La electrónica: un género joven e imprescindible para Estéreo Picnic
Publicado: 31/03/2019
Por Santiago Ramírez

La electrónica: un género joven e imprescindible para Estéreo Picnic

ARCADIA repasa el significado e historia de la música electrónica, un género que comparado con otros apenas se desarrolla, que presenta muchas vertientes y colores, y que se sigue expandiendo por el mundo como un virus.

Después de un largo viaje personal, Keith Flint no tenía casa en donde quedarse en Essex, lugar donde había nacido. Estaba perdido y pasaba las noches durmiendo en el sofá de la novia de entonces de Liam Howlett, su futuro compañero de banda.

En ese lugar, como música para sus oídos llegaron noticias del acid house, un subgénero que derivó en un enorme movimiento que organizaba fiestas multitudinarias en bosques y complejos industriales. Flint escuchó las palabras raves o warehousesde la voz de algún fanático que también dormía en esa casa donde Howlett lo hospedaba.

En 2014, le contó la anécdota al renombrado productor Richard Russell. Flint llegó a ponerle una fecha tentativa a su muerte: dijo que sucedería a sus 65 años. Pero no fue así. Tomó la decisión a los 49, y esta le rompió  el corazón a los muchos seguidores que tenían marcada en el calendario la fecha de ir a verlo en Colombia. Por eso, ese recuerdo, consignado en aquella entrevista, marcó la fuerza de aplanadora de un movimiento que no ha cedido en su innovación, fuerza e impacto. Este viernes, en Essex, miles de fans se reunieron entre Saint Mary Church y el pub de Flint para despedirlo en su funeral. Personas de todo el mundo llegaron hasta el lugar por la conexión que forjaron con la banda. 

La presentación de The Prodigy prometía traer la herencia de los raves a los que Flint y Howlett asistían en el club Barn bajo el efecto de sustancias como los ácidos y el éxtasis. Conciertos cargados además de intenciones políticas, baile, actitud libertaria y oscuridad.

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Ese mundo de luces y beats repetitivos del que provino Flint se ha propagado por el mundo. Todas las noches, poco importa la fecha, en lugares recónditos de varias ciudades del planeta miles de personas se reúnen para dar rienda suelta a un baile individualista. En el fondo, a pesar de que los cuerpos no obedecen a un paso puntual ni recurren a sincronizar el movimiento, estos movimientos logran crear una atmósfera de unión. Y desde muchos ángulos la percepción es igual: sombras, que vistas desde arriba parecen hormigas y se mueven de la manera que les nace y desean: unas robóticas, otras fluidas, otras deportivas, sensuales, elegantes… Otras se dedican a caminar la noche y hablar con extraños como si los conocieran hace años.

En este universo se crean subculturas. Muchos gabbers, un grupo numeroso de jóvenes que asistía al famoso Energhi Hall en la Amsterdam de los años noventa, se rapaban la cabeza, vestían chaquetas Aussies coloridas. Cogieron tanta fama en esa ciudad que los asociaban a actos vandálicos y delincuencia, aunque ellos se defendían en que solo les gustaba la fiesta. Hoy, en países como Italia y Japón, llenan sus cabezas de tatuajes y perforaciones, o visten máscaras y cortes de cabello como personajes salidos de un manga japonés (cómic).

Videoclub se ha convertido en un lugar interesante para la escena underground bogotana. Foto Santiago Ramírez

El comienzo de la propagación, para muchos, tuvo lugar en un un montón de fiestas ilegales en la época de Margaret Thatcher.  En la Sección 63 de la Ley de Justicia Penal de 1994 se leía expresamente que las reuniones con música que “incluye sonidos caracterizados total o predominantemente por la emisión de una sucesión de ritmos repetitivos” estaban prohibidas. Y la ilegalidad nunca ha dejado de ser atractiva. Entre más peligroso pueda ser, más interesante se vuelve el rave para muchos.

Un policía que busca drogas con una linterna y apunta al piso mientras se codea entre una turba de jóvenes que se balancean como si el cansancio no existiera. Afuera, las luces rojas y azules de la patrulla se confunden con las del club. No importa si lo que fue una casa abandonada a las afueras de Bogotá alberga la fiesta. Los policías detienen el evento a las seis de la mañana, dos antes de su final pactado. Dos DJs que han venido desde Estados Unidos se bajan de tarima y se prenden las luces. Sí, la ilegalidad sigue siendo llamativa.

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Pocos en Bogotá confiaron en que los organizadores del Estéreo Picnic lograran traer a un artista del tamaño e importancia de The Prodigy. Lo cierto es que sea cual sea la opinión.

Algo es innegable. Underworld, entró al mundo de la electrónica en Essex, de donde era Flint. Flint le inyectó la actitud punk a la escena y Underworld publicó hace un año su colaboración con Iggy Pop, todo un ícono del rock visceral. Y cada vez es más difícil saber a qué género pertenecen muchas de las canciones que salen a la luz todos los días en el planeta.

Según Simon Reynolds, una autoridad en historia de la música, en Essex la electrónica sirvió para que muchos hombres del Reino Unido dejaran a un lado la actitud del macho. El baile adoptó propiedades femeninas y los hombres empezaron a tener más contacto físico.


Rick Smith y Karl Hyde son el mounstruo bicéfalo llamado Underworld. Recientemente han publicado un ambicioso proyecto llamado Drift, donde exploran no solo con la música sino con el audiovisual y la narrativa. Foto tomada de instagram @Underworld

Entonces bailar también se volvió un acto político. En Holanda, la cultura gabber rechazó que aparecieran banderas de ese país porque consideraban que no había cabida para nacionalismos. En Ucrania, en plena crisis económica y geopolítica de 2014 en Crimea, se dieron cuenta que las fiestas ilegales mantenían unida a una juventud que no tenía esperanza de tener un trabajo estable. Y en Colombia, un día después del atentado al club el Nogal en 2003, 2.000 personas salieron a bailar por un país cuya esperanza estaba a punto de agotarse.

En semanas recientes, miles de británicos salieron a bailar para rechazar el Brexit, mientras que un grupo de bogotanos se tomó una calle oscura para bailar a favor de la JEP.

Underworld vendrá a Colombia. Han pasado 40 años tocando juntos y aún se sienten felices porque su música pone a latir, con intensidad, corazones de diferentes edades. Durante su largo recorrido, el mundo ha cambiado, aunque haya cosas que regresan o se conservan: Trainspotting ya tiene secuela, Irvine Welsh se mantiene en que “las drogas ganan cuando no hay nada más en la vida de una persona”, Queen volvió a conmocionar al mundo –ahora llenando salas de cine en vez de estadios- y el fútbol sigue siendo una de las mejores distracciones para sobrellevar la existencia.

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Sin embargo, el tiempo también hace que las cosas muten. Ahora hay que pelear contra el planeta entero por mantener, por unos segundos, la atención de una persona que puede comunicarse con quien quiera a kilómetros de distancia. Por eso, en muchos raves se impone tapar las cámaras de los celulares y dejar que la gente disfrute, y no grabe y no se pierda el momento.

Por su parte, la publicidad ha adoptado la cultura de la calle como suya y la electrónica se volvió, en un monstruo mediático que promueve a la vez festivales coloridos y disc-jockeys que parecen estrellas de rock, y normaliza el uso de drogas en una escena que tenía el consumo en un plano secundario. Dj Tiesto hace parte de esa evolución de la electrónica a una industria cultural. Y aunque venga de una escena que lo adula y retrata como una figura de la farándula, también representa el primer acercamiento con el género para muchos jóvenes que hoy llenan los recovecos underground.

Pareciera que ese mundo es un lado B. Hay banderas de todos los países que ondean en festivales como Tomorrowland, enormes tarimas que asemejan castillos postapocalípticos, humo de colores e inversiones millonarias en publicidad. Pero ahí estará uno de los grandes exponentes del EDM en el Estéreo Picnic, recordándole a quienes vayan que aquella cultura que nació en fábricas abandonadas, con fiestas ilegales, llegó a ser toda una industria millonaria. Y por eso no deja de ser válida su asistencia.

DJ Tïësto es uno de los exponentes más grandes del EDM, la cara más comercial de la electrónica

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Lejos de ser un nombre famoso, Jon Hopkins, aparece en el cartel en la letra menuda. Pero a sus espaldas, este productor tiene colaboraciones con leyendas Brian Eno y bandas mundialmente famosas Coldplay. La realidad parece dictar que se ha destacado más en la industria en su papel detrás de escena que como compositor, Hopkins ha ganado terreno como un músico experimental. Hace de la música un conjunto de elementos que pone a interactuar en su especie de laboratorio sonoro. De ahí ha salido un disco como Singularity, que reinventa de forma inteligente el sonido industrial.

Hopkins no tiene vergüenza cuando admite que las drogas hacen parte del proceso, y no le importa porque ha pasado años encerrado, buscando las fórmulas para llegar a un sonido que le dé plenitud. La portada de Singularity muestra una noche estrellada y unas líneas dibujan la molécula del DMT.

En una noche, que no es estrellada pero sí tiene una luna brillante, una fila larga de personas se configura frente a una puerta alta, negra y metálica. Andróginos, drag queens, jóvenes vestidos de negro, chicos con camisetas de bandas de punk y otros miembros del bestiario nocturno esperan entrar a lo que parece ser una casa abandonada, en la mitad de Chapinero, llena de grafitis. El aura de los excluidos, los negros y homosexuales que se refugiaban en la música disco donde podían ser como ellos quisieran, sigue latiendo.

Muchas horas después, la larga noche ha muerto y el sol sale, y con él todos los que estaban en el antro bailando.

-         En un lugar así me siento segura, puedo ser como yo de verdad soy.

Dice una drag a la salida, incómoda por la luz de la madrugada, de cabellera rubia larga, medias colorinches y un body que alumbró durante toda la fiesta.

-         Estoy muy cansada – le dice su acompañante – ¿ya es domingo, cierto?

-         En realidad, es lunes, bebé.

Una mujer baila en videoclub, en días pasados se celebró allí una nueva edición de Boileroom. Foto Santiago Ramírez

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