"Historia de la violencia": la traumática experiencia de ser violado, por Édouard Louis
Publicado: 25/04/2019
Por Édouard Louis

"Historia de la violencia": la traumática experiencia de ser violado, por Édouard Louis

La madrugada de un 25 de diciembre, cuando regresaba a casa tras cenar con sus amigos más íntimos, Louis se encontró casualmente con un desconocido y lo invitó a su apartamento. Unas horas más tarde, el hombre lo violó e intentó estrangularlo. ARCADIA presenta en exclusiva un fragmento del nuevo libro del escritor francés, que estará en la FILBo 2019.

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Uno

Así que, unas horas más tarde de eso que la copia de la denuncia que guardo doblada en cuatro en el cajón llama tentativa de homicidio, salí de casa y bajé la escalera.

Crucé la calle bajo la lluvia para llevar a lavar las sábanas a noventa grados en la lavandería, ahí abajo, a menos de cincuenta metros de la puerta de mi vivienda, con la espalda curvada por la bolsa de ropa, demasiado voluminosa, demasiado pesada, y las piernas que flaqueaban bajo su peso.

Aún no era completamente de día. La calle estaba vacía. Estaba solo y caminaba a trompicones, no tenía que dar más que unos pocos pasos y sin embargo la prisa me hacía llevar la cuenta: Medio centenar de pasos más, vamos, una veintena más de pasos y habrás llegado. Me apresuraba. También pensaba, impaciente ante el futuro que de alguna manera enviaría, ubicaría, reduciría aquella escena al pasado: En una semana te dirás: Hace ya una semana que ocurrió, vamos, y en un año te dirás: Hace ya un año que ocurrió. La lluvia helada, no un chaparrón sino una lluvia muy fina, minúscula, desagradable, empapaba la tela de mis zapatos y el agua se filtraba hasta las plantillas y el tejido de los calcetines. Tenía frío, y pensaba: Él podría regresar, él va a volver, ahora estoy condenado a errar, él te ha condenado a errar. En la lavandería estaba el gerente del establecimiento, bajito, rechoncho. Su busto sobresalía por encima de las máquinas alineadas. Me preguntó si estaba bien, le respondí No, con tanta dureza como fui capaz. Esperé su reacción. Quería que reaccionara. Él no quiso saber más, se encogió de hombros, volvió la cabeza, entró en su angosto despacho disimulado tras las secadoras y yo lo detesté por no haberme preguntado.

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Regresé a casa con la ropa limpia. Subí la escalera sudando. Volví a hacer la cama, parecía seguir impregnada del olor de Reda, así que encendí unas velas, quemé incienso; no era suficiente; agarré el ambientador, el desodorante, también el perfume que había recibido por mi cumpleaños, colonia, y rocié con ellos las sábanas, enjaboné las fundas de las almohadas aunque acababa de lavarlas, el tejido escupía el agua jabonosa en forma de pequeñas pompas superpuestas, agrupadas. Enjaboné las sillas de madera, pasé una esponja empapada por los libros que él había manoseado, froté los pomos de las puertas con toallitas antisépticas, limpié de polvo minuciosamente y una a una las láminas de madera de las persianas, desplacé e intercambié de lugar las pilas de libros depositadas en el suelo, abrillanté la armazón metálica de la cama, rocié con un producto con aroma a limón la superficie lisa y blanca del frigorífico; no podía parar, como impulsado por una energía cercana a la locura. Pensé: Más vale estar loco que muerto. Fregué la ducha que él había utilizado, eché varios litros de lejía en el retrete y en el lavabo (por lo menos más de dos litros, es decir, una botella de litro y medio todavía llena y otra que estaba a medias), fregué todo el cuarto de baño; era absurdo hasta el punto de limpiar el espejo en el que él se había mirado, o mejor, admirado, aquella noche, y de tirar a la basura toda la ropa que él había tocado, porque lavarla no hubiera sido suficiente; no sé por qué era suficiente en el caso de las sábanas pero no en el de mi ropa. Fregué el suelo, a cuatro patas, el agua humeante me quemaba los dedos, la bayeta iba arrancándome tiras delgadas y rectangulares de la piel reblandecida, que se enroscaban sobre sí mismas. Hacía una pausa, inspiraba profundamente, en realidad olisqueaba como un animal, me había convertido en un animal rastreando aquel olor que parecía no desaparecer pese a mis esfuerzos; su olor no se iba y llegué a la conclusión de que no estaba en las sábanas ni en los muebles, lo llevaba encima. El problema venía de mí. Me metí en la ducha, me lavé una, dos, tres veces y continué haciéndolo. Usaba jabón, champú, acondicionador, para perfumar mi cuerpo todo lo posible, era como si su olor se hubiera incrustado en mí, dentro de mí, entre la carne y la epidermis, y me rascaba por todas partes con las uñas, me restregaba, con fuerza, encarnizadamente, para llegar a las capas internas de mi piel y librarlas de su olor, maldecía, Puta mierda, y el olor persistía, dándome aún más náuseas, mareándome.Deduje: El olor está en el interior de la nariz. Sientes el olor del interior de tu nariz. El olor está bloqueado en mi nariz. Salí del cuarto de baño, regresé a él y vertí suero fisiológico en mis fosas nasales; solté aire por ellas, como cuando te suenas, con el propósito de que el suero se extendiera por su interior, ése era el efecto que quería producir, no sirvió para nada; abrí las ventanas y salí en busca de Henri, el único amigo que estaba despierto a las nueve o a las diez de aquella mañana del 25 de diciembre.

Es mi hermana quien describe la escena a su marido.

Estoy escondido detrás de la puerta y oigo su voz y la reconozco a pesar de tantos años de ausencia, su voz en la que se mezclan siempre la furia y el resentimiento, también la ironía, la resignación.

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Llegué a su casa hace cuatro días. Había imaginado ingenuamente que una estancia en el campo era la única manera de reponerme de la fatiga y del abatimiento por mi modo de vida, pero apenas hube puesto un pie en esta casa y arrojado mi bolsa de viaje sobre el colchón, apenas abrí la ventana de la habitación, que da al bosquecillo y a la fábrica del pueblo colindante, comprendí que había cometido un error y que regresaría aún más melancólico y más deprimido por el aburrimiento.

Hace dos años que no venía a verla. Cuando me reprocha mi ausencia, suelto una excusa vana como «Debo hacer mi vida», e intento decirlo con la suficiente convicción como para hacer recaer la culpabilidad sobre ella.

Pero no sé qué hago aquí. Ya la última vez, montado en el mismo coche que esta semana, ese coche que me pone enfermo con su olor a tabaco frío, y viendo desfilar del otro lado de la ventanilla los mismos campos de maíz y de colza, las mismas extensiones de remolacha de azúcar, que apestan, la hileras de casas de ladrillos, los repugnantes carteles del Frente Nacional, las pequeñas iglesias siniestras, las gasolineras abandonadas, los supermercados mohosos, destartalados, plantados en medio de los pastizales, ese paisaje deprimente del norte de Francia, noté que me invadía la náusea. Comprendí que me sentiría solo. Me marché diciéndome que detestaba el campo y que no regresaría nunca. Y este año he vuelto. Y hay otra cosa. No es sólo porque inevitablemente a los cinco minutos de tu llegada ya estáis discutiendo por qué no vienes, he pensado al llegar, cuando estaba en su coche, cuando cantaba por no hablar, no es sólo porque todo, en sus modales, en sus costumbres, todo en su forma de pensar te agrede y te exaspera. No consigues verla desde que te diste cuenta de la facilidad y la indiferencia con que la desdeñas, a menudo con dureza porque esperas que ella te secunde en tu esfuerzo por abandonar. Ahora ella lo sabe. Sabe de la frialdad de que eres capaz y te avergüenzas. Por más que no haya razón para ello, porque tienes derecho a abandonar, sientes vergüenza. Sabes que visitarla te fuerza a enfrentarte a tu crueldad. A lo que la vergüenza te hace llamar «tu crueldad». Sabes que estar con Clara te obliga a mirar aquello de ti que no quieres ver y que por eso estás resentido con ella. No puedes evitar estarlo.

Desde la última visita, y por un vago sentimiento de obligación familiar, sólo le he enviado algunos SMS y algunas postales muy formales elegidas al azar, que ella ha pegado con imanes en el frigorífico, postales garabateadas rápidamente en algún banco callejero o en la mesa de un café, «Besos desde Barcelona. Hasta pronto, Édouard» o «Recuerdos desde Roma, un tiempo estupendo»; puede que en realidad lo haya hecho más que para mantener una relación, como he querido creer, para recordarle la distancia que nos separa y para hacerle saber que ya me encuentro lejos de ella.

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Su marido ha vuelto del trabajo. Desde donde estoy puedo verle los pies. Clara y él están en el salón, yo estoy en la habitación contigua. La puerta está entreabierta unos cuatro o cinco centímetros, escucho sin que ellos puedan verme, oculto y de pie, tenso tras la puerta. No puedo verlos, sólo escucharlos, no distingo más que los pies de él, pero adivino que ella se ha sentado en la silla, enfrente. Él escucha sin moverse y ella habla.

«Me ha dicho algo así como que no conocía casi nada de él salvo su nombre: Reda.»

Didier y Geoffroy aseguran que me mintió y que me dio un nombre inventado. No lo sé. Me empeño en no pensarlo, cada vez que lo pienso me esfuerzo en desviar mi atención. Me concentro en otra cosa, como si quisiera que, entre todo lo que me ha quitado, al menos me hubiera dejado eso, y me obligo a mí mismo a convencerme de que saber esas cuatro letras podría parecerse a una revancha o, si esa palabra es demasiado fuerte, a tener un poder sobre él, un poder nacido de ese conocimiento. No quiero haber perdido a todos los niveles. Cuando evoco esta historia en mi círculo y se me objeta que evidentemente él no me dio su nombre auténtico, y que adoptar un nombre falso, en un caso como éste, en circunstancias como éstas, es incluso una técnica clásica, me invade un sentimiento de irritación y agresividad del que no logro desprenderme, esa idea me parece insoportable y de pronto me vuelvo agresivo, querría gritar, hacer callar a mi interlocutor, zarandearlo.

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«Me lo ha repetido esta mañana. Habíamos ido a la panadería y le pedí que me lo contara de nuevo», y, efectivamente, en el camino le dije que cuando Reda me había apuntado con su revólver, puesto que ésa era la escena que ella quería que le contara una y otra vez, cuando me había apuntado con su revólver, la pregunta que yo me hacía ya no era ¿Va a matarme?, porque en ese momento no me cabía ninguna duda de ello, era irreversible, iba a matarme y yo iba a morir, aquella noche, en mi habitación; yo me plegaba a las circunstancias con esa capacidad del individuo para plegarse y adaptarse a todas las situaciones, basta con mirar la Historia, los hombres se ajustan incluso a los contextos más contra natura y más atroces, se adaptan —lo cual, le dije a Clara con mi tendencia a las declaraciones grandilocuentes, es al mismo tiempo la mejor y la peor noticia para la humanidad pues significa que basta cambiar el mundo para cambiar a los hombres, o en todo caso a la mayoría de ellos, y Clara no escuchaba, no es necesario cambiarlos uno por uno, eso llevaría demasiado tiempo, los hombres se adaptan, no se resisten, se adaptan. La cuestión no era pues Va a matarme sino más bien Cómo va a matarme, a saber: ¿Me pondrá su bufanda alrededor del cuello para estrangularme?, o: ¿Agarrará alguno de los cuchillos sucios de mi fregadero?, o: ¿Apretará el gatillo de ese revólver?, o: ¿Hará algo que ni siquiera puedo sospechar? Yo no esperaba escapar, ni sobrevivir, sólo morir de la manera menos dolorosa posible. Más tarde, la policía o Clara me felicitaron por mi valentía, y nada me pareció más contrario y ajeno a esa noche que una noción como la de valentía. Él retrocedió varios pasos, sujetando firmemente la culata de la pistola. Extendió el otro brazo, el que no sostenía el arma, sin quitarme los ojos de encima, y tanteó en el montón de ropa apilada sobre la silla del escritorio. Cogió de nuevo la bufanda. Yo pensé: Va a estrangularme de nuevo. Sin embargo, cuando volvió a acercarse a mí no intentó estrangularme, como había hecho hacía unos minutos, antes de sacar el revólver. No echó sus manos a mi cuello. Esta vez intentó atarme, agarró mi brazo derecho, intentó sujetarme el otro para atarme con la bufanda, recuerdo el olor a transpiración que desprendía y también el olor a sexo. Yo me debatía, le impedía hacerlo, y tenía tanto miedo, pensaba: No quiero morir, una frase tan triste, trágicamente banal. Lanzaba gritos débiles, por supuesto no gritaba muy fuerte. No hubiera corrido ese riesgo. Siempre calmadamente, lo más calmadamente posible, le pedía No hagas eso. Resistía y él no conseguía su propósito y repetía sin parar, cada vez más fuerte, Voy a ponerte mala cara, Voy a ponerte mala cara (ponerme mala cara no en el sentido en que comúnmente se entiende, sino ponerla en el sentido de ocuparse de ella, es decir, en ese contexto, de rompérmela), Voy a ponerte mala cara, Voy a ponerte mala cara. Gritaba. Yo esperaba que algún vecino nos oyera, que llamara a la policía, Pero si aparece la policía es posible que el miedo a ser detenido precipite sus actos y que me mate de golpe, en un ataque de pánico, cuando oiga las voces de los policías gritando a través de la puerta algo como: Policía, abran de inmediato. Como no había logrado atarme, agarró de nuevo la pistola, que había guardado momentáneamente en el bolsillo interior de su abrigo de imitación de cuero, tiró la bufanda al suelo o se la puso en el cuello, no lo sé, y me arrojó contra el colchón.

*

La mañana del 25, apenas unas horas después de aquella escena, caminé y corrí hasta casa de Henri, y por el camino todavía pensaba: Dentro de una semana te dirás: Hace ya una semana que ocurrió, vamos, y en un año te dirás: Hace ya un año que ocurrió. Acababa de llegar al descansillo cuando me abrió la puerta. Debía de haber oído el ruido de mis pasos. Quise refugiarme en sus brazos, pero en un primer momento me contuve, ¿por qué razón?, no sabría decirlo.

Le dije a Clara: «No es que yo pensara que pudiera ser peligroso.» Inmediatamente después de aquella noche con Reda, todavía no creía lo que llegué a creer más tarde durante meses, que todo el mundo podía potencialmente convertirse en peligroso, incluidas las personas que me eran más cercanas; que cualquiera podía caer en una locura homicida, verse dominado de golpe por un deseo de destrucción y de sangre, y atacarme, sin previo aviso, incluso Didier y Geoffroy, mis dos amigos más íntimos; sin embargo ante Henri algo me retenía. Nos quedamos paralizados, y durante esos instantes en los que el tiempo se detuvo sentí que él me escrutaba y me analizaba, discretamente, en busca de signos que pudieran darle pistas sobre la razón de mi presencia allí, tan temprano, un día tan inesperado como aquél. Sus ojos me barrían, recorrían mis cabellos sucios, grasos, mis ojos rodeados de ojeras, extenuados, mi cuello constelado de marcas violeta, mis labios púrpura, hinchados. A medida que iba advirtiendo las huellas, su rostro se desencajaba; recuerdo mis repetidas duchas antes de ir a casa de Henri, y sin embargo me acuerdo con toda exactitud de que tenía el cabello sucio cuando estaba en su casa. Me invitó a entrar. Él iba detrás de mí y mientras avanzaba sentía su mirada clavada en mi nuca. Yo no lloraba. Entré en su apartamento. Había fotografías enmarcadas encima de los muebles, y un gran retrato suyo, acristalado, detrás del sofá. Me senté y Henri preparó café. Volvió de la cocina con dos tazas en las manos, que le temblaban debajo de los platillos; me preguntó si quería hablar, le dije que sí. Describí a Reda, de entrada sus ojos marrones y sus cejas negras, comencé por sus ojos. Su rostro era liso. Sus rasgos eran a la vez suaves y marcados, masculinos. Cuando sonreía se le formaban hoyuelos, y sonreía mucho. La copia de la denuncia que guardo en mi casa, redactada en un lenguaje policial, señala: Tipo magrebí. Cada vez que le echo un vistazo esa frase me exaspera, porque sigo oyendo el racismo de la policía durante el interrogatorio del 25 de diciembre, ese racismo compulsivo que, al fin y al cabo, parecía ser el único elemento que vinculaba a los policías entre sí, el único, con sus uniformes demasiado ajustados, el elemento sobre el que se fundaba su uniformidad aquella noche, puesto que para ellos «tipo magrebí» no indicaba un origen geográfico sino que quería decir «gentuza», «gamberro», «delincuente». Hice un rápido retrato de Reda al agente de policía cuando me lo pidió y, de golpe, éste me interrumpió: «Ah, quiere decir tipo magrebí.» Se lo veía triunfal, estaba no diré que muy feliz, sería exagerar, pero sonreía, encantado, como si yo hubiera admitido algo que él intentaba hacerme decir desde mi llegada; como si yo le hubiera aportado al fin la prueba de que desde siempre él vivía del lado de la verdad, repetía: «Tipo magrebí, tipo magrebí», y entre frase y frase volvía a decir: «Tipo magrebí, tipo magrebí.» Antes de acostarme en su cama, le conté a Henri lo sucedido esa noche. Él me señaló su habitación, en el altillo, y subí para echarme a dormir. No había dormido desde hacía mucho, salvo durante las pocas cabezadas con Reda.

Traducción del francés de José Manuel Fajardo


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