“Ordesa”, de Manuel Vilas: una reseña de Camilo Hoyos
Publicado: 28/01/2019
Por Camilo Hoyos

“Ordesa”, de Manuel Vilas: una reseña de Camilo Hoyos

"Shelley dijo que la poesía es una espada de luz que consume la vaina que intenta contenerla. El narrador de 'Ordesa' camina a oscuras con la espada de luz, y nos enseña que en la tristeza lo bello no cambia la realidad, pero por lo menos la determina".

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Ordesa es una experiencia de lectura que tiene en vilo al lector entre el desamparo y la belleza. Es un libro sobre el amor entre un hijo y sus padres muertos. O más bien: el viaje de la memoria de un hijo que se busca a sí mismo a través del diálogo que establece con los fantasmas de sus padres muertos. Un diálogo consigo mismo sin concesiones sociales o vanidosas. Es un descenso al inframundo con el sonido de la lira de Orfeo. Es una novela que quiere mirar el dolor de frente sin proteccionismos éticos, es decir sin querer librarse de él. Al contrario de la lección esperanzadora que uno supondría de este periplo, el narrador nos comparte su lento desmoronamiento, su desamparo y orfandad, su sensación de soledad irreprimible. Al final del libro, los padres seguirán estando muertos, por lo que nada cambiará. Y en esa nada radica todo el placer de lectura.

No es una novela que ofrezca el desarrollo de un argumento, sino más bien la obsesión por recuperar la memoria de sus padres a partir de la suya propia. Nos dice: “El pasado de cualquier hombre o mujer de más de cincuenta años se convierte en un enigma. Es imposible resolverlo. Solo queda enamorarse del enigma”.

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Cortos capítulos evocan veranos, vacaciones e intimidades familiares, que recrean la realidad familiar, ética y material de una familia de clase media baja española en las décadas de 1960 y 1970. La historia se narra libre de cualquier cortesía social o endulzamiento de la memoria, porque acá recordar no es embellecer, sino es encontrar más argumentos de la cruda realidad, o acaso más escudos para combatir la desazón de la soledad. Todo en Ordesa parece llamar a la desesperanza y al abandono: un hombre de 52 años, a quien un tío en algún momento de la novela llama “Manolito”, acaba de perder a su madre, y esta muerte coincide con su divorcio luego de treinta años de matrimonio. Hace diez años perdió a su padre. En medio de la tragedia, un solo pensamiento se le atraviesa: lo único que ha valido la pena en su vida son las conversaciones y los momentos que compartió con sus padres. El libro busca recuperarlas. El narrador busca la clave del sentido del mundo a pesar y a partir de su estado de orfandad. Sin ellos no hay luz, y así su función de padre se aboca cada vez más, aunque intente retenerla, en la oscuridad. La novela evoca la resignación del abandono. Obliga a aprender a mirar la vida con el mismo ímpetu a pesar de contar con menos luz. Vilas logra dar un retrato familiar en que invierte las categorías que siempre nos han perseguido cuando conocemos historias ajenas (felicidad, compañía, soledad, desamparo), y a partir de una historia triste, conocemos la belleza y la tranquilidad. Es la historia de una familia española, y del resultado que se evidencia en su narrador.

En el valle de Ordesa, al pie de Monte Perdido, en el Pirineo oscense, una remota mañana de 1969, el padre del narrador pinchó una llanta de su adorado Seat 850. A partir de esta imagen, Vilas reconstruye su propia identidad a golpe de creaciones literarias. Estamos frente a una novela que desnaturaliza el dolor de la pérdida, que busca ser una voz que nos dice que el dolor está bien, que no es algo que haya que remover, que se puede vivir con él, se puede entender y cuidar. Como un tumor que no se olvida pero que acompaña, porque ya forma parte del cuerpo. Y todo esto no para lanzarse en contra de su vida, sino para recuperarla desde su realidad solitaria. “Es como haber comprendido que la soledad es una ley de la física y de la materia, una ley que enamora”, dice en las últimas páginas. “Es la ley de las montañas. La ley de Ordesa. La niebla sobre las cumbres. Las montañas”.

Shelley dijo que la poesía es una espada de luz que consume la vaina que intenta contenerla. El narrador de Ordesa camina a oscuras con la espada de luz, y nos enseña que en la tristeza lo bello no cambia la realidad, pero por lo menos la determina.

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Ordesa

Manuel Vilas

Alfaguara

392 páginas


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