Uruguay, un país de poetas mujeres
Publicado: 15/04/2019
Por Juan de Frono*

Uruguay, un país de poetas mujeres

El 23 de abril, Ida Vitale recibirá el Premio de Literatura Castellana Miguel de Cervantes, el máximo reconocimiento a un escritor en esta lengua. Por primera vez obtiene ese galardón una poeta del país que acaso ha aportado más mujeres relevantes a la poesía en nuestro idioma.

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Las atacantes del verso

Uno de los versos más famosos y bellos de la poesía uruguaya son estas siete palabras: “Cuando quise ser mejor, quise ser mujer”. Pertenecen al poema “Paréntesis”, en que Alfredo Fressia reflexiona sobre su relación con las mujeres. No debería ser el comienzo de este ensayo, porque su uso puede parecer caprichoso. Pero no encuentro una entrada más sugestiva para hablar del lugar destacado que tiene Uruguay en la literatura castellana debido a un número amplio de excelentes poetas mujeres. Ese número resulta asombroso no por el hecho de que existan mujeres poetas y sean ellas quienes sobresalen. Es decir, no por el hecho de que ser mujer y ser poeta sea algo extraño, particular o improbable; sino porque en un mundo en que la literatura escrita por mujeres ha sido menos visible, el hecho de que el canon de poesía de un país esté contundentemente marcado por poetas mujeres es, en ese sentido, destacable. Ante este alto panorama que han creado sus colegas mujeres, podría entonces decirse que los poetas hombres de ese país suramericano hubieran querido en algún momento, para ser mejores, ser mujeres.

“En Uruguay la poesía es algo femenino”, ha dicho la poeta y cuentista uruguaya Cristina Peri Rossi. En diciembre de 2018, cuando se anunció que Ida Vitale había ganado el Premio Cervantes, el nicaragüense Sergio Ramírez, ganador del premio en 2017 y miembro del jurado, expresó en varios medios que Uruguay era una verdadera potencia en poesía escrita por mujeres. En ese mismo sentido, el colombiano José Luis Díaz-Granados escribió hace algunos años un breve texto titulado “El país de las mujeres poetas”: “[Este lugar] se destaca por poseer un extraño y hermoso privilegio: es el país que más mujeres poetas (…) ha producido en el planeta con respecto a su tamaño geográfico y demográfico, y teniendo en cuenta la alta calidad literaria de sus obras”.

En esta frase, Díaz-Granados habla de tres hechos importantes. Primero, Uruguay es un país pequeño, con apenas tres millones de habitantes y poco más de ciento setenta y seis mil kilómetros cuadrados. Segundo, cuando se habla de un número alto de mujeres poetas, no se señala apenas el número, sino la calidad de varias de ellas, lo que siempre las lleva a sobresalir en antologías, por encima de cualquier otro grupo de mujeres poetas de un país de lengua española. Y tercero, este “privilegio” quizás es “extraño” porque no parece obedecer a una lógica, como sí la tienen hechos nacionales y sobresalientes como el número alto de excelentes atletas jamaiquinos.

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Si se hace un ejercicio estadístico rápido, los resultados son asombrosos. Tomemos una serie de antologías de poesías nacionales latinoamericanas que la editorial Visor, una de las más importantes en materia de poesía en nuestra lengua, ha publicado en la última década. Encargadas a expertos de cada país, esas antologías recogen la poesía del siglo XX en Cuba, México, Costa Rica, Argentina, Perú, Colombia, etcétera. El número de mujeres incluidas en ellas por país, revelando las injusticias en que toda antología incurre, es así: en la cubana, siete de treinta y tres poetas antologados son mujeres; en la chilena, cuatro de veinte; en la venezolana, tres de diecisiete; en la argentina, cinco de treinta y tres; en la mexicana, nueve de cuarenta y siete; en la peruana, dos de veintiuno; en la colombiana, dos de veintiuno; en la uruguaya –realizada por Rafael Courtoisie–, catorce de cuarenta poetas son mujeres.

Por otro lado, si se toma al azar una antología de poesía en lengua española, como Las ínsulas extrañas, que mostró el panorama de lo escrito de 1950 a 2000, se encuentran otros datos y sesgos interesantes. En este libro, publicado por Galaxia Gutenberg y seleccionado por los españoles José Ángel Valente y Andrés Sánchez Robayna, la peruana Blanca Varela y el uruguayo Eduardo Milán, solo Uruguay repite dos mujeres, con Ida Vitale e Idea Vilariño. Los poetas reunidos son noventa y siete, de los veintidós países cuya lengua oficial es el español –siendo veinte de ellos latinoamericanos–. Aquí hay que hacer un paréntesis, porque en esta reunión se adivina, solo por número, una inequidad entre los poetas latinoamericanos y los españoles. ¿Es real que un libro que pretende dar un panorama justo de lo escrito durante cincuenta años en dos decenas de países, uno de ellos, España, configure un tercio del total, con treinta y cinco poetas?

Vale la pena recordar que, desde los años ochenta, el Premio Cervantes se entregó mediante una fórmula injusta y absurda, que posiblemente deriva del poder de la industria editorial española, y que ha definido durante muchas décadas el canon de nuestra literatura: un año lo recibía un escritor español, y luego uno de cualquiera de los veinte países latinoamericanos. Eso al parecer se rompió este año con Ida Vitale, que sucedió a otro latinoamericano.

Ahora: la antología de poesía escrita por mujeres en lengua castellana más completa de los últimos años, también publicada por Visor, ofrece más datos interesantes. De nuevo, hay que dejar de lado el número de poetas de España, que en este caso es de veintiocho sobre un total de ochenta. El libro, compilado por las españolas Raquel Lanseros y Ana Merino, muestra otra vez que las poetas uruguayas son mayoría, con siete –aunque asombra la ausencia notoria de Circe Maia, que, con Ida Vitale, es quizá la poeta más destacada de Uruguay en el presente y una de las creadoras más fascinantes de la poesía contemporánea en español–.

En conclusión, si nos atenemos al siglo pasado, puede decirse sin problema que Uruguay es un país de poetas mujeres. En otras palabras, cada lector de poesía atento tiene seguramente, entre sus poetas de recurrente lectura, a alguna uruguaya. A comienzos del siglo XX, muchas generaciones se emocionaron con los versos de Sara de Ibáñez o Juana de Ibarbourou. Después, los libros de Idea Vilariño, Circe Maia o Marosa di Giorgio fueron biblias para muchas personas. Y más adelante aún, los de Silvia Guerra. Todo esto si se tienen en cuenta solo a quienes ya se han instalado como referentes ineludibles, porque para saber si las poetas uruguayas más jóvenes continúan con el mismo nivel de sus predecesoras aún faltan distancia y lecturas. Tiempo.

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A la izquierda, Idea Vilariño. A la derecha, Marosa di Giorgio. Fotos: Cortesía Adriana Hidalgo Editora

Es un hecho extraño, ya se dijo; una coincidencia maravillosa que Uruguay ostente esta característica. “Produce en abundancia jugadores de fútbol de nivel internacional y poetas”, ha dicho la experta en literatura uruguaya Jesse Lee Kercheval. Algunos han aventurado teorías al respecto. Una plantea el estado de bienestar: la sociedad uruguaya ha sido y es una de las más adelantadas de la región en muchos asuntos. Sin embargo, no está probado que eso guarde una relación directa con la producción poética. Y además esos adelantos, en relación con la mujer, han sido tardíos, como en muchos otros lugares del mundo, tal como lo analiza Magdalena García Pinto en el texto “Género y poesía en Uruguay”.

García toma como referente al historiador José Pedro Barrán y su emblemático libro Historia de la sensibilidad en el Uruguay para hablar sobre cómo, desde mediados del siglo XIX y comienzos del XX, diferentes reformas apuntaban a “civilizar” el país. Esas reformas buscaban “la distinción clara de clases y la institucionalización de la represión de las capas subalternas (…) la represión de las pulsiones, especialmente la pulsión sexual (…) y la división de trabajo y la creación de un cordón sanitario entre los sexos en cuestión de género”. Esto último destinó a las mujeres a ciertos espacios y actividades separados de los de los hombres. “La sensibilidad ‘civilizada’ usó el silencio, la discreción, el sigilo, el lenguaje velado para referirse a la sexualidad y, por extensión, a los actos del cuerpo”, escribió Barrán.

Como lo explica García Pinto, no fue una casualidad que en ese contexto aparecieran las dos primeras mujeres consideradas excelentes poetas en el país del sur, pertenecientes a la generación del 900: María Eugenia Vaz Ferreira y Delmira Agustini. Ambas, desde visiones diferentes, se hicieron relevantes con una poesía de la experiencia femenina fuerte, de avanzada.

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No hay que desconocer, entonces, que aquel ambiente permitió que las obras de estas dos poetas se desarrollaran de la manera en que lo hicieron. De Agustini dijo su contemporánea Alfonsina Storni que tenía una “feroz femineidad avasallante”, y de Vaz Ferreira dice Rafael Courtoisie que fue una mujer con un “núcleo nihilista e individualista”. Ya escribió Szymborska: “Somos hijos de la época”. Y un poeta, un gran poeta, como escribió T. S. Eliot, “al expresar lo que la gente siente también está transformando el sentimiento al hacerlo más consciente”.

Surge entonces una pregunta: ¿tener a dos poetas fundacionales tan fuertes, tan decididamente femeninas y feministas en su expresión, pudo avivar en Uruguay el nacimiento de otras poetas igual de excelentes?

Para muchas literaturas y países la respuesta a este interrogante es afirmativa, aunque las cosas no son tan simples. César Vallejo, por ejemplo, es el origen de la maravillosa poesía peruana que vino después de él. Pero es una causa limitada. No basta. En cuestión de genios, distribución y cantidad de ellos, la respuesta quizá sea la que ya se mencionó al comienzo, citando las palabras de Díaz-Granados: un “extraño privilegio”.

Hay algo que debe resaltarse de la cultura uruguaya: distintas generaciones literarias, algunas de ellas nacidas alrededor de inolvidables revistas literarias, con altísimos representantes, entre los que ha habido siempre poetas excelentes. Ya se mencionó la generación del 900. Más adelante surgió la del veinte, con Juana de Ibarbourou. Luego la del 45 o de Marcha, con Ida Vitale, Amanda Berenguer e Idea Vilariño. Después, en los años sesenta, la de la Crisis, con Marosa di Giorgio, Circe Maia o Cristina Peri Rossi. Y en las décadas de los ochenta y noventa, una generación de poetas en la que resaltan Tatiana Oroño o Andrea Blanqué.

Estas poetas han hecho grandes aportes a la literatura en lengua castellana, y en sus obras se pueden subrayar, mirándolas transversalmente, varias características. En muchas de ellas, por ejemplo, hay un profundo deseo por entender, desde sus poemas, la experiencia de ser mujer. Existe además una preocupación rebelde por el lenguaje; en otras palabras, hay una poderosa conciencia de la lengua y una voluntad incluso de irrespetarla, trabajarla, darle la vuelta. En tercer lugar, así como se lee un interés profundo en el cuerpo, con sus cambios, alegrías y dolores, hay también un foco en la filosofía. Sobresalen también obras centradas en mundos fantásticos. Hay otras en que lo que se exalta es la experiencia cotidiana. Por otra parte, se reconoce una tendencia afín al intimismo, entendido no como ese “intimismo femenino” del que se habla a veces de manera despectiva, sino más cerca de un intimismo del pensamiento, de la duda. Por último, existe una relación estrecha con el habla popular y coloquial, y por eso varias de estas poetas han sido también compositoras de grandes canciones, o sus poemas se han musicalizado e interpretado con éxito.

Vale la pena citar nuevamente a Eliot con estas palabras de su ensayo “La función social de la poesía”: “La poesía transforma el habla, la sensibilidad, las vidas de todos los miembros de la sociedad (…) lean y disfruten de la poesía o no, sepan o no los nombres de sus grandes poetas”. De ahí que se pueda decir que las poetas uruguayas transforman nuestra sensibilidad, porque lo vienen haciendo con la misma lengua. Son las verdaderas atacantes del verso, si se acepta un aforismo de Ida Vitale: “En poesía no acates: ataca”. Son, para usar unos versos de Paula Simonetti, poeta joven uruguaya, charcos de agua que sostienen el cielo; charcos de agua sucia, como solo puede ser la gran poesía: “Hay un charco de agua sucia / que sostiene / el cielo / Una nube que acaricia / el reflejo que deshago con un paso (…) Hay otra tarde en el charco / donde / otra mujer / me invita a ahogarme / No importa / No / Pero dependo de eso”. Todas, todos, dependemos de eso.

* Periodista y poeta

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