El imbatible valor de lo obvio: 'Toda una vida', de Robert Seethaler
Publicado: 29/05/2019
Por Camilo Hoyos

El imbatible valor de lo obvio: 'Toda una vida', de Robert Seethaler

Una reseña de “Toda una vida”, de Robert Seethaler.

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Cuando leemos acerca de vidas supuestamente insignificantes, comprobamos el imbatible valor de lo obvio. La vida normal de Andreas Egger, protagonista de Toda una vida, de Robert Seethaler, transcurre en ciento treinta y nueve páginas llenas de frío, soledad montañosa y nieve, y no hay página en que no sintamos el rocío de la mañana y la rigidez que el hielo produce en las botas de cuero. En la desolación de la montaña y su frío, parecemos volver a lo básico para poder formar parte del todo. Algo así le ocurre al protagonista: la vida de Egger transcurre con la misma obstinación de la piedra que se desliza en medio de la avalancha o del pino que cede ante el hacha. Seethaler recrea la acumulación de pequeños instantes de la cotidianidad de la montaña, liberada de cualquier juicio sobre la vida retratada, para mostrar lo que parece ser el lento paso del tiempo que, sin embargo, apura su devenir para la próxima llegada del invierno.

Andreas Egger llega como un estorbo a la vida de unos familiares hacia 1902, y no como un niño, sino como una criatura destinada a trabajar. A los pocos años, su nuevo responsable le golpea tan fuerte una pierna que le fractura un fémur y le causa una cojera de por vida. Con los años se vuelve fuerte y musculoso, pero lento: “Pensaba despacio, hablaba despacio, caminaba despacio, pero cada pensamiento, cada palabra y cada paso dejaban un rastro justo donde, a su juicio, debían dejarlo”. Cuando en su adolescencia lo expulsan de la granja, toma cualquier trabajo que resulte a la redonda, que incluya usar la guadaña, la orca de heno, el hacha que le enseñó en qué dirección hay que cortar la madera y la maestría de reconocer dónde colocar la cuña. Se aprende de memoria todos los senderos de la montaña, y gracias a su poco temor por cualquier cosa salvaje termina trabajando para la compañía encargada de llevar el teleférico a la región: es decir, el progreso, los turistas y los avances. Se dedica a dinamitar la piedra para crear los fosos donde irían los postes del teleférico, a la vez que a abrir agujeros en el granito en los que enrosca tornillos de fijación del tamaño de un antebrazo, que luego deben soportar el peso de un cable metálico por donde pasaría el progreso.

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Cuando estalla la guerra, se entrega al ejército, únicamente para ser capturado por los rusos a los dos meses y permanecer prisionero durante ocho años. El regreso a su pueblo natal, anclado en la montaña, le muestra lo que nunca sintió pero siempre le acusó: que forma parte de otro tiempo, de otro mundo y de otra manera de vivir la montaña. Así, se cierne el invierno sobre el valle, y pasa una vida como pasan las primaveras sobre los pinos y el otoño sobre los abedules.

Puede que la vida de Egger resulte sosa, o acaso aburra a más de uno por su falta de acción: pero su vida no parece ser lo que vive, sino más bien aquello que ocurre entre los instantes que la conforman. La quietud del personaje parece ser únicamente comprendida por la latencia que implica formar parte del bosque: al acostarse sobre la nieve, siente las ondulaciones en su cuerpo que le enseñan que la montaña respira. Si la novela retrata la llegada del progreso del siglo XX a los lugares que el XIX consideró impenetrables, también es un homenaje a esos outsiders de la naturaleza que, sin necesariamente querer vivir en el ostracismo, pierden su orientación vital cuando la llegada del tiempo obliga a cambiar las prácticas, las costumbres y las cotidianidades. Esta novela nos demuestra la relación entre el hombre y la naturaleza, y se apoya en el lenguaje poético y las descripciones naturales para transportarnos a otro lugar, a otro sentir del tiempo.

En alguna página un jefe le dice a Egger: “Se pueden comprar las horas de un hombre, robarle los días o arrebatarle toda su vida. Pero nadie puede quitarle a un hombre ni un solo instante.” La novela se encarga de demostrarlo.

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Toda una vida
Robert Seethaler
Salamandra | 2017.


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