Todos nosotros: una columna de Andrea Mejía
Publicado: 29/10/2019
Por Andrea Mejía

Todos nosotros: una columna de Andrea Mejía

“Sentí que no estoy preparada para la muerte; ni la de Luis ni la mía. Quizá nunca estamos preparados para la muerte”.

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"Yo lo probé una vez también, para ver”.

La voz de “Prosser”, uno de los poemas más bellos y misteriosos de Raymond Carver, se refiere al trigo verde que crece a las afueras de Prosser. Este trigo nuevo crece en la noche, en los campos arados; espera, crece y germina de nuevo. Y ese trigo les gusta mucho a los gansos. Por eso “yo lo probé una vez”, “I ate some of it once too, to see”.

Leí el poema muy temprano esta mañana. Mi gato se había quedado ronco sin ninguna razón aparente y nos preguntamos con Luis qué le habría podido pasar.¿Esa voz inocente y sabia que prueba el trigo verde para ver por qué les gusta tanto a los gansos me hizo pensar en un pasaje del libro del Tao que para mí ha sido especialmente conmovedor: “Todo el mundo está alegre y sonriente, como si festejaran el sacrificio de un buey, como si subieran al Pabellón de la Primavera; tan solo yo permanezco tranquilo e impasible, como un recién nacido que todavía no ha sonreído”.

¿Por qué dice ser como un recién nacido este maestro viejísimo que otras veces dice estar confundido? “¡Qué mente más confusa tengo!”, dice Lao Tse con alegría, con libertad. “Todos son brillantes, ¡tan brillantes! / solo yo estoy oscuro, ¡tan oscuro! / Todos son agudos, ¡tan agudos! / solo yo estoy callado, ¡tan callado!”, y parecería haber felicidad en ese lamento. A veces he pensado que ese poema de Lao Tse es como un gran canto punk lleno de vigor y de energía. A veces he pensado que está envuelto en la ternura, como el maullido de mi pobre gato ronco. Cada vez, el texto se me acerca con una sabiduría y una emoción que son distintas. Lao Tse dice también que él es “suave como el océano, sin propósitos, como las ráfagas del vendaval”. ¿Quién es él? ¿Quién puede acercarse así, con un espíritu semejante al del cielo vacío, y ser como un oleaje, sin tener miedo de morir? ¿Quién habla en los poemas del Tao?

La poesía completa de Carver se editó con el título de Todos nosotros. All of us. Me parece que ese título es muy justo. El que prueba para ver. El que come trigo verde para saber por qué los gansos comen de él. El que es como un recién nacido que aún no ha sonreído y solo conoce el rostro calmo de su madre. El que lo ha perdido todo y se queda dormido en una banca, en un parque, y al amanecer ve el agua sucia que va hacia el mar, como el personaje de “Verdor”, un cuento de Tomás González que es en realidad un largo poema en prosa. Somos todos nosotros. “Todos nosotros, todos nosotros, todos nosotros / intentando salvar / nuestras almas inmortales por caminos / en algún caso más sinuosos y misteriosos / aparentemente / que otros”.

A los gansos no solo les gusta el trigo verde que germina en la oscuridad. Al parecer les gusta también el trigo echado a perder de los campos llenos de rastrojo que bajan hacia el río. Esos campos “lo han perdido todo. / Por la noche intentan recobrar su juventud / pero respiran lenta e irregularmente / mientras se hunde su vida en los oscuros surcos de la tierra”. A los gansos les encanta también ese trigo, “morirían por él”. Los gansos comen trigo verde y trigo de los campos muertos y secos, llenos de maleza.

Cuando Carver estaba ya muy enfermo, con un tumor en el cerebro y un cáncer en el pulmón, caminó junto a su esposa Tess siguiendo un río hasta su desembocadura en el océano. En ese río había pescado una vez una trucha arcoíris. Ahora estaba muy enfermo y tenía que caminar muy despacio. “Falta poco”, le decía Tess cada vez que él tenía que parar y tomar aire con su pulmón sano. Su respiración debía ser lenta, irregular, como la de los campos que lo han perdido todo.

El prólogo que Tess Gallagher escribe a la poesía completa de su esposo muerto, Raymond Carver, es un prólogo que ilumina, con el suyo propio, el poder artístico y espiritual de los poemas de Carver, tan difícil de decir. Al mismo tiempo, ese prólogo irradia el calor de una vida en común. No me siento orgullosa de decirlo: lloré al leerlo. Sentí que no estoy preparada para la muerte; ni la de Luis ni la mía. Quizá nunca estamos preparados para la muerte, y esas palabras, toda nuestra torpe elocuencia cuando decimos “muerte”, “preparados”, y esas cosas que decimos, son también como los maullidos de un gato ronco.

Pero estamos en los poemas, todos nosotros, cobijados por una especie de sinceridad inagotable que hay en ellos, y en nosotros mismos; y en los poemas podemos vivir y estar lo más cerca de la muerte, respirar la oscuridad, crecer y morir, como el trigo. Y pensar que todo está bien.

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