Un fragmento de la última novela del escritor Luis González, fallecido el sábado
Publicado: 07/02/2019
Por Luis González

Un fragmento de la última novela del escritor Luis González, fallecido el sábado

"El jefe" era uno de los libros finalistas del Premio Biblioteca de Narrativa Colombiana. El pasado 2 de febrero, González murió después de luchar contra una larga enfermedad. Le rendimos homenaje compartiendo las primeras líneas de su última novela.

 Centro de Bogotá, Teatro Municipal, 8.00 p.m.

 

—¿Qué es un país? —pregunta Gaitán.

El público espera la respuesta y Gaitán eleva los brazos hacia el domo del teatro como un sacerdote que convoca una fuerza superior. La multitud tiembla y un murmullo se arrastra como un animal insatisfecho que trata de caminar en dos patas.

Gaitán baja los brazos, con las palmas de las manos abiertas y el gesto autoritario de Moisés aplacando el Mar Rojo. Todos callan como si les hubieran cosido los labios. En silencio, el Jefe echa su cabeza hacia adelante y el pelo le cubre la cara. Detrás de su cabello lacio cubierto de brillantina unos ojos indígenas relampaguean y una boca entreabierta deja asomar unos dientes muy blancos.

El silencio sigue, pero las molduras del techo se agitan con las sombras de los asistentes y el cortinaje se mueve como si estuviera vivo.

—Un país no es una geografía —aclara Gaitán con una voz impostada de tenor que penetra hasta las últimas filas, donde se agita un mar de sombreros de fieltro y corroscas de paja—. Un país no es un paisaje —repite—, no es un río caudaloso, ni una montaña magnífica, ni una ciudad enorme. Un país no es un cielo donde vuelan aves de todos los colores. No. Ese es apenas el decorado, unas imágenes bonitas que solo podemos mirar, pero no tocar, porque pertenecen a otros.

Gaitán saca una conclusión.

—¡Vivimos en una finca ajena!

Alguien no se aguanta y rompe a aplaudir. La ovación crece, pero es detenida en seco por las manos del orador. La multitud queda quieta, como una barca con las velas flojas.

—Nos enseñaron que la patria era esta tierra que está en manos de unos privilegiados. Y lo creímos. Creímos en esta mentira que solo ha servido para matarnos entre liberales y conservadores, mientras los líderes de esos dos partidos disfrutan de las haciendas que riegan con nuestra sangre.

El orador toma aire y se impulsa. Lo que sigue es una revelación.

—¡Pero mamola! ¡La patria somos nosotros! ¡Un país es su gente!

Los tendones brotan del cuello de Gaitán, su voz sube mientras dice que Colombia es el niño que va a la escuela sin zapatos, el artesano que fabrica artículos que nadie compra, el campesino que espera una lluvia que no podrá redimirlo, la mujer que se inclina ante un fogón preparando una comida escasa. Ese es el país, dice y repite el Jefe, eso somos: nuestros brazos y nuestras ilusiones, lo que debemos rescatar de la miseria.

Parado en un corredor, aprisionado por los cuerpos olorosos a mugre de los asistentes al Teatro Municipal, Alejandro Brennen se permite un gesto de escepticismo. Los viernes culturales de Gaitán le parecen aburridos. Lo que el orador grita no es nuevo, Alejandro ya lo ha leído en los panfletos que distribuye el partido comunista: el pueblo unido marchando heroico hacia la liberación. Un sueño que justifica los crímenes de Stalin y —quién lo hubiera dicho— los delirios de Hitler y Mussolini. Dictadores de izquierda y derecha que se igualan en su tarea de exterminio.

En el teatro hay sillas, pero nadie está sentado y en los corredores se hacina una legión de pobres que compiten por cada centímetro. Alejandro empuja a un enruanado que acaba de pisarlo.

—¡Uste! —protesta el enruanado y lo mira con odio.

El escritor Luis González. Foto: Literatura Random House

Alejandro lo contempla con serenidad. Para convertirse en asesino, un feligrés de Gaitán solo necesita una totuma de chicha y una provocación. La provocación ya la tiene y la chicha es norma después de las seis de la tarde. Así que pasará lo que tenga que pasar. El hombre lo mira esquineado, mientras escarba debajo de su ruana buscando el cuchillo. José Fidel Pirateue, primo de Alejandro Brennen, se atraviesa.

—Alto ahí, compañero —dice José Fidel con voz angustiada—. Somos copartidarios.

El enruanado parpadea sin creer que Alejandro pueda ser gaitanista. Lo examina de pies a cabeza y concluye que este señorito vestido de paño inglés y calzado con zapatos Cuatro Coronas tiene pinta de rico malparido. Por lo tanto, le caben un par de puñaladas. Los dedos de uñas rotas del pobre sujetan el mango de su cuchillo marranero, pero José Fidel sigue atravesado y el hombre vacila mientras sus párpados chocan con torpeza y su cerebro produce unas sinapsis moribundas. Pataleando entre espesos vapores de maíz fermentado, el recuerdo toma forma en la mente del borracho. Sí, admite sin soltar su cuchillo, a este metiche que estorba pidiendo paz lo conoce, lo ha visto en otros viernes culturales con esa misma corbata roja. Es José Fidel Pirateque, el secretario de Gaitán, y uno no puede pasar por encima del secretario de Gaitán para sacarle las tripas a un hijueputa. ¿O sí? El enruanado parpadea buscando despejarse y solo logra que el alcohol inunde su cerebro por completo. Ahora es un pellejo ciego que quiere demostrar su hombría. Alimentada por la chicha, la rabia sigue su marcha. A ninguna hembra se le niega un polvo, a ningún macho se le niega una muerte. A la mierda todo, que corra la sangre.

—Por favor, compañero —insiste José Fidel—. El Jefe está hablando —y señala el escenario con reverencia.

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El argumento no convence al enruanado y queda claro que Alejandro está a punto de matarse con alguien que se sentirá redimido al jugarse lo único que tiene. Nada raro. Un colombiano se crece ante la muerte porque solo en ese trance es igual a los demás. Alejandro sonríe con amargura y piensa que lidiar con estos suicidas es su destino. Al fin y al cabo, él no es distinto. Creció en la violencia, ha visto morir a varios, es huérfano y sabe, como sabe esa mayoría que Gaitán llama país, que la vida no justifica muchas preguntas. El enruanado sigue con la mano metida debajo de la ruana. Alejandro toma una decisión.

—Guardemos la sangre pa matar godos —dice, dejando ver el revólver que lleva a la cintura.

El enruanado parpadea.

—Compañero, recapacite —ruega José Fidel—. Somos de los mismos.

El enruanado levanta unos ojos turbios, pasando del odio al desprecio. No se siente compañero de un rico malparido. La palabra para nombrarlo brota fácil, con la fuerza de un madrazo.

—Oligarca.

Después escupe en el suelo, salpica con un gargajo pegajoso los Cuatro Coronas de Alejandro y se pierde en la multitud. José Fidel suspira aliviado.

—Un día de estos se va a meter en un problema.

—Tranquilo. No pasó nada.

José Fidel piensa en contestar, pero Gaitán vuelve a capturarlo con su discurso. Ahora el Jefe habla de unos humillados a los que explotan y mantienen en la ignorancia. Maestros de escuela que se mueren de hambre, enfermeras que trabajan en hospitales que se caen a pedazos, mineros perdidos en socavones sin seguridad, obreros que levantan puentes destinados a caerse porque el contratista se robó los materiales. Todos ellos deben unirse, ordena Gaitán, unirse y caminar juntos hacia una aurora de dignidad que se llama futuro.

La multitud aplaude deslumbrada por la aurora de dignidad, hipnotizados por ese futuro que necesitan y creen merecer. El escepticismo de Alejandro crece. Mañana iremos al cielo, ja, ja. Increíble que la promesa de un paraíso siga convocando una recua de creyentes. ¿Pero qué se puede esperar de un pueblo ignorante? Que se arrope con las tinieblas de la religión. Poco importa que el Sumo Sacerdote se llame Pío XII o Jorge Eliécer Gaitán.

Sin embargo, a pesar de su insolencia atea, la fe amenaza a Alejandro. Tal vez sí hay una esperanza, acepta a regañadientes, ¿por qué no? Lo que los optimistas llaman realidad es tan incierto que de pronto existen los milagros y no todo está perdido. Tal vez Gaitán pueda unir a sus partidarios y llevarlos a un destino superior donde la vida justifique un par de preguntas. En Colombia todo es posible porque nada es firme, no hay garantía siquiera de que el futuro sea un desastre peor que el presente.

—El mañana es nuestro —asegura Gaitán. Y la multitud delira.

Alejandro mira al escenario y se pregunta por qué estos fanáticos están dispuestos a morir por su líder, mientras ignoran a los comunistas que ofrecen metas más terrenales. Mientras Gaitán habla de un vago mañana poblado de metáforas, los comunistas prometen parcelas para los campesinos, trabajos bien pagados, educación gratuita. Y sin embargo, el que llena las plazas es el Jefe, el caudillo, el negro Gaitán, el dios de los desesperados. ¿Cuál es la razón de tanta fe? ¿Es ese brillo fugitivo que los griegos llamaban carisma? Alejandro Brennen asistió al Teatro Municipal buscando una respuesta y como no la encuentra vuelve a caer en el cinismo y se le ocurre que este país herido por la culpa demanda un mártir. El cristianismo socialista de Gaitán fracasará porque la caridad es una isla diminuta rodeada por un océano de egoísmo. No es cierto que los hombres sean hermanos, a pesar de que todos puedan ser huérfanos.

—¡Un berraco! —concluye José Fidel Pirateque, codeándolo, sin despegar los ojos del orador.

Alejandro mira a su primo con lástima y furia. José Fidel no lo nota porque sigue perdido en las palabras de Gaitán, que lo marean como una droga. Lo que diga el Jefe es verdad revelada y uno lo siente en el alma, su voz grita lo que los demás no nos atrevemos siquiera a pensar. El público del demagogo, piensa Alejandro, los resentidos, los que no tienen nada y odian a los que tienen algo.

—Sí —acepta—. Un berraco.

El discurso sigue.

—Pero ese país nacional, esa mayoría de hombres buenos consagrados al trabajo no decide, ni cuenta, ni siquiera opina. Y no lo hace porque está dominada por una minoría que lo tiene persiguiendo metas falsas, soñando con tonterías, luchando en una guerra que ya lleva más de un siglo donde el enemigo es el vecino y los muertos los ponen los pobres.

Bien, aquí vamos, se dice Alejandro. Mientras en Colombia liberales y conservadores se entrenan en las chicherías para una guerra civil, este populista promete un nuevo orden donde reinará la armonía, olvidando que la paz es un espacio para la venganza.

—Esta minoría es la de los oligarcas, los miembros del país político. Los propietarios que deciden el rumbo de la nación a espaldas de un país sacrificado. Una casta de cincuenta familias que tienen el control de la riqueza, de las leyes y de las instituciones y que se reparten los ingresos fiscales a su acomodo. Los oligarcas: los que obtienen los contratos, los que se sientan en las sillas de los ministros y los senadores, los dueños de este paisaje maravilloso que llaman país y que es su hacienda.

—¡Abajo los oligarcas! —decreta una voz anónima que recuerda la del enruanado que estuvo a punto de apuñalar a Alejandro.

Mil voces corean la consigna. El rostro de José Fidel Pirateque se congestiona desfigurado por el odio.

—¡Oligarcas hijueputas!

Alejandro se hunde en el desencanto. Hace un gesto de fatiga.

—Hasta luego.

—¡Pero si no ha terminado! —protesta José Fidel.

—Me imagino el final.

Mientras tanto, Gaitán sigue prometiendo un triunfo sobre la oligarquía. A la carga, dice, contra la tiranía, a la carga, contra la ignorancia, a la carga, por un país justo, a la carga. El teatro tiembla y corea la consigna: a la carga. Alejandro distingue entre los asistentes a varios integrantes de la policía secreta. Algún día esto terminará muy mal, como termina todo. Pero ese día él no estará presente.

—Espere. No se vaya.

—Hagamos una cosa, José Fidel. Cuando ese tipo que se llena la boca prometiendo justicia haga algo por usted, me cuenta. Mientras tanto, tómese un Mejoral para que le baje la calentura.

—No entiende.

—Claro que entiendo, pero no me gusta.

Alejandro sale a la calle bogotana que lo recibe aburrida, como una mujer mal pagada que lo atiende sin ganas. Toma aire y busca el paquete de cigarrillos. La imagen de un indio americano de nariz aguileña y tocado de plumas está de perfil en el paquete blanco. Pielroja, el tabaco santandereano que mantiene los hospitales y alimenta los maestros. La educación y la salud financiadas por los impuestos al vicio. Alejandro siente en sus labios el sabor dulzón del papel. Sus pulmones reciben el golpe de nicotina como un bálsamo y su corazón se acelera combatiendo el frío de la calle. Un cigarrillo siempre será mejor que la fe.

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Entonces, lo oye. Un ruido de animal acosado que se oculta en la oscuridad, un perro sin amo tal vez, porque el enruanado quedó allá adentro y Alejandro no lo cree capaz de salir a buscarlo. Pero mejor la seguridad que la policía.

—¿Quién anda ahí? —pregunta dirigiendo la mano al revólver.

Aguza el oído y solo escucha los aplausos y los Viva Gaitán que escapan del Teatro Municipal como los lamentos de un fantasma. Es como si allá adentro estuviera encerrada una bestia de mil cabezas, esperando para cobrar una cuenta. Alejandro se olvida de los viernes culturales del resentimiento y vuelve a mirar la calle de bombillos moribundos que da hacia el barrio donde se agitan los miserables en un caldo helado. Se relaja y suelta la culata del revólver. Lo de siempre, piensa: oscuridad y desesperación. Tal vez el ruido que escuchó lo produjo un mendigo que buscaba refugio en un portal, un despojo humano embrutecido por la chicha, un perro sin amo. Nadie que merezca su atención. Se encoge de hombros y camina hacia la luz de la Carrera Séptima.

Error. Si Alejandro Brennen hubiera despreciado menos a los perros sin amo, habría dado media vuelta y descubierto en la esquina de la miseria el motivo de su orfandad. Entonces, todo habría sido distinto. Para él, para Gaitán, para los locos que querían ser un país. Pero no fue así. El Alemán siguió caminando hacia la Séptima, hacia la plaza de Bolívar, aspirando su Pielroja y pensando en las tetas de la mujer que lo esperaba en un bailadero de la Perseverancia.

Nadie es perfecto, dicen los culpables.


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