El malestar en la cultura: un texto de la ensayista Remedios Zafra
Publicado: 29/10/2019
Por Remedios Zafra*

El malestar en la cultura: un texto de la ensayista Remedios Zafra

La escritora española escribió para ARCADIA este texto sobre capitalismo cultural. Según ella, las nuestras son unas “vidas-trabajo”.

Este artículo forma parte de la edición 168 de ARCADIA. Haga clic aquí para leer todo el contenido de la revista

El capitalismo cultural contemporáneo se construye sobre lenguajes afectivos basados en la precariedad, la ansiedad y la contingencia. Lauren Berlant sugiere lúcidamente en Cruel Optimism (Duke University Press, 2011) que estos lenguajes ocupan el lugar que antes tenían “el sacrificio, la movilidad ascendente y la meritocracia”.

Me parece que el malestar de la mayoría de protagonistas de esta realidad cultural se viene activando por la frustración derivada de la expectativa y de los nuevos imaginarios. Si las personas se educan y esfuerzan, si cumplen los objetivos y retos que les proponen en un contexto construido sobre la idea de igualdad y justicia social, pero desembocan en desigualdad, deterioro planetario y precariedad que amenazan con cronificarse, mientras son rentabilizados por el capitalismo, ¿qué sienten? ¿Qué esperan? La crisis a la que se apunta marca la emergen cia de una nueva cultura.

En mi ensayo El entusiasmo. Precariedad y trabajo creativo en la era digital (Anagrama, Barcelona, 2017), que inspira la mayoría de reflexiones que aquí les comparto, abordo el malestar de los trabajadores culturales desde la precariedad como seña de época; una precariedad no solo económica y laboral, sino también vivencial e incluso ecológica, en que categorías como caducidad, velocidad y exceso ayudan a definir la angustia de nuestros días y, cada vez más, la sobreproducción en un marco capitalista y en red.

Hoy el mundo parece más ansioso, parece alimentar la sensación de urgencia, de producir sin descanso bajo la sensación de que “hay que darlo todo en todo momento”. Y considero que es sintomático de una época que penaliza el tiempo para pensar y que evita el malestar de la conciencia sustituyendo la reflexión, la escucha y el disentimiento por botones y ansiolíticos; una época acostumbrada a demandar a cada práctica un botón concluyente para frenar lo que perturba, un botón llamado de muchas maneras, pongamos apagar, cambiar, salir, desactivar.

Por otra parte, la temporalidad y la contingencia de nuestros trabajos no propician comprometerse con las cosas, pero su ritmo mantiene la ilusión de que estamos activos en dicho trance, ampliando la idea de un presente dilatado, un presente como única garantía. Ambas favorecen un hacer precario que nos permite movernos esperando (activamente) que los vientos soplen a nuestro favor y podamos mejorar o lograr algo que nos movilice de veras. Subvertir este vínculo se hace complicado si no se desacelera.

La estrategia que en gran medida sostiene este capitalismo cultural es la rentabilización del trabajo creativo en un marco de producción inmaterial en que la vocación y el entusiasmo son fácilmente instrumentalizados por el sistema para mantener los ritmos de la maquinaria productiva y la velocidad competitiva. Como respuesta, la ansiedad productiva deriva en la sobreproducción precaria y en la explotación, hoy más asemejada a la autoexplotación de quienes por pasión y responsabilidad a veces, por miedo al desempleo otras y por inercia casi siempre temen o se resisten a dejar espacios vacíos entre sus prácticas; espacios que puedan hacer pensativas, y quizá hacer saltar, la lógica laboral en que estas prácticas se inscriben.

Con seguridad muchos de ustedes preferirían el camino de la creación modesta pero libre a la acumulación y riqueza subordinadas a un trabajo sin pasión. Eso pensamos y eso decimos antes de descubrir que la libertad mengua cuando no hay dinero y sí expectativa; cuando el vivir se sostiene difícilmente sobre una superficie demasiado inestable que precisa unos mínimos de energía y sustento. Entonces se sucumbe a “lo que salga” pero vinculado al ámbito creativo, aplazando la vida y esa pasión (que identificamos como lo que nos mueve de la vida) a un futuro en que las condiciones sean mejores y, en lo posible, evitando el malestar de la conciencia. A lo sumo ya tenemos ese otro malestar prosaico de nuestras vidas-trabajo. Comienza entonces una vida-proyecto permanentemente pospuesta, una cesión del tiempo de creación libre al futuro, entretanto seguimos concatenando trabajos.

Para sobrellevar la ansiedad de las vidas-trabajo y habiendo perdido (o estando perdiendo) la pasión sincera que les movilizaba, muchos disfrazan su viejo entusiasmo convirtiéndolo en una pose, en un “entusiasmo fingido” que les ayuda a seguir siendo vistos en el mercado y, por tanto, a seguir compitiendo. Porque ese entusiasmo puede funcionar como carta de presentación de un trabajador dócil e hipermotivado que siente que, entre la multitud de personas cualificadas y sin empleo, debe posicionarse como el más entusiasta para ser elegido o para continuar en su puesto. Porque todo entusiasta aspira a desarrollar su práctica con plenitud, y dado que solo encuentra temporalidad, siempre es aspirante a trabajos precarios (donde cobran poco o a menudo hasta pagan ellos) que se le presentan como premio después de un proceso competitivo, derivando en esa inestabilidad que en tanto caracteriza a muchos, se normaliza y pasa más desapercibida.

Estas formas de entusiasmo permiten hoy también visibilizar a pobres y a mujeres que acaban de incorporarse al mercado laboral y que cargan con un plus de motivación y un plus de vulnerabilidad. Entre otras cosas, porque no es lo mismo pagar con reconocimiento a un rico que a un pobre, dado que son fuerzas increíblemente conservadoras las que alimentan este pago inmaterial como algo suficiente. Ese pago inmaterial en el rico se convierte en prestigio, y en el pobre, en frustración y abandono por necesidad de dedicar sus tiempos a ese otro trabajo que le permita vivir y cuidar las vidas cercanas. En ese lugar habitan no pocas mujeres.

Pero no solo quienes son pobres alimentan la maquinaria de la precariedad capitalista, aunque son ellos de quienes más se beneficia. También lo son quienes, teniendo recursos, vuelcan en el trabajo todo su tiempo y energía. Las pantallas y la vida conectados lo favorecen.

Estas formas de autoexplotación derivadas del capitalismo cultural, que están en la base del malestar contemporáneo, guardan no pocas similitudes con otras maneras de poder que han convertido a quienes oprimen en responsables de su propia subordinación. Pienso por ejemplo en la analogía entre capitalismo y patriarcado, y en su perversa conversión de las mujeres en mantenedoras de su sumisión. El asunto recuerda a las formas en que tradicionalmente las mujeres han sido educadas bajo una idea de felicidad y expectativa derivadas de la entrega a la familia y del pago simbólico. Resuena el eco de Beauvoir en La promesa de la felicidad (Caja Negra, Buenos Aires, 2019), que afirma cuán fácil es declarar feliz una situación que se quiere imponer.

El prurito con que las mujeres se han enfrentado a la emancipación laboral ha supuesto ser juzgadas con normas del pasado mientras reclamamos vivir vidas del presente, concentrando responsabilidades y expectativas de ahora y de antes. Porque en sus casos se sigue sumando la presión social de hacerlas sentir “malas madres” o “malas hijas”, cuando en las edades de mayor promoción y ascenso profesional siguen cargando con ese malestar silencioso pero penetrante de que deben ocuparse (más) de los hijos que crecen, (más) de los padres que envejecen. Es habitual que estos tiempos en que muchos trabajadores varones se dedican a investigar, formarse o desarrollar sus creaciones propias sea un tiempo hipotecado para las mujeres, a quienes se les demanda una carga mucho mayor, o de las que se espera que abandonen.

No extraña que el malestar contemporáneo sea un malestar que se escribe especialmente en femenino. Y puede que no exista experiencia más evidente en que la fusión de vida y trabajo sea tan explícita como en el caso de las mujeres, bajo el rol de cuidados (de los que no se descansa) y que deben asumir, sean cuales sean sus demás cometidos. De hecho, la identificación de una vida fagocitada por el trabajo es asunto con tradición femenina, que en la vigente erosión online de esferas pública y privada explota hoy de muchas maneras.

Pero también la entrega al trabajo, como si nos fuera la vida en ello, rememora un hacer cargado de valor inmaterial y donde la ganancia no es lo primero para el trabajador. Otra cosa es quién saca beneficio mientras el entusiasta siente estar pagado con “la satisfacción de desarrollar tu pasión creativa”. Porque incluso siendo pobre, muchos le dicen: “Qué afortunado eres al dedicarte a lo que te gusta”.

Dibujar como deseable para el creativo un trabajo que anteponga creatividad a salario es una estrategia impecable para quienes hoy se benefician de esta situación, conscientes de que el trabajo se hará de todas maneras, no solo porque motiva sino porque además ahora el trabajo lleva a cuestas nuestro nombre. En tanto somos sujetos expuestos en las redes, un nombre obliga.

El capitalismo cultural se nutre de trabajadores motivados y vocacionales que valoran el capital simbólico, escritores, gestores culturales, investigadores en formación, artistas, entusiastas formados con buenas maneras y buen trato, dispuestos a agradar y cuyos ingresos no son lo más importante si pueden tener ese, llamémosle, estímulo creativo; trabajadores de la cultura, la academia, el entretenimiento que tienen internet como centro de operaciones.

Al capitalismo le gustan los creativos. Y la creatividad aquí apuntaría a un singular “modo artístico” de producción. Solo hay que observar cómo las sociedades contemporáneas han normalizado el pago con visibilidad, cómo la vanidad contribuye a movilizar la autoexplotación o cómo la imaginación y la originalidad, allí donde todo está expuesto, se recompensan. Pasa entonces que los modos de trabajo en las industrias creativas y del conocimiento se parecen cada vez más a los modos artísticos, y que en ellos el sistema capitalista encuentra contextos propicios para sacar partido económico a la precariedad de sus agentes.

En este tipo de trabajo hay además elementos que propician la autoexplotación. Entre ellos, una presupuesta búsqueda de actualización constante que se apropia de los tiempos libres y de descanso de los creativos para investigar, formarse o trabajar en todo cuanto circunda y sostiene su motivación creadora. A priori parecería un asunto que solo describe a los creadores y artistas en su versión más estereotipada, pero dado que hoy somos tanto producto como productores en las redes, la extrapolación se mantiene.

De otro lado, en una economía posindustrial los trabajos se apoyan en el funcionamiento simbólico, y también por ello los trabajos creativos ganan protagonismo, plagados de información, entretenimiento, investigación, escritura e imagen, mucha imagen. La profesionalización de lo simbólico está en el corazón del capitalismo cultural y en la movilización del sujeto precario y sobreexpuesto.

Por último, no cabe olvidar cómo en este contexto de vidas-trabajo que esbozo algo dificulta la acción colectiva y política, y es que entretenidos en nuestros proyectos, y protegidos tras las pantallas, los vínculos entre trabajadores se desarman. En una enésima forma de individualismo favorecida por el capitalismo y la cultura-red los compañeros se perciben como rivales, mermando la resistencia y la denuncia desde lo común.

Creo que más allá de las formas de ansiedad que caracterizan toda cultura en sus crisis y progresos, el malestar contemporáneo tiene un claro foco de tensión en la tríada de precariedad, contingencia y ansiedad, cuando los trabajadores se convierten también en producto, pero justamente en ellos reside una suerte de malestar necesario y perturbador. Me refiero al que proviene de la sacudida de la conciencia, a ese que es necesario para una existencia auténticamente asumida y para una renovada y necesaria alianza política (saber que es compartido hace la cosa política). Urge dejar de mirar la pantalla un tiempo y mirar con complicidad a quienes tenemos “al lado”.

*Remedios Zafra ha escrito múltiples libros de ficción y no ficción. Por El entusiasmo, el ensayo del que parten estas reflexiones, ganó el Premio Anagrama de Ensayo en 2017

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