Las vergüenzas: una columna de Carolina Sanín
Publicado: 29/10/2019
Por Carolina Sanín

Las vergüenzas: una columna de Carolina Sanín

“Me desvisto y me visto sin taparme, como un minúsculo escándalo; no porque ‘me guste mi cuerpo’”.

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Practico la natación en dos piscinas bogotanas: en una caja de compensación y, ocasionalmente, cuando estoy boyante (percibo la ironía del término), en una para nadadores más ricos que yo. El vestier para mujeres de cada piscina (no he visto el de hombres) consta de un espacio común, con una banca, más una serie de cubículos diminutos con puerta de lata y con falleba. Yo me cambio en el espacio común. Allí me desnudo y saco el traje de baño y me lo pongo, y después de nadar me seco y me visto. Entran y salen otras mujeres. Nunca me meto en un cubículo; a los animales en general no nos gusta el encierro, y es incómodo que el codo, la rodilla y la nalga golpeen contra el frío metal. Además, a veces todos los cubículos están ocupados y no me parece necesario esperar a que alguno se libere. Las otras mujeres tiritan con el traje de baño mojado a la espera de un cubículo donde poder vestirse sin imaginarse miradas. Entre dientes, maldicen un poco a las que se demoran. De soslayo me juzgan por exhibicionista, y hoy, al ver que a pesar de que había cubículos vacíos yo me vestía afuera de ellos, una señora me indicó que debía meterme en uno para vestirme: “Para eso son”.

Si acaso hay otra que, como yo, se viste a la vista de las demás, casi siempre (en realidad siempre) es extranjera. Las pocas veces que he visto que una criolla se vista a la vista de quien vea, la he visto hacer peripecias para que no le vean lo que a tantas mujeres les enseñaron a llamar “vergüenzas”: maneja la toalla como cortinita de teatrino de títeres para bajarse disimulada la parte de arriba del traje de baño, una tiranta y luego otra, con la camiseta ya medio encajada, y luego se pone el calzón enredándose con la toalla mojada, para que nadie le mire la vergüenza mayor.

Mentiría si dijera que por ingenuidad me niego a entrar en el cubículo; lo hago con deliberada desvergüenza, como una afirmación contra la pudibundez de las mujeres de mi ciudad; contra su negación de sí mismas; contra esa “pena” (término que también significa trabajo, castigo, dolor y tristeza, y del que nosotros elocuentemente privilegiamos la acepción de timidez y de vergüenza) que las mujeres bogotanas sienten de su cuerpo, que entraña una permanente desconfianza y conlleva una suspicacia insultante hacia la que se muestra más suelta con su piel.

Me desvisto y me visto sin taparme, como un minúsculo escándalo; no porque “me guste mi cuerpo”: considero irrelevante y consumista eso del gusto de sí mismo, he vivido mucho como para saber que uno muestra lo que le gusta y lo que no, y he pensado mucho como para saber que el “gustarse” ni importa ni existe. Me desnudo frente a las extrañas, en el espacio común, porque precisamente creo que debe haber espacios comunes. Me niego al cubículo porque presumo que, al otro lado de la pared, en su vestier, los hombres no se esfuerzan tanto por taparse. Rehúso el cubículo reminiscente de la tumba, el confesionario y el frigorífico, porque creo que en el acto de encerrarse en él –y de quererlo y esperarlo, y todas las patéticas fases ansiosas del asunto– hay un miedo a la libertad y un rechazo radical a la noción de igualdad. Reacciono ante el pudor autocompasivo de las mujeres de mi desmesurada villa colonial porque constituye una hipocresía en un lugar éticamente desvergonzado y estéticamente olvidado. Y porque cuando he podido estar desnuda en compañía de desconocidas viejas y jóvenes –en piscinas lejanas, en un hamán aledaño a una mezquita, en una laguna– he percibido la sombra de la sombra de la sombra –o, mejor, el destello de la chispa del estallido– de un feliz aquelarre.

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