Mover de lejos, por Andrea Mejía
Publicado: 27/06/2019
Por Andrea Mejía

Mover de lejos, por Andrea Mejía

“Esa es mi mayor tristeza; no hiere, pero no se la deseo a nadie”.

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Pasé toda la mañana tratando de mover con la mente las cosas que hay en mi pequeño escritorio. Por supuesto, las cosas no mostraron ningún interés en moverse. Pero hay una película en la que una niña puede hacer eso, mover las cosas sobre la mesa, sin tocarlas. Nunca he visto la película porque es el único somnífero que me permito en mis periodos de insomnio, y siempre funciona, invariablemente me quedo dormida, como si me dieran una droga, un narcótico, un filtro; atravieso durante horas las largas lagunas del sueño. Solo de vez en cuando me ocurre que abro los ojos, letárgica, levanto la cabeza de la almohada, compruebo que las sombras en la pantalla siguen ahí y vuelvo a abandonarlas a su movimiento de espectros. Duermo. Y justo antes del final de la película, me despierto: a mi pequeño juicio final. La niña ya está ahí y lee un libro. Hay copos de nieve que caen sobre sus pestañas y un vaso de té humeante en la mesa. Ella cierra el libro y dice unas palabras, un poema. Lo dice en su mente, sin mover los labios. Luego, solo con su mente, mueve el vaso de té; mueve también un frasco de vidrio con algo adentro que parece un huevo de lagartija recién eclosionado; finalmente, con una suavidad involuntaria, apoya su mejilla sobre la mesa y mueve un vaso vacío que está en el centro. El vaso cae de la mesa y se estrella contra el suelo. Afuera pasa un tren y también hace mover el vaso de té y el frasco con el huevo y la lagartija, pero el movimiento es distinto, es como un traqueteo, un temblor nervioso; mientras que cuando la niña los mueve, los vasos se deslizan sobre la mesa como esquiadores de cristal. Toda la escena es bella. El tren deja de sonar, el negro inunda la pantalla y yo espero poder volver a encontrar el camino del sueño.

En Las confesiones, Agustín se asombra de que Ambrosio haya encontrado una forma de leer “sin pronunciar las palabras”. Los pensamientos de Agustín me han dejado muda mil veces, por ejemplo cuando escribe: “Entonces me dirigí a mí mismo y me dije: ¿tú quién eres?”.

Yo rara vez leo en voz alta. El sonido de mi propia voz me parece una clara imperfección empírica. Prefiero incluso que me hablen. En cambio, leer en la mente, Agustín tiene mucha razón al asombrarse, es la felicidad más rara y pura sobre la tierra. Por las páginas transparentes circula una corriente eléctrica, una alegría diabólica, aun cuando lo que leamos sea muy triste. Es una alegría solo comparable a la que debe sentir un buzo que levita en lo profundo de un arrecife de coral vivo. El continuo estupor va borrando toda la miseria.

Pero hay días en que todas las páginas están muertas. No solo las páginas malas, que nacen muertas. En los días malos también parecen muertas las páginas que en realidad son radiantes. Los ojos se encuentran con frases desmayadas, como las plantas que dejas de regar toda una semana. El cerebro no puede unir las palabras que bebe, y todo queda afuera, amarrado al papel, descoyuntado y sin alma. Los días en que no puedo leer son para mí los días más tristes. Pierdo el único poder que tengo: leer en la mente. Son días terribles porque en ellos no hay ninguna obediencia que valga. El buzo ve el coral blanco, lívido y muerto, y el mar queda desierto. Intento cambiar de libro. No hay nada en ninguno. Esa es mi mayor tristeza; no hiere, pero no se la deseo a nadie.

No solo hay días en que los libros están vacíos como el mar cuando muere. Están los otros días. Y hay gitanas radiantes que leen la mente, y hay santos que aprenden a leer sin mover los labios y sorprenden a otros santos. Nabokov mismo, me acuerdo, dijo en una entrevista que él, cuando niño, era prestidigitador. Podía hacer trucos simples, como cambiar el agua en vino y ese tipo de cosas. Si no me funciona lo de mover las cosas sobre mi escritorio, no quiero saber cómo será cuando intente cambiar el agua en vino.

En la terraza del edificio de enfrente dejaron colgadas siete camisas. Como son de una talla muy grande, parecen los vestidos de una mujer anciana. Ondean al viento y reciben los pocos rayos de sol que atraviesan la marquesina sucia de esa terraza. El viento es invisible y puede mover las camisas. La del viento es también una especie de telequinesia, como la de la niña de la película que nunca he visto. Telequinesis quiere decir algo así como movimiento que viene de lejos.

Entonces me paro, dejo mi escritorio; sin ningún poder, abandono mi escritorio.

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