“Los pedos de las vacas”: una columna de Antonio Caballero
Publicado: 26/08/2019
Por Antonio Caballero

“Los pedos de las vacas”: una columna de Antonio Caballero

Esta es la tercera columna que Caballero le dedica a la crisis climática. Su reflexión parte de una fotografía que la ONU usó en su más reciente informe sobre la relación entre el consumo de carne y la crisis medioambiental.

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La culpa no es de las vacas. Mírenlas en esta foto, intentando pastar en un erial, el que han dejado ellas mismas como el famoso caballo de Atila, bajo cuyos cascos no volvía a crecer la hierba. (Aunque algo han podido comer en el pajonal amarillo, pues se distinguen plastas de boñiga aquí y allá). Incluso a la más despierta de todas, la que parece mugir en primer plano, se le nota que no se da cuenta de la responsabilidad que le cabe en el arrasamiento de la tierra. La culpa es de nosotros los humanos, que comemos no sé cuantos trillones de carne de vaca al día y bebemos otros tantos trillones de leche de vaca o los usamos para preparar postres. Y para eso criamos los correspondientes billones de cabezas de ganado vacuno necesarios.

Y por lo visto los pedos del ganado vacuno, más que los del caballar o del porcino, o que los más discretos nuestros, dispersan en la atmósfera quintillones de toneladas de gases de metano, que aceleran y agravan el cambio climático que está desequilibrando el planeta. Cada vaca, según los cálculos publicados por la Unión Europea (que subvenciona su cría para competir comercialmente con las poderosas, y también subvencionadas, industrias cárnicas y lácteas de los Estados Unidos), expele diariamente nada menos que trescientos litros de vientos venenosos de metano. Y por eso sus técnicos agrícolas han propuesto cobrarles a los ganaderos europeos un nuevo impuesto sobre las flatulencias del ganado. Según la FAO, la organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, el sector ganadero mundial es responsable del 10 % de las emisiones de gases de efecto invernadero.

Detrás de las vacas, como puede verse en esta fotografía publicada en primera página por El Nuevo Siglo, están las fábricas. Sus pedos son más evidentes. Se los ve brotar de un alfiletero de altas y delgadas chimeneas de ladrillo: negros o grises azulados, alguno convertido en una ancha y blanquecina humareda como una nube de algodón, otro corto como un escupitajo de fuego contra el cielo azul. Sabrá Dios, o el diablo, a qué huele ese humo: pero no puede ser a nada sano. Las vacas, sin embargo –de raza hereford, me dicen los que saben de vacas–, no parecen particularmente molestas: rojas y blancas, amarillas, una retinta, pastan tranquilamente. A la que muge en primer plano solo parece incomodarla el fotógrafo. Como a los dueños de las fábricas del fondo: no quieren que se sepa lo que hacen.

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