"El Everest está convertido en un inmenso basurero": Antonio Caballero
Publicado: 27/06/2019
Por Antonio Caballero

"El Everest está convertido en un inmenso basurero": Antonio Caballero

“En esta foto no se ven los cadáveres. Pero aún sin ellos salta a la vista la imbecilidad de todo el asunto”.

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Una tumba en la nieve

El Everest, la montaña más alta del mundo, está convertido en un inmenso basurero. A pesar de que el gobierno de Nepal les paga a los sherpas, los guías de los montañistas, por cada kilo de basura que bajen, no dan abasto. Y es porque los montañistas, o mejor, los turistas –dice la ONU que fueron veinte en 1964 y en 2012 ya habían llegado a ser veintiséis mil, y ahora son más todavía–, que pagan en promedio unos ciento veinte mil dólares por el paseo, abandonan en las nieves perpetuas toda clase de desperdicios. Comida, botas, banderitas de sus países respectivos, latas de sardinas, botellas de plástico, frascos de crema antisolar, carpas, gafas, guantes, y sus propios cadáveres. En esta temporada –mayo y junio son los mejores meses para escalar en los Himalayas, cuando hay menos tormentas de nieve y el frío cede un poco– han muerto ya una docena de turistas, y en los últimos cincuenta años más de trescientos, de los cuales en muchos casos no ha sido posible rescatar los cuerpos. Congelados unos, despeñados otros cuando se hacían una selfie, sepultados otros más bajo una súbita avalancha o una tormenta de nieve. Parece ser que hay un paraje en la subida que llaman “el valle del arco iris” porque está sembrado de cadáveres vestidos de todos los colores. Y un testigo reciente –un participante– cuenta que en esta primavera se subía “caminando sobre cadáveres”. En el ascenso correspondiente a esta foto murieron dos.

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Los vemos en esta foto. Pese al peligro de muerte, no es exactamente un deporte de aventura: es un paseo de rebaño como el de las ovejas. Aunque multicolor: amarillos, azules eléctricos, naranjas, van los turistas en fila india con sus gruesas chompas, sus capuchas y sus pesados morrales (aunque quienes llevan el verdadero peso de las expediciones son los sherpas locales, tibetanos o nepalíes, de acuerdo con cual sea la cara de la montaña por la que se hace el ascenso). Un cielo prístinamente azul, y a la derecha velado por una ráfaga de niebla. Roquedales grises y desnudos –en el Everest hay cada día menos nieve, como en todas las montañas de nieves que hace un momento, arrastrado por la añoranza, llamé perpetuas–, pero también, pese a todo, nieve azul de puro blanca que refleja la luz del alto cielo a 8.848 metros sobre el nivel del mar. Más cerca de la cima, las figuritas de la hilera de los escaladores desprenden unas sombras azules sobre la nieve pisoteada.

En esta foto no se ven los cadáveres. Pero aún sin ellos salta a la vista la imbecilidad de todo el asunto. Trepar a la montaña más alta del mundo a un riesgo y un costo gigantescos para tomar una foto es ya bastante estúpido. Pero es que el caso específico que registra esta fotografía es además, según informan las agencias de prensa, el intento de batir “un récord de ascensos simultáneos” a la cima famosa: doscientas personas lo lograron. Las agencias no aclaran si esas doscientas incluyen o no a los guías locales –uno por cabeza de turista, según las reglas–, pues en ese caso serían cuatrocientas. Tampoco está claro si esta vez figuraban algunos alpinistas de los que, por ser paralíticos o no tener piernas, hacen la subida llevados en vilo por cuatro o seis cargadores, en silla de ruedas o en camilla. Y así bajan después también, dentro de la cuota de basura, los cadáveres congelados.

Ah, sí: los muertos. No sé si hay que restarlos para el cómputo del récord de ascensos simultáneos. O a lo mejor sumarlos.

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