Santiago Cañón, el niño prodigio del violonchelo
Publicado: 29/05/2019
Por Alexander Klein*

Santiago Cañón, el niño prodigio del violonchelo

A principios de mayo este violonchelista colombiano radicado en Kronberg, Alemania, se presentó en Bogotá con la Orquesta Filarmónica. Esto nos permitió concluir una vez más que, por más anacrónico que suene, estamos ante un prodigio de la música académica contemporánea.

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En el mundo de la música clásica o académica hay pocos calificativos tan utilizados y reutilizados como “prodigio”, esa palabra que trae a la mente figuras de niños descrestando a reyes, presidentes o públicos de todo tipo con habilidades precoces que parecen sobrenaturales. El máximo ejemplo en la historia es Wolfgang Amadeus Mozart, aunque también es bien conocida un anécdota de Ludwig Van Beethoven según la cual su padre mentía sobre su edad real y lo presentaba como un segundo Mozart en las cortes europeas. Esa actitud contribuyó no poco a crear tensión entre un padre y un hijo que tuvieron una relación tan tormentosa como los pasajes más dramáticos de la Quinta sinfonía o la Sonata patética.

La obsesión social por la figura del prodigio sigue bastante viva. Por eso cuando se habla del violonchelista colombiano Santiago Cañón Valencia, que tiene veintitrés años, se habla de un niño prodigio del siglo XXI, aunque al propio Santiago, con la modestia que caracteriza a los artistas que nunca pierden conciencia de su humanidad, no le guste que lo llamen así. Según él, “un prodigio es un artista como Leonardo Da Vinci”.

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Lamentablemente para Santiago, un resumen de su propio recorrido artístico es suficiente para que la palabra “prodigio” lo persiga: su debut profesional fue en 2002, a los seis años, como solista de la Orquesta Filarmónica de Bogotá, a lo que le siguió una pléyade de conciertos, concursos y premios importantes y difíciles. Entre estos últimos hay que mencionar el primer galardón de los concursos de Beijing (2010) y el Carlos Prieto (2016), a los cuales se suman puestos de honor en el concurso Gaspar Cassadó (2013) y Pablo Casals (2014), y nada menos que el tercer puesto en la competencia Queen Elisabeth de Bélgica (2017), una de las más prestigiosas y difíciles del mundo. Aún con la modestia que lo caracteriza, Santiago ha declarado que este último certamen ha sido uno de los principales desafíos de su vida.

No hay duda de que ese sentido de humildad, una ética de trabajo que le heredó su madre, Rocío Valencia, y sus primeros maestros –entre quienes está el chelista polaco Henryk Zarzycki–permitieron que Cañón se convirtiera en el primer músico latinoamericano en ingresar a la Academia Kronberg de Alemania, logro que debe sumarse a un pregrado en la Universidad de Waikato (Nueva Zelanda) y un posgrado en la Southern Methodist University de Dallas,Texas (Estados Unidos), sin mencionar decenas de recitales en festivales y auditorios en el mundo.

Para sobrellevar una vida así, dedicada de lleno al arte, siempre es conveniente para el artista estar legítimamente enamorado de su instrumento y tener mentores que lo guíen en un camino y en un ambiente de trampas y pesadumbres que ha sido vívidamente descrito por cronistas como Blair Tindall en su reconocida Mozart in the Jungle.

En cualquier caso, Cañón parece estar salvaguardado, pues cuando se le pregunta sobre su instrumento, siempre es categórico al responder que el violonchelo es único, pues es el que más se parece a la voz humana, y su amplia paleta de contrastes le permite alcanzar todos los registros con una variedad de timbres distintos. “Me encanta la calidad de sonido que produce, [pues dependiendo] de cómo se toque puede ser muy dulce, aterciopelado, fuerte, potente, estridente, suave, casi como un susurro… En fin, es un instrumento muy versátil que se presta para hacer todo tipo de música”.

Santiago Cañón, sin embargo, sabe que la versatilidad de su instrumento depende de su intérprete, y él mismo ha sacado a relucir esa versatilidad en grabaciones y recitales en que ha tocado música de prácticamente todas las épocas y de varios géneros, incluyendo aquellos menos ortodoxos para el chelo como lo son la música folclórica de Colombia y el metal. Si el famoso chelista Yo-Yo Ma ha sido considerado por muchos críticos “el camaleón” del chelo, es evidente que en Santiago Cañón hay otro camaleón que le está siguiendo el paso al artista japonés, a quien el chelista colombiano admira profundamente.


Santiago es de los pocos chelistas en el mundo que hacen exactamente lo que quieren con su musicalidad.

La lista de admiradores de Santiago Cañón, además, cada día es más larga, y entre ellos se cuentan varios de los chelistas colombianos más prestigiosos y experimentados, como lo son Camilo Benavides, jefe de violonchelos de la Orquesta Filarmónica de Bogotá, y Cecilia Palma, violonchelista de la misma orquesta. En palabras de Benavides: “La primera vez que lo oí, cuando era un niño, [noté que] tenía una facilidad, un talento y una musicalidad increíbles. Y lo único que ha hecho desde entonces es madurar y lograr lo que él ha querido con su instrumento. Yo creo que es de los pocos chelistas en el mundo que hacen exactamente lo que quieren con su musicalidad”.

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Haciéndoles eco a esas palabras, la chelista Palma tampoco se queda corta en elogios. Al haber seguido la carrera de Cañón desde que tenía ocho años, Palma declara estar segura de que Santiago está “entre los mejores chelistas del mundo y va a hacer un papel muy importante en la historia del chelo, porque su evolución ha sido muy grande en muy poco tiempo”.

Como lo han dicho algunos críticos en el mundo sobre la técnica de Santiago Cañón, Cecilia Palma afirma que una de las fortalezas del chelista colombiano es una “paleta de colores y una calidad y cantidad de sonido que él crea a pesar de no tener un violonchelo antiguo, como cualquier otro solista de su talla (…). A Cañón parecería no hacerle falta, pues cuando toca, uno no se da cuenta de que está tocando un chelo moderno”.

A pesar de estos y otros múltiples elogios que Santiago Cañón recoge cada día, él reconoce, por más asombroso que parezca, que su carrera aún está en su infancia. “El camino es largo y todavía hay bastante por hacer”.

Por ahora, el chelista está enfocado en conciertos que ya tiene programados. A principios de mayo se presentó en Bogotá con la Orquesta Filarmónica de la ciudad. En julio lo hará con la Orquesta Sinfónica Nacional y luego con diversos músicos y agrupaciones en Europa, sin mencionar múltiples festivales en Zagreb, México y el Festival Mecklenburg Vorpommern, en Alemania, uno de los más prestigiosos de su género.

Como ciudadano colombiano que es, Cañón tampoco ha perdido de vista lo que sucede en la escena musical en Colombia que, en el caso de Bogotá –y esto hay que decirlo, gústenos o no–, recibió un impulso muy valioso en 2013 con la creación de varias agrupaciones juveniles adscritas a la Orquesta Filarmónica de Bogotá durante la alcaldía de Gustavo Petro. En palabras del propio Cañón: “El ambiente [en Bogotá] ha mejorado muchísimo y las posibilidades que tienen los jóvenes músicos son muy grandes. La creación de orquestas juveniles, de programas de enseñanza musical a nivel de escuelas y colegios, es muy importante, y tenemos muy buenos resultados. Hoy hay muchos jóvenes estudiando en el exterior y cumpliendo sus sueños. Pero pienso que los conservatorios o escuelas de música deben darles a los estudiantes más oportunidades de tocar públicamente; no solo para sus exámenes. Mi experiencia en Nueva Zelanda fue maravillosa porque todos los estudiantes de música teníamos presentaciones públicas al menos tres o cuatro veces a la semana. La universidad tenía convenios con museos, bibliotecas, diferentes salas, colegios, y poder presentarse tantas veces ante un público da confianza y seguridad”.

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En un país tan indiferente y en un medio con tantas carencias materiales como la música académica en Colombia, soñar no cuesta nada. Aun así, todavía hay quienes soñamos con que la Cruz de Boyacá y el Escudo de Antioquia –solo por mencionar dos premios notables– les sean concedidos no a políticos ni a reguetoneros de paso, sino también a artistas consumados como Santiago Cañón, que le está dando gloria a Colombia en el planeta sin recibir apoyo alguno del gobierno, y sí de generosos patrocinadores que han creído en él desde que era pequeño.

Quizás importa que Cañón sepa que los colombianos de a pie, y quienes como él ejercemos la hermosa profesión de la música, somos quienes más creemos en él y quienes más orgullosos estamos de sus extraordinarios logros.

*Músico e historiador. Profesor de cátedra de la Universidad de los Andes

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