Humboldt y la representación de la naturaleza, por Andrea Mejía
Publicado: 29/05/2019
Por Andrea Mejía*

Humboldt y la representación de la naturaleza, por Andrea Mejía

Toda la ciencia de Humboldt viene de la plenitud de su presencia, del ardor de su observación y su atención, del amor con que consignaba las formas transitorias de la naturaleza. Hay algo sublime en su entrega a la physis, a esa cripta inmensa bajo la que se esconde el ser de todo lo que es.

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"La naturaleza ama ocultarse”. Es un fragmento de Heráclito. La palabra para naturaleza es physis, que puede ser una palabra para “todo”; todo lo que es y lo que hay, pero no como una bolsa de cosas y de objetos, sino como un proceso creador, la fuerza por la que crece lo que crece, nace lo que nace y muere y se descompone lo que deja su forma pasajera para buscar otras formas, transita como polvo, como humus, como el calcio radiante y blanco de nuestros huesos que antes ha sido otra cosa: osamentas de inmensos animales marinos prehistóricos, y antes, mucho antes de eso, encontró la forma en otra parte, fuera de la Tierra, en las estrellas que, vistas en las noches, son radiantes y blancas también, de un blanco espectral, como si fueran huesitos colgados de un gran móvil.

Técnicas de la naturaleza

Physis es todo lo que es, incluyendo lo que ha sido fabricado por los humanos que son, también ellos, también nosotros, physis, materia, naturaleza, parte de “todo”. La técnica, los dispositivos construidos por una humanidad optimista y ansiosa, las hélices y las turbinas y los motores, los aceleradores de partículas y las bombas nucleares, el más humilde cepillo de dientes, la más modesta cuchara, las herramientas infinitas que coleccionamos y que usamos mil veces en un día, incluso en un día de pícnic, son también naturaleza, porque desde una perspectiva muy amplia, ella incluye esos objetos, los cobija; y porque algo en nuestra forma de hacer imita los procesos de la naturaleza, las “técnicas de la naturaleza”, una expresión que aparece numerosas veces en la Crítica del juicio, de Kant, el libro más bello jamás escrito sobre la relación entre el arte y la naturaleza.

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Por supuesto, aunque desde esa perspectiva amplia y abarcadora –metafísica también– la naturaleza incluya a la técnica en lugar de ser ese pequeño espacio que retrocede y se rinde ante el avance de las fuerzas “puramente” humanas, hay, desde otra perspectiva, una diferencia –un salto mortal en verdad– entre técnica y naturaleza. Entre producción y génesis. Entre una máquina y un animal o una planta. Entre una tostadora y un escarabajo. Entre un termitero y una central termonuclear. Y bajo ese salto mortal corre un abismo que muchos filósofos, artistas y científicos han tratado de rodear y comprender, y que otros han tratado simplemente de borrar. “Un árbol solo engendra un árbol”. Esa frase, boba en apariencia, de la Metafísica de Aristóteles, alberga todo un problema, si por “problema” ha de entenderse un nido de estupor y asombro.

Hay un salto también entre las técnicas de la naturaleza y la técnica humana. Quizá se trata de una diferencia que no solo es de grado, porque Hidroituango no es solo más grande que la presa construida con troncos por un castor; no solo cambia la dimensión de los medios empleados y de los efectos producidos: el exterminio de un río en el caso de Hidroituango. A lo mejor hay algo completamente distinto en la naturaleza misma del acto. En todo caso, las fuerzas tecnológicas humanas han llegado a un punto en que son capaces de alterar la naturaleza a un nivel, al menos por ahora, planetario. Se trata de una fuerza diminuta en comparación con las grandes fuerzas del cosmos y, sin embargo, esa pequeñez no deja de ser inquietante desde que el ser humano domina o cree dominar las fuerzas atómicas.

Arte y naturaleza

Los procesos naturales se cristalizan en flores, dalias, gardenias y tulipanes, en piedras opacas y traslúcidas, en conchas, en corazas increíbles de insectos, en troncos labrados por el agua, en líquenes y musgos y hongos. La naturaleza como proceso alienta los mares, los ríos y las tormentas, los volcanes y las montañas, el hielo azul y extenso, los bosques y las selvas que comunican por debajo de la tierra, el movimiento silencioso del desierto.

El arte, para simplificar, es una extrañísima rama de la técnica que pone en juego fuerzas espirituales. Las relaciones complejas y oscilantes entre arte y naturaleza han sido exploradas en los diarios de Paul Klee, en la bomba de miel de Joseph Beuys, en las piedras y los árboles de Giuseppe Penone y del arte povera en general, o en el Land Art, en las esculturas efímeras de Andy Goldsworthy y las caminatas de Richard Long, en el campo de relámpagos de Walter De Maria, en las figuras de polen dorado y resplandeciente de Wolfgang Laib. En todas las ramificaciones y antecedentes de estas búsquedas se ha alimentado una “relación” íntima con la naturaleza, irónica y aguda también, reproduciendo sus ritmos, usando sus productos, instalando obras “en” ella, intentando hacer eco de sus labores misteriosas.

Naturaleza y pobreza de la experiencia

La Crítica del juicio, de Kant, inspiró a Goethe, a Humboldt, a Schelling, a toda una corriente a veces comprendida como “romántica”, con una concepción “romántica” de la naturaleza. Romántica quizá porque se enfrentó a una noción mecanicista que suele situarse en Newton. Pero tan poco tiene Newton de frío mecanicista como Goethe o Humboldt de meros románticos. Basta leer la Óptica, de Newton: como observador de la naturaleza estaba cargado de una sensibilidad extraordinaria y buscaba hacer corresponder su lenguaje, matemático y poético, al asombroso orden móvil de la naturaleza y a la riqueza luminosa de los fenómenos.

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No es la concepción matemática de la naturaleza la que es pobre. Debe ser conmovedor y emocionante encontrar que a las estructuras de la realidad corresponden las estructuras cristalinas y abismales de los números. Eso asombró a mentes tan grandes como la de Newton o la de Einstein. Es más bien una concepción técnico-pragmática la que es pobre, esa que cree que la naturaleza es una fuente de “recursos”, un inmenso supermercado donde todo es gratis o debe explotarse a punta del trabajo humano y del sufrimiento de millares de animales. La idea viene del mismo libro del Génesis, en el que la naturaleza es un gran jardín dispuesto para el Hombre. En la versión más proteica del proyecto moderno, la naturaleza es una fuerza hostil que debemos conocer para poder dominar: ser amos y señores de la naturaleza. Así enunció Descartes el imperativo de la modernidad.

Es pobre también la idea de la naturaleza como un espacio débil o domesticado, como los jardines de un gran palacio donde tienen lugar escenas de cacería, mientras que en los salones se despliega el verdadero esplendor de lo humano. El romanticismo en parte sirvió de purga a la represión y a la domesticación de las imágenes de la naturaleza durante el imperio del clasicismo francés.

Ahora, ¿quién sabe? La naturaleza se presenta y se retira, extraña al núcleo central de nuestras experiencias y a los espacios en los que generalmente nos movemos. La recordamos vagamente como un adorno, como un espacio tratado artísticamente, un patio, un jardincito, un lugar para pasar las vacaciones. Creemos que es una construcción cultural, un telón de fondo sobre el que proyectamos nuestras improntas, una reminiscencia idílica que fotografiamos. Vivimos en la ciudad, creemos que la naturaleza es el campo. Pero el cielo está ahí, cada atardecer se incendia o se oscurece sobre los techos de nuestras ciudades. Y la naturaleza está en nosotros, llevándonos a la muerte a través de procesos que conocemos y desconocemos.

Naturaleza y libertad

En el fondo Kant estuvo preocupado hasta la muerte por una sola cosa: la libertad. Por el destino inescrutable de las fuerzas de nuestro ánimo. Durante toda su vida hizo una anatomía de esas fuerzas: la intuición, la imaginación, la fuerza lógica y conceptual, el deseo y algo muy extraño que llamó “juicio”. Todo el sistema de Kant relaciona esas fuerzas anímicas o mentales con la naturaleza, por un lado, y con la libertad, por otro. La naturaleza es el conjunto de cualquier experiencia posible, la totalidad de lo que se muestra y puede llegar a mostrarse, lo que aparece y es sensible; todo lo que podemos percibir y, por tanto, conocer, según una cierta idea de lo que es conocer. La libertad es otro nombre para nuestra existencia moral, es lo que no puede ser nunca objeto de los sentidos: nunca sensible, es lo “suprasensible”, lo que está por fuera de todo condicionamiento causal y es, por ende, desde una perspectiva puramente científica o empírica, lo imposible. La libertad empieza ahí donde acaba la naturaleza.

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Hay en principio un abismo salvaje entre naturaleza y libertad. Por muchas razones puede estar muy bien que sea así, pero también es cruel y terrible. La Crítica del juicio es un libro inmenso que busca enmendar esa crueldad; busca aliviar el precipicio entre naturaleza y libertad. Sitúa en la naturaleza, y por ello en una noción amplificada y planificada de experiencia, los rastros de nuestra libertad. Es en la naturaleza donde encontramos la huella de lo inescrutable.

También Humboldt y Goethe, grandes amigos, hijos un poco los dos de la Crítica del juicio, encontraron en la naturaleza el anuncio –o la experiencia– de la libertad.

Goethe tenía un invernadero, cultivaba gusanos de seda, una ocupación tan vital como melancólica. Linneo era su mayor inspirador después de Shakespeare y Spinoza. Tiene un texto bellísimo sobre la metamorfosis de las plantas en el que expone su noción, tan platónica, de la Urpflanze o planta originaria. “El sereno y libre camino que conduce a la verdad de la naturaleza” era para Goethe un camino estético, moral y filosófico; la formación de una mente intensa y en continuo movimiento.

Humboldt, por su parte, experimentó la libertad escalando el Chimborazo, navegando con un par de remos por el Orinoco, recorriendo las estepas siberianas infestadas de ántrax. Tenía un aparato que envidio yo en la montaña para medir el azul del cielo: el cianómetro. Toda la ciencia de Humboldt viene de la plenitud de su presencia, del ardor de su observación y de su atención, del amor con que consignaba las formas transitorias de la naturaleza. Hay algo sublime, en sentido kantiano, en la entrega de Humboldt a la physis, a esa cripta inmensa bajo la cual se esconde el ser de todo lo que es. Es como si Humboldt hubiera estado siempre regresando, con los ojos muy abiertos, al lugar al que pertenecemos todos.

*Filósofa, escritora, columnista de ARCADIA. Autora de un libro de cuentos titulado La naturaleza seguía propagándose en la oscuridad (Tusquets, 2018)

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