Nuestra deuda con el arte: el Salón Nacional de Artistas y los 15 años de ARTBO
Publicado: 26/08/2019
Por Sylvia Suárez*

Nuestra deuda con el arte: el Salón Nacional de Artistas y los 15 años de ARTBO

En medio del entusiasmo que producen, ARCADIA plantea algunas preguntas sobre el lugar del arte en la ciudad y el papel que ARTBO y el Salón todavía no terminan de cumplir.

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La gran expectativa por el retorno del Salón Nacional de Artistas a Bogotá es justificada, pues hace trece años no se celebraba en la capital del país, y puede decirse que el vacío que dejó solo se sumó a lo que podría interpretarse, en el mejor de los casos, como una etapa de transformación del sistema del arte en la ciudad. Esto debido especialmente a los ajustes que implicó la transición del Instituto Distrital de Cultura y Turismo (IDCT) al Instituto de las Artes (Idartes), y a las fisuras y desfases que el proceso ha causado en su implementación.

En cambio sí se ha realizado sin interrupciones durante los últimos quince años la Feria Internacional de Arte de Bogotá, más conocida como ARTBO. Su historia ha estado marcada por el crecimiento continuo y por una exitosa construcción de marca, y la suma de estos dos factores ha difundido la opinión, ambivalente sin duda, de que en la actualidad ARTBO es el centro de gravitación del mundo artístico de Bogotá, el nuevo “termómetro” del arte y uno de los referentes más importantes en Colombia. Detengámonos, pues, sobre lo que viene.

El curador Alejandro Martín, director artístico del Salón en esta edición número cuarenta y cinco, decidió diseminar el criterio curatorial entre diez curadores invitados, haciendo del evento un conjunto de propuestas heterogéneas no solo en sus temas y en el tipo de prácticas que acogen, sino también en sus posiciones con respecto a los regímenes de exhibición de esas prácticas.

Para hacerlo, Martín propuso como principio de provocación e integración para los curadores invitados El revés de la trama, una metáfora con doble alcance: la estrategia, las formas y los contenidos del propio salón, por un lado; y la relación entre la “trama urbana” y sus narrativas, por el otro.

El Salón Nacional de Artistas estará entonces conformado por ocho proyectos curatoriales que gravitan alrededor de esa propuesta curatorial: “Lógicas y materialidades de la trama”, una iniciativa del propio Alejandro Martín, conformada por dos muestras de instalación y cómic tituladas La fábula de Aracne y Arquitecturas narrativas, respectivamente; “Llamitas al viento”, de Manuel Kalmanovitz, que será el componente editorial del salón; “Instancias”, de Ana María Montenegro, una curaduría digital; “El lenguaje de la injuria”, de Luisa Ungar, enfocado en el performance; “Mitopía, El revés de la trama”, de Adriana M. Pineda, una residencia de espacios autogestionados, con acciones en LIA –una bodega del centro de la ciudad que hoy es un lugar artístico alternativo– y en el espacio público; y, por último, las propuestas con un componente político fuerte, organizadas por los colectivos TransHisTor(ia) (María Sol Barón y Camilo Ordóñez) y La Usurpadora (María Isabel Rueda y Mario Llanos), y que se titulan respectivamente “Contrainformación” y “Universos desdoblados”.

ARTBO, por su parte, tendrá como curadores invitados a sus secciones habituales a Helena Producciones (colectivo conformado por Ana María Millán, Claudia Patricia Sarria, Andrés Sandoval, Gustavo Racines y Wilson Díaz), que está a cargo de Artecámara; al curador estadounidense Aaron Cezar, actual director de Delfina Foundation, para la sección de Proyectos; al holandés Krist Gruijthuijsen, que dirige el KW Institute for Contemporary Art y será el curador de Referentes, y al colectivo Relámpago (Valeria Giraldo y Andrés Fresneda) en la sección Libro de Artista.

En contraste con ARTBO, que se realizará en su casa habitual, Corferias, desplegando trece mil metros cuadrados de exhibición, El revés de la trama articula una serie de espacios ubicados en el centro de Bogotá, incluyendo la nueva Cinemateca y la nueva Galería Santa Fe, los museos de arte universitarios de la Escuela Superior de Bogotá y la Universidad Jorge Tadeo Lozano, el Museo de Arte Moderno de Bogotá, El Parqueadero del Museo de Arte Miguel Urrutia, el ya mencionado LIA, el Centro Colombo Americano y la antigua fábrica de pastas El Gallo, en la Plaza España.

Estos dos eventos se realizarán de manera simultánea. ARTBO del 19 al 22 de septiembre, y el Salón entre el 14 septiembre y el 4 de noviembre.

Al tener este año un segundo evento de envergadura considerable en la ciudad –es decir, con un segundo elemento en juego, el Salón–, podemos abrir el compás no solo para ver en perspectiva los dos eventos, sino también para plantearnos algunas cuestiones urgentes sobre el lugar del arte en la ciudad.

De dónde venimos

Entre los logros de ARTBO en sus quince años de existencia está su institucionalización creciente. La feria ha venido refinando cada vez más su estructura, estabilizando sus secciones y fortaleciendo e incrementando sus plataformas de comunicación y educación, y su articulación con galerías y espacios alternativos de la capital.

El evento se celebra cada año durante apenas cuatro días, pero arrastra consigo la activación de un buen número de los espacios comerciales y no comerciales (alternativos, autosostenibles y autogestionados) de la ciudad, que buscan favorecerse del movimiento de audiencias nacionales e internacionales que provoca su realización.

Si esto es bueno o malo hay que analizarlo desde distintos puntos de vista, y justamente una de las tareas más arduas para hacer juicios sobre la feria en sus quince años de trayectoria es definir desde qué perspectiva mirarla.

Una pieza del artista Gusanillo, que participará en el Salón Nacional de Artistas, hecha especialmente para esta edición de ARCADIA.

De forma interna –es decir, teniendo en cuenta su carácter, comercial, privado, ligado a la actividad cultural de la Cámara de Comercio de Bogotá–, podría decirse que ARTBO no solo ha cumplido su tarea de estimular el mercado del arte y formar tendencias que permitan su expansión permanente, sino que ha hecho más de lo que en sentido estricto le corresponde, al incursionar en la formación de públicos a través de sus secciones Foro y Articularte (que en la presente edición estará a cargo de la fundación y espacio de exposición NC-arte).

Por otro lado, aunque es uno de los certámenes de artes visuales más antiguos del país con setenta y nueve años de existencia, el Salón Nacional de Artistas no tiene la más larga tradición. Después de una fase de transición a la modalidad curatorial, que empezó con el desarrollo del Proyecto Pentágono y que se ha implementado progresivamente con el horizonte de apoyar los procesos de descentralización, finalmente ha llegado a adquirir un carácter que no tiene mucho en común, sin embargo, con la institucionalización.

A un lado por la izquierda (2009). León Ferrari. Esta litografía se expone este año en la Sección Principal de ARTBO.

En sus versiones de Bogotá (2006), Cali (2008), Caribe (2010), Medellín (2013) y Pereira (2016) quedó claro que cada equipo curatorial no ejecuta simplemente las directrices del programa y realiza un corte singular sobre las prácticas artísticas contemporáneas –como si dentro de un marco fijo se ubicaran contenidos diversos–, sino que interpreta también el propio marco que es el Salón. Esto le da una capacidad evolutiva, o de adaptación, muy saludable que, por decirlo de algún modo, le permite ir al compás de las mutaciones de las prácticas artísticas mismas, y blindarse del vaivén de los intereses políticos que podrían incidir en su realización, pero que asimismo inhiben su consolidación como referente para la sociedad, aparte de los agentes del propio sistema del arte.

Demos otra mirada a esta nueva etapa de la historia de los salones nacionales. La búsqueda de trascender el carácter de concurso o de premio que el Salón tenía desde su creación en 1940, que ya era objeto de críticas acendradas desde los años setenta, llevó a otra transformación importante en lo que va del siglo xxi: su adaptación a la política cultural orientada a la creación artística y al fortalecimiento integral del campo.

De esta manera, el Salón, que es uno de los programas más relevantes de apoyo a las Artes Visuales del Ministerio de Cultura, se convirtió en un conjunto de convocatorias que apoyan la producción de obra, la investigación curatorial, la formación de públicos y la circulación.

Al menos como fórmula, los dos metaobjetivos de la transición del Salón a su modalidad curatorial son la descentralización y la visión de campo, pues su primer objetivo, su objetivo explícito, sigue siendo el fomento de la producción y recepción de las artes visuales. Los equipos curatoriales, editoriales y educativos de las últimas cuatro ediciones del Salón han implementado lo mejor posible estas directrices, conformando exposiciones y, además, estrategias artísticas, divulgativas y pedagógicas experimentales y excepcionales.

En la edición de 2019 encontraremos una nueva y sustanciosa vuelta de tuerca en ese sentido. Como plataforma de trabajo, el Salón se hace cada vez más diverso, cada vez más complejo, y podría decirse incluso que se vuelve cada vez más cyborg. Es decir, está desarrollando su propia inteligencia, y más que institucionalizarse, se resiste; se perfila así como un espacio propicio para fomentar las posiciones disidentes de la cultura hegemónica, incluso para fortalecer jugadas contraculturales.

Por eso el concepto curatorial es “El revés de la trama”. Suena bien, pero cabe evaluar la transformación de los salones, ya no desde una mirada intrínseca, sino sistémica; desde su lugar en las políticas culturales públicas, de nivel nacional.

Espejismos y complacencias

Es aquí donde, en conversación con el cyborg emergente, nos preguntamos por los vacíos que su precaria institucionalización señala. Podemos estar seguros de que para cada uno de los curadores implicados en la ejecución de este programa ha habido luchas para conseguir financiación, armar alianzas estratégicas y negociar espacios, recursos y tiempos que requiere cada instancia de circulación y que permitan llenar, si bien provisionalmente, los vacíos institucionales. Y es que acaso se puede pensar que donde hay la institucionalidad propia de un campo artístico fuerte la realización del Salón Nacional produce agitación y expectativa, activa a los agentes, ocupa los espacios, los resignifica, etcétera. Pero donde el campo artístico es más precario, incluso paupérrimo, el Salón es más bien una especie de espejismo, una feria de pueblo que anima las cosas por un tiempo y desaparece. Produce un “efecto de campo”, la sensación de que existe campo artístico, pero no puede sustituirlo. En vez de descentralización, esto puede convertirse en un principio de rotación nacional del precariato asociado al campo cultural.

Al Salón como programa, sin embargo, no puede caerle el guante de solucionar estas carencias que generan nada menos que una inmensa brecha cultural; sí en cambio al Ministerio de Cultura, que con sus programas continúa en la vía de descongelar, e incluso reducir, la rala trama de instituciones públicas con misión dentro del campo cultural, y en específico dentro del campo artístico. Probablemente el cyborg tendrá una o dos cosas qué decir al respecto en los años por venir.

Estas fotografías de Andrea Triana (izquierda) y Stephanie Montes (derecha) forman parte de la curaduría editorial de Manuel Kalmanovitz en la edición 45 del Salón Nacional de Artistas.

El acceso a los estímulos del ministerio, la negociación con el Programa Nacional de Concertación, entre otras plataformas que propenden por la democratización del acceso a la cultura en la implementación de políticas culturales en el ámbito nacional, no disminuyen los efectos de este vacío institucional sobre la vida cultural de las ciudades, aunque sí distraen a los miles de agentes culturales que gravitan alrededor de una u otra convocatoria con la conciencia culposa de quien trata de conseguir un crédito de libre inversión. Estos programas, como sabemos, prohíben explícitamente la financiación de gastos de funcionamiento para cualquier tipo de organización cultural.

Podría parecer que nos salimos del tema, pero el asunto es central. En la formulación de políticas públicas, pasar de las palabras a los hechos significa implementar estrategias, evaluar, corregir y reiniciar el ciclo, en el contexto de la interpretación del “contrato social”. Tener una visión de campo desde la formulación de políticas culturales no significa representar la lógica del campo artístico, sus componentes, sus agentes y sus agencias; hacer, por ejemplo, de ARTBO o del Salón una suerte de diorama portátil del campo artístico. Significa contribuir al fortalecimiento del campo, jugar en el campo, no jugar a ser un agente “imparcial” en él, porque en efecto, por acción u omisión, la política cultural pública no es solo un principio distributivo de la retórica culturalista, sino también una instancia crucial de regulación de las relaciones entre lo público y lo privado; un elemento crucial de reconfiguración de los campos de fuerza que atraviesan la vida cultural en la era del capitalismo mundializado.

De vuelta a Bogotá, sin negar que la popularidad e impopularidad de ARTBO sean, en suma, fruto de una gestión impetuosa que ha llegado a su consolidación como un referente de la vida artística de la ciudad, sí hay que decir que es completamente desproporcionado el lugar que se dice por todas partes que ocupa en ella. No significa que ARTBO sea desproporcionado per se, pues tiene quizás una dimensión justa y correspondiente para una ciudad como Bogotá. Pero el tono casi complaciente con que cada vez más agentes culturales de la capital del país reconocen que este espacio está marcando el ritmo del arte en la ciudad es alarmante, porque es apenas una feria. Y no es cuestión de satanizar el mercado. La feria prefigura y reproduce relaciones dentro de su lógica específica, que no es y no tiene por qué ser, por ejemplo, equivalente a la lógica académica, o a la museológica, o a la editorial, o a la de la crítica. Puede estar atravesada, en mayor o menor grado, por subjetividades forjadas en unos u otros de esos espacios sociales, pero no sigue sus reglas.

Este es el punto crucial: un espacio no solo abierto sino misionalmente dedicado al desarrollo del mercado del arte no puede ser el faro orientador de los profesionales del campo artístico, ni mucho menos del público general. Se requieren contrapesos, espacios sociales en los que se rebasen, se inviertan e incluso se suspendan las formas de uso del espacio, del tiempo, del cuerpo, del propio lenguaje que las lógicas del mercado suscitan. Se necesita un movimiento de ida y vuelta entre las diversas formas de institucionalidad del arte y su exterior.

Es urgente desmontar la ficción de la sustitución, según la cual ARTBO podría llenar el vacío dejado por la situación crítica de ciertos espacios académicos; por la sustracción de iniciativas de otro orden, como galerías y espacios independientes; por la ausencia de profesionalismo en la gestión de algunos museos, o por la cerrazón de otros. El hecho de que se haya convertido en un centro gravitacional tan poderoso en la escena bogotana es, ni más ni menos, un síntoma de cierta precariedad que, por la suma de factores muy diversos que es urgente analizar, se ha venido tomando la ciudad, a pesar del florecimiento y la diversificación de los espacios autogestionados que, por otra parte, también pueden entenderse como un síntoma creciente de cierta crisis (entre estos factores, se me ocurren, de momento, los procesos de acreditación de las universidades públicas y privadas que han operado reformas curriculares de facto causando desintegración en las comunidades académicas, la proliferación de carreras de artes en contraste con la inmovilidad de otras instituciones culturales, las dificultades presupuestales, la tecnocracia creciente).

El programa de los Salones Nacionales de Artistas tampoco puede solucionar fallas estructurales de esta suerte. En el proceso cultural no hay cabida para combos 2x1 ni miti-miti. En un campo fuerte hay una riqueza y diversidad de instituciones y culturas institucionales, de agentes y agencias, y sobre todo, la dinámica entre las tomas de posición de esos agentes, que contribuye a la preservación y también al cambio cultural.

Aparte de ARTBO, el único espacio que ha tenido un crecimiento sin precedentes en la ciudad durante la última década es el de la formación artística formal y no formal. Hemos llegado al punto de que en Bogotá cada semestre se gradúan de programas de artes visuales alrededor de doscientos jóvenes. Este afluente ha sido fundamental para animar la vida artística, pero se enfrenta casi al mismo número de instituciones, con igual o menor capacidad de inversión y, aparentemente, considerando el chisme de que ARTBO es el nuevo “termómetro” del arte colombiano, con un capital simbólico mucho menor. En realidad es una bomba de tiempo.

El surgimiento de espacios alternativos, que son en muchos casos el resultado de la búsqueda de un lugar en la división social del trabajo, y en los mejores y muy contados casos, fruto de un posicionamiento poético y político, puede hacer contrapeso, sobre todo en la medida en que su enganche con los lugares en los que se ubican sea cada vez más fuerte, y no solo su búsqueda de visibilidad dentro de los circuitos formados por programas como ARTBO | Fin de Semana. En cualquier caso, su proliferación e idealmente su consolidación no pueden sustituir la misión de espacios de otro carácter, públicos o privados, de mayor envergadura.

Ante todo, el campo del arte propone regímenes de visibilidad, sistemas complejos de valores sobre los cuales, justamente, cobra sentido la agencia cultural de todos los implicados y, sobre todo, la pugna por construir una relevancia de cara a la sociedad general. Es allí donde seguimos quedando en deuda. Se requiere un impulso radical de espacios como ARTBO y el Salón Nacional de Artistas para proponer y sostener procesos ambiciosos de formación de públicos, cada uno desde su lógica particular. Y se requiere que el horizonte estratégico de la formación de públicos se ponga en primer lugar en las instituciones existentes en la actualidad en la ciudad. Y, por qué no, que la comunidad artística se congregue en torno al proyecto de nuevos espacios para una ciudad tan grande como Bogotá. Que el campo del arte no haga el papel trágico de Narciso. De lo contrario, entrará en vía de extinción.

*Suárez es curadora independiente y doctora en Historia del Arte de la Universidad Nacional de Colombia. Ha realizado proyectos curatoriales sobre arte colombiano moderno y contemporáneo, forma parte del grupo de investigación Taller Historia Crítica del Arte y colabora en la Red Conceptualismos del Sur.

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