Matices de una nación: apuntes sobre la ‘colombianidad’
Publicado: 07/06/2019
Por Alfredo Abad*

Matices de una nación: apuntes sobre la ‘colombianidad’

En esta diatriba, el filósofo Alfredo Abad se pregunta por la matriz desde la que se ha construido el nacionalismo colombiano, para él, “sustentado en los intereses de toda cultura decrépita, amparados en el fetiche, el ícono y la exaltación de héroes de cartón”.

¿Cómo puede un pueblo soportar la cadena de desventuras a que ha estado sujeto durante tanto tiempo? El caso de esta república no deja de tentarnos. Precipita sobre nuestra identidad la exigencia de una aclaración que se revela esquiva. Dado a la costumbre de encontrar siempre la culpa por fuera de sí mismo y proyectar todas las soluciones que la práctica rechaza, el colombiano se revela ingenuo y al mismo tiempo cínico. En casos extremos, imbécil o simplemente un malnacido.

¿Puede asimilarse el fracaso de una nación tan sólo con la mentalidad de sus dirigentes? ¿No estará ligado el problema a una objeción mayor ya no dispuesta desde el sentido de una clase sino desde el cataclismo de un pueblo? Cuando las instancias políticas flaquean, el afán redentorista irrumpe con precipitación; de ahí la gama de salvadores fracasados y greyes desahuciadas cuyas constantes quejas no terminan. La historia colombiana nutre los anaqueles con afanes y promesas caudillistas que no parecen tener fin. Recordemos, sin embargo, cómo esta condición requiere de un movimiento ascendente y descendente en el cual el pastor y el rebaño pactan el resultado: los fines siempre se postergan. La realidad de nuestro país no puede ser mejor porque sencillamente refleja lo que somos. Zoológico educado durante muchos años con una constitución reaccionaria, parroquianamente decidimos también cambiar y, de un momento a otro, otorgándosenos demasiada luz con la última carta, congreso de identidades e intereses múltiples, quedamos enceguecidos con tanto júbilo, el país fue ya de todos, para todos, y con rapidez insaciable, cada quien se lo ha hecho propio, literalmente. Hay que desligarse de la explicación hipócrita según la cual es el hambre la generadora de corrupción. Nuestros vicios son congénitos; nuestras excusas, habituales rótulos sociales.

La insaciabilidad para la apropiación de lo público y lo ajeno tiene un origen más oscuro que la ingenua explicación a la cual apela la mala conciencia cuando ésta identifica el raponazo, cualquiera sea su índole, con necesidades inalienables. Nunca deja de estar más viciado el juicio que cuando se involucra el sentido del hombre bueno por naturaleza, al cual invoca la decrepitud anímica y burda del optimismo contemporáneo. De esta manera, toda exigencia de propiedad política está condicionada por el ideal de acceder a condiciones de vida reguladas por la igualdad, y de acuerdo a esta pretensión, el hombre sólo podrá tener un comportamiento políticamente correcto cuando sus circunstancias sociales lo sean.

Pero el camino que hay desde esta perspectiva hasta la imposibilidad de encontrar una liberación que dispense a una nación de sus flagelos es bastante corto. Así, la democracia anhelada como un valor libertario se difumina en la atención a los pobres de espíritu. Ya se sabe por qué en este país el cristianismo ha logrado plagar los ánimos, o bien, los desánimos. Cuando los españoles desembarcaron en estas tierras, legaron a cambio de los pesados galeones, una religión que ha aliviado el peso de las cargas. Hoy todavía el catolicismo y sus hijas descarriadas, las insoportables sectas cristianas, bendicen nuestra miseria espiritual; para ser bienaventurados hay que ser pobres de espíritu y anhelar el reino de los cielos. Pero, por otra parte, las derivaciones de este anhelo metafísico plagan los escenarios políticos con el afán de redención en la inmanencia. Así surgen las greyes socialistas y su propósito inalienable en la comodidad burguesa.

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Sería en todo caso una torpeza achacar el origen y desarrollo de nuestros males sólo a las insuficiencias fisiológicas y espirituales de una religión. El desenvolvimiento de una ralea como la que pobló estas tierras tiene que tener raíces más oscuras, díganlo si no los liderazgos absorbidos por una confluencia de patanes y mequetrefes que, por casualidades que hoy deberíamos deplorar, instigaron la consolidación de una camada de lechuguinos que desde niños reconocimos como próceres. De entre ellos, el único aristócrata, Nariño, podría ser una de esas experiencias fallidas a que están sometidos los pueblos que difícilmente reconocen una auténtica jerarquía. Los líderes de ayer y de hoy, bufones que el pueblo aclama; los mártires, ángeles caídos. La consolidación política de esta ciudadanía, ese bestiario cedulado, no conoce más alcance que la solicitud. En cuanto se exigen deberes, los derechos los aplastan, y el cúmulo de afianzamientos a que se ha acostumbrado la mentalidad popular ha sido la de increpar a una oligarquía estrafalaria cuya única diferencia con el pueblo que oprime es la de tener unos cuantos pesos más. El deber es una noción extraña en esta república de duras cervices y manifiestos estrambóticos, toda pequeña conquista se celebra con la resonancia de una voz estentórea convertida en bien de la cultura. Por eso, la extravagancia ha calado tan hondo en la mentalidad del colombiano promedio, porque efectivamente se reconoce en dicha porqueriza, se regodea en la mentalidad desde la que toda la barbarie se sacraliza. Se torna cultura, se torna bien público, se hace colombianidad.

No existe en todo caso un sentido menos preciso de lo que signifique tal cosa. Así como es un lánguido grito de desespero el estertor consignado en la voz latinoamericano (lo es toda apelación a un nacionalismo, a una pertenencia identitaria) la colombianidad es ese llamado e ímpetu cretino del funcionario que vocifera desde su deber burocrático y del habitante de un reino de privaciones orgulloso de su oprobio. Ser colombiano: acto de fe-aldad, nuestro santo patrón debió ser Tersites.

Lastimosamente, a dondequiera que se vaya, se encuentra esa insuficiencia cuyo hedor se convierte en la atmósfera de plena satisfacción que caracteriza el filisteísmo. Porque la nuestra es una cultura de filisteos, desaprensivos, impetuosos sólo para la rapiña y la vulgaridad y, por supuesto, para el nacionalismo sustentado en los intereses de toda cultura decrépita, amparados en el fetiche, el ícono y la exaltación de héroes de cartón. Si hay un sentido patriótico, no debería ser otro sino la costumbre de respirar sin queja en medio de este estercolero.

Por doquier se respira aquí suficiencia moral, ¡esa extrema celeridad con que se condena al prójimo por las faltas que todos cometemos! El rasgo característico de este espíritu es el disfraz, la hipocresía que aflora en los desparpajos morales que rigen esta nación. Si hay una esperanza veraz de cambio en esta cuna de miserias es que pueda desaparecer de sus matices la génesis de delirio que subyace en toda expresión popular, en toda arenga política, en todo manifiesto colectivo cuya sola presentación rivalizaría con los propósitos del diablo.

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Esta tierra bendita por la naturaleza e injuriada por sus habitantes, plagada de una raza sobre la que debería realizarse un estudio cacográfico, nada tiene que declarar. Ella simplemente se revela incólume ante la enfermedad que la habita y, por el momento, no deja de ser sólo una tierra mancillada por la desgracia que la aflige. Con unas pocas excepciones, Colombia no deja de ser sólo geografía. Ríos y montañas, fauna y flora, y los delirios de un pueblo que no merecen nada salvo el olvido.

Y la sangre. ¿Acaso no importa? ¿No ha sido el abono de estas tierras, la expresión extrema del dolor, la definición de nuestra miseria? ¿Olvidamos aquí acaso que las penurias son el lábaro que con única plenitud lograría poner en evidencia el signo que nos representa? Las grietas del espíritu, así debería llamarse cualquier representación que intente consignar suficientemente la espera. Porque ser colombiano es una espera, la postergación de un fin nunca acaecido. Han esperado las manos que aran sobre tierras inciertas, las que dibujan siluetas bravías en un atardecer del campo, las que arrojan atarrayas como bendiciones, las que dignifican su labor con la firmeza de una convicción que no hiere, que no ataca, que no mancilla. Las que expresan con su simpleza la lumbre de una honradez noble que ninguna voz intelectual podría entender jamás. La mano con la pluma no vale la mano con el arado. Las ideologías y los intelectuales: unciones para fanáticos, apoteosis para sectarios, catecismos para los monaguillos de la iglesias laicas. ¿Intelectuales? Ah, esa camada de irrestrictos defensores de la habladuría. ¿Qué es la mala conciencia? Ahí, explícita en la petulancia irreprimida de los hombres de letras, abiertos, desinteresados, confiables... La holgazanería crítica constitutiva de estos espíritus libres expuestos al mejor postor -sujetos al más llamativo de los credos- expone cómo los rebaños religiosos palidecen ante el dogmatismo pagano de un promotor del laicismo. La religiosidad, siempre presente en quien no distingue matices. El librepensamiento con programa ideológico.

Por ellos, por quienes nunca pudieron extraerse de los catecismos, por quienes se reconocen en una verdad de cualquier índole, entusiásticamente deberíamos entonar un adolorido requiem. Pero ese día no va a llegar, hasta en el ateísmo que ahora crece, ingenuo, lleno de privaciones, alimentado con insuficiencia de devoto, es palpable esos signos de intolerancia y pobreza de espíritu que caracteriza la decrepitud de quien pertenece a cualquier capilla. Ese fanatismo es la respuesta, la explicación a la ignominia más abominable de este valle de lágrimas, el hecho de no haber nunca podido reconocer que el color de la sangre es el mismo en todos, con ese pudor selectivo que sacraliza o condena la muerte según sea el caso. La violencia, ¿queremos entenderla? Podríamos empezar por sus apologías: la violencia nunca se ha explicado, se ha justificado, de nuevo, según sea el caso.

En medio de decepciones crece también la expresión de la única nobleza que se deja revelar como un acaecimiento excepcional: la indulgencia ideológica. Existe sí, entre tanta lóbrega irrupción de hombres de bien de toda facción, manifiestos ajenos a esa repugnante esclerosis del espíritu que se arraiga en la pertenencia, identidad y participación sectaria. El extremismo de estas hordas no tiene límite. Aquí se respiran esas miasmas extremistas desde la fundación de esta república. Son formas anquilosadas de la atmósfera que solo oxigena el afán de aniquilar al otro. ¿Un criterio para reconocer esa enfermedad? Niega o afirma, rechaza o acoge, invoca en nombre de un dios, de un líder, de una idea. Ser moderado es su imposibilidad.

¿Mientras tanto? Confiar en el diablo, tener la esperanza de que sus juegos serán aprehendidos por quienes sospechan ya de tanta verdad, legitimar la caducidad de toda creencia, empadronarse en las exigencias del vacío...

¡Ah!, pero estos no son más que los desvaríos de un colombiano que no entendió nunca las particularidades de su nacionalidad.

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*Doctor en Filosofía de la Universidad de Antioquia, profesor de la Universidad Tecnológica de Pereira.

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