Una opción distinta al odio: una columna de Sandra Borda
Publicado: 15/04/2019
Por Sandra Borda

Una opción distinta al odio: una columna de Sandra Borda

Sandra Borda analiza lo que debería enseñarles a nuestros políticos la reacción Jacinda Ardern, la primera ministra de Nueva Zelanda, tras el atentado terrorista en su país.

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Jacinda Ardern, una mujer de treinta y ocho años, es la primera ministra de Nueva Zelanda. Hasta hace muy poco escasamente registraba en los medios de comunicación internacionales, pero de un momento a otro, debido a su reacción ante el brutal ataque en Christchurch, pasó a ocupar las primeras páginas de los principales periódicos del mundo. El gesto –cubrirse la cabeza con un hiyab– y su mensaje de respeto y unidad generaron una gran discusión sobre la forma en que reaccionamos al terrorismo.

Hace menos de cuatro años y con motivo de otro de esos muchos ataques terroristas, dije en una columna de El Tiempo que raras veces los gobiernos encuentran una fórmula para convertir la mezcla de impotencia, ira y dolor que producen este tipo de atentados en una política pública destinada a combatir efectivamente el terrorismo.

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La reacción de siempre, dije en ese entonces, es iniciar una cacería humana que lleve a la captura o eliminación de los responsables de estos ataques y adelantar una “guerra contra el terrorismo”, que normalmente se traduce en violaciones a los derechos humanos de migrantes. Así, se crea el caldo de cultivo perfecto para reclutar más terroristas y que se produzcan más atentados. El terrorismo y las guerras antiterroristas son parte del mismo fenómeno y se retroalimentan peligrosamente.

Por eso, que la primera ministra de Nueva Zelanda haya decidido no declararle la guerra al terrorismo después de la masacre en la mezquita de Christchurch en la que murieron cincuenta personas marca un punto de quiebre importante en ese hábito tan humano de responder a la violencia con violencia.

Tal como lo sugirió Masha Gessen en la revista The New Yorker, Jacinda Ardern ha reescrito el guion sobre cómo una nación procesa el dolor después de un ataque terrorista. Dos elementos fueron fundamentales en su reacción, y de ellos los líderes occidentales deberían aprender algo. En primer lugar, tristemente vivimos en un mundo en donde la gente asesina gente, y la ideología o la religión son, como dice Gessen, secundarias al impulso violento. Por eso, emprender una guerra contra civilizaciones completas por cuenta de un ataque de esa naturaleza es uno de los efectos más nefastos que conlleva hacer una generalización grosera. No todos los musulmanes ni todos los blancos son terroristas. (Aunque hay que decir que a los medios occidentales se les facilita más la generalización cuando el atentado es cometido por un musulmán. Los blancos tienden a ser tratados más como enfermos mentales que como terroristas).

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Increíble tener que decirlo, pero la reacción a atentados previos ha probado que los líderes políticos tienden a caer inevitablemente en esa trampa.

El segundo elemento de la reacción lo resume Gessen con gran elocuencia y vale la pena una traducción literal. Para describir la actitud de Ardern, dice: “Esto es lo que los líderes políticos hacen frente a una tragedia sin sentido: procesan el dolor con su pueblo, piensan con su pueblo y actúan en conjunto con su pueblo. Nada de esto requiere una declaración de guerra”. El odio que produce una masacre como la de Christchurch puede ser fácilmente correspondido con más odio, con venganza. Los políticos, en su calidad de líderes, están en condiciones de encausar el dolor de su gente y convertirlo en una fuerza que los una y los consolide como nación, o pueden usar ese mismo dolor para profundizar un discurso de odio y revancha. Son momentos emocionales colectivos en que el espíritu de una nación pende de un hilo, y la forma en que los líderes decidan encausar el trauma es fundamental.

Jacinda Ardern tomó la decisión de orientar el dolor de su nación de una forma constructiva. Decidió usar este dolor para reafirmar la condición diversa de su sociedad y para aclarar que los únicos para quienes no hay espacio allí son los violentos –cualquiera sea su raza, ideología o religión–. Decidió que ese no era un momento para construir una narrativa que enfrentara a sus ciudadanos contra alguien; decidió no profundizar las diferencias y, al contrario, aprovechó la oportunidad para atenuarlas. Decidió no explotar política y electoralmente la rabia y la frustración. En esta reacción puede estar la fórmula para derrotar al terrorismo: en no darle nombre, en no permitir que se constituya en posibilidad para reclutamiento, en no dejarlo alimentar el odio.

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