se olvida de la estructura de verso-coro-verso para, como anota The New Yorker, explorar el arte de hacer canciones como una “manera de alcanzar la libertad”.

Al año de untitled unmastered, el rapero sacó DAMN., hasta la fecha su álbum más religioso y desesperanzador, donde en el transcurso de catorce canciones se pregunta angustiado si Dios perdonará sus pecados. Como escribe el catedrático Mathew Linder para el medio Christianity Today, “DAMN. lidia con la ansiedad sobre cómo se garantiza la salvación, y explora los temores que tiene Kendrick de ser condenado en esta vida o en la próxima”. El temor de Lamar al día del juicio se filtra por los poros del álbum. En “FEEL.”, por ejemplo, el rapero anuncia la inminencia del apocalipsis, mientras que en “FEAR.” recibe la llamada de un primo que le avisa que Dios los va a castigar con una serie de plagas. De hecho, se puede decir que en el álbum Lamar nos habla desde la penumbra entre la muerte y la vida, antes de ser enviado al cielo o al infierno, pues en el prólogo (BLOOD.) una señora a la que él intenta ayudar le pega un tiro.

Si bien DAMN. no incluye ninguna canción tan positiva como “HiiiPower” o “Allright”, tampoco es una obra que deprima. Como en otros de sus proyectos musicales, en su más reciente álbum Lamar logra hilar con aparente facilidad su compleja visión artística dentro del tapiz de la cultura popular, ofreciendo hits de radio que, cuando se escuchan bien, se asemejan menos a una canción común y corriente, y más a los monólogos creativos de un exégeta ofuscado por dudas teológicas. Y ese es el milagro de Kendrick Lamar: ser ese artista que no deja de encontrar la manera de reconciliar, como escribe Spencer Kornhaber para The Atlantic, el vicio del entretenimiento con la posibilidad redentora del arte.

*Periodista y escritor. Maestro en Periodismo Cultural de la Universidad de Columbia. Exeditor general de ARCADIA.


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