Clásicos del terror a la colombiana
Publicado: 31/10/2019
Por Brian Lara

Clásicos del terror a la colombiana

Planeta lanza ‘Frankenstein’, ‘Dr. Jekyll y Mr. Hyde’, ‘La isla del Dr. Moreau’ y ‘La llamada de Cthulhu’, pero reescritos por cuatro escritores colombianos.

El terror gótico del siglo XIX se sustentó en la idea del acto creativo como un ejercicio peligroso. Esa idea late, por ejemplo, en el trabajo de los doctores Frankenstein o Moreau: dar vida es liberar monstruos.

Con este referente, la editorial Planeta en Colombia lanzó clásicos del terror gótico: Frankenstein, La isla del Dr. Moreau, La llamada de Cthulhu y Dr. Jekyll y Mr. Hyde de Mary Shelley, H. G. Wells, Lovecraft y Stevenson, respectivamente. Sin embargo, los textos no son las novelas originales, sino “covers” literarios; versiones escritas por cuatro autores colombianos: Andrea Mejía, Juan Álvarez, Álvaro Robledo y Catalina Navas, respectivamente. El proyecto, bellísimo además, no consistió en publicar traducciones de los textos originales sino verdaderas reinterpretaciones. La pregunta es: ¿por qué hacerlo? 

En la presentación del proyecto, Juan David Correa, editor de ficción de Planeta, abrió la discusión a la pregunta argumentando que a los clásicos es necesario bajarlos del estante alto de la biblioteca, tenerlos más cerca y a la mano. “A los clásicos hay que cuestionarlos”, dijo.  Sin duda los cuatro títulos de la colección son clásicos del género y de historia de la literatura. ¿Pero eso qué significa? ¿Qué implica ser un clásico? En literatura –tal vez más que en cualquier otro campo– este adjetivo carga un peso casi mesiánico que parece conducir a la reverencia y la fe. Los libros clásicos pasan a ser dispositivos de salvamento por razones que exceden a los mismos libros y a la relación entre ellos y cada lector; razones, por ejemplo, temporales o culturales. Somos clásicos cuando sobrevivimos al tiempo.

En un texto conocido –de esos que paradójicamente bien podríamos llamar “clásico”–, Italo Calvino escarba en esa idea para proponer finalmente que todo clásico es personal: “No se leen los clásicos por deber o por respeto, sino solo por amor”. Un clásico es tal solo por la relación que yo establezco con él. Un clásico es tal cosa porque me habla y yo le hablo a él. Dice Calvino: “Toda lectura de un clásico es en realidad una relectura”; “toda relectura de un clásico es una lectura de descubrimiento como la primera”. Esto sucede porque un clásico nunca es el mismo: siempre está destruyéndose y reconstruyéndose ante nuestros ojos. En últimas, lo que hace a un libro un clásico es la capacidad de diálogo, de hablar pero también de escuchar. 

La música, el teatro y el cine lo entendieron hace muchísimo tiempo. Allí los clásicos están en constante conversación y reinterpretación. De ahí que sea mucho más corriente para nosotros como espectadores reproducir un cover contemporáneo de alguna canción más o menos vieja, o asistir a la puesta en escena de alguna obra de teatro más o menos icónica, o al remake de una cinta más o menos famosa. Frente a estas obras nos acercamos sin sospecha o aprehensiones, y más bien con curiosidad. Pero con los libros no. 

Durante la presentación del proyecto, Andrea Mejía, quien reescribió Frankenstein, explicó que su trabajo consistió en escribir una “versión libre pero fiel” a la obra original de Mary Shelley; justo lo que sucede en la música, el teatro y el cine: de un cover esperamos algo diferente al trabajo del cual parte. Esperamos la mediación del segundo autor –sea músico, actor o director–, su lectura de la obra original.

En otras palabras, un cover no es más que una forma de leer. El Frankenstein de Andrea Mejía es el producto de la lectura que ella tiene de la novela de Mary Shelley. La libertad y la fidelidad se traducen entonces en el espacio que tiene todo lector frente a una obra. 

Así que este proyecto es un ejercicio de lectura: Andrea Mejía, Juan Álvarez, Álvaro Robledo y Catalina Navas bajaron del altar los libros de Mary Shelley, H. G. Wells, Lovecraft y Stevenson.

“Es una lectura triangular –dice Carolina Venegas, editora de Planeta– Estos autores clásicos son leídos por estos autores colombianos, que a su vez son leídos por unos ilustradores”.  ¿Cómo ilustrar personajes y monstruos que han sido representados mil veces? ¿Qué imagen construir del Cthulhu o de la bestia Frankenstein? 

Para Julián de Narváez, Juan Felipe Sanmiguel, Felipe Machado y Juan Gaviria, los ilustradores de cada libro, el proceso no fue diferente al de los escritores, pero tal vez sí más complejo. Su trabajo consistió en leer los puntos de unión y divergencia entre los covers y las obras originales para armar una nueva imagen. Los ilustradores tuvieron que lidiar, por ejemplo, con el hecho de que la versión de Frankenstein de Andrea Mejía esté ambientada en un tiempo histórico más cercano al nuestro, en el que ya existe el estudio de la genética y la computación; o de que en el Dr. Jekill y Mr. Hyde de Catalina Navas la pregunta por la salud mental sea mucho más marcada que en el texto de Stevenson. Tuvieron que leer, digo, esa forma de disenso –como la llama Rancière– que opera siempre entre una obra, un autor y un espectador: “El conflicto de diversos regímenes de sensorialidad”. 

Toda creación nace de dicho disenso. De ahí que crear sea peligroso. De ahí que cada creación siempre sea un monstruo. Toda obra modifica nuestra forma de sentir. Es normal, entonces, que nosotros como lectores finales de estos cover estemos reevaluando constantemente nuestra relación con ellos y, por ende, con los clásicos que los preceden, y que en la lectura algo resuene constantemente, como los pasos de una bestia que deja un temblor en el pecho.

Incluso si no hemos leído estas obras en su versión original, podemos acercarnos a los covers y a la historia que yace en en ellos, como un descubrimiento; como quien llega a una isla o a una cueva misteriosa: con cierto temor palpitando en el cuerpo. 


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