Una mirada a la obra 'Bent', en la versión de Juan Fischer
Publicado: 07/11/2019
Por Luis Felipe Núñez Mestre

Una mirada a la obra 'Bent', en la versión de Juan Fischer

"No hay que ser un crítico diplomado en nada para saber que 'Bent' tiene al menos dos argumentos de entrada. El primero: la sádica policía nazi persigue y reduce hasta la muerte a dos maricas que se aman. El segundo: la ideología de un partido", escribe Luis Felipe Núñez.

He leído por primera vez el nombre Martin Sherman. He visto a un hombre desnudo y bello a menos de tres metros de distancia y a un bailarín que le guarda luto a sus plantas secas. También vi a dos hombres huir en bata de baño por las calles de Berlín en plena noche de los cuchillos largos y a uno de ellos matar al otro en su afán de supervivencia. A dos subalternos de Hitler cercar con alambre la cuarta pared del escenario y al asesino de antes enamorarse de nuevo. He aprendido a diferenciar los colores del sistema de marcado para los campos de concentración. Vi a dos hombres cargando piedras de un lado a otro en una metáfora perfecta del amor, y hacer el amor en vivo y en directo. He llorado al oír a Laura García cantar una versión en alemán de Where have all flowers gone de Pete Seeger. He tenido la sensación de que las cosas están mal.  He entendido a cabalidad el guiño a Bent de la carta de Valerie en V de Vendetta. He querido volver a jugar Metal Slug y Doom solo para matar nazis poligonales en un gesto de ingenua justicia poética millenial. He llorado más. He aplaudido.

No hay que ser un crítico diplomado en nada para saber que Bent tiene al menos dos argumentos de entrada. El primero visto muchas veces: la sádica policía nazi persigue y reduce hasta la muerte a dos maricas que se aman.  El segundo es más complejo de explicar a la luz de los textos de historia universal con los que fui educado como la mayoría de quienes crecimos en los años noventa: la ideología de un partido, en pos de establecer identidades totales en la constitución del otro como enemigo automático, invade paulatinamente la casa de los protagonistas y los bares aledaños y los bosques y los trenes, hasta que nuestra pareja es capturada y Max es obligado a matar a Rudy para que los nazis sepan que él no es gay y no merece ser distinguido con el triángulo rosa que el sistema de marcado exige para los hombres homosexuales en los campos de concentración, pero total Max es detenido y su muestra de valor ante los nazis es recompensada —no hay modo de escribir esto sin escozor— con hacerlo portador de una estrella amarilla en su uniforme. Del primer argumento podría derivar uno de esos textos críticos del iuspositivismo que leí en la facultad de derecho, en donde se concluye que la legalidad no tiene nada que ver en el amor; que el ciudadano promedio no debe conmoverse ante los muertos o amantes de quienes viven por fuera de la ley de turno. Es decir, que las leyes no están dispuestas para la conmiseración que genera pensar en los hijos o deudos del terrorista, homicida o ladrón cuando este o esta es condenado públicamente. Del mismo modo en que nadie debería preocuparse, ciñéndose en rigor al contexto de la obra (y entendiendo a Bent como un documento histórico), por un homosexual concentrado de quien se presume legalmente la perversión y el degeneramiento.  Porque se entiende que las leyes están sobre todo establecidas para perpetuarse a sí mismas como ojeras sociales, de ahí que nadie deba alarmarse, pasados ochenta años del inicio de la segunda guerra mundial, de que ciertos actores hayan sido declarados entonces como riesgo estatal, porque hoy son considerados minorías a la luz del derecho y tienen mayores garantías que nunca antes. Y quien diga lo contrario merece ser tachado de anacrónico, muy a pesar de que algunos tipos de discriminación persistan por fuera de leyes que hoy promulgan equidad y libertad para todos y todas.

Es el segundo argumento de Bent el que me toca más las fibras. Hablo del modo en que la obra de Martin Sherman, dirigida por Juan Fischer, se sirve de un acontecimiento histórico de dominio popular para mostrar su cara B y generar en mí una reflexión dolorosa sobre la división de las víctimas de cualquier acontecimiento en categorías jerárquicas. Porque pareciera que incluso en la muerte y el exterminio hay quienes son merecedores más dignos del recuerdo que otros por razones que claramente no son ajenas a Bent. Tuve que buscar la entrada correspondiente en la Wikipedia, la del sistema de marcado en los campos de concentración nazis, para calmar mi incredulidad, porque hasta este momento creo haber visto, en las películas de Hollywood que conozco y en los videojuegos de toda la vida, alusiones solamente al pueblo judío. Nunca a los jóvenes del Swing o a los adictos a las sustancias. Ni a las personas con capacidades excepcionales. Ni a los hombres y mujeres homosexuales. 

Y no niego que esta omisión en el reconocimiento total de las víctimas de la barbarie nazi tenga que ver en parte con que suelo ser de atención dispersa. Pero basta con comparar en tamaño —no quisiera recaer en el falocentrismo de creer que una obra debe su grandeza a sus propias dimensiones físicas— y el número de resultados que arroja el buscador de Google en menos de un segundo, entre el memorial de los judíos de Europa asesinados y el monumento a los homosexuales perseguidos por el nazismo, para sospechar que estas jerarquías del sistema de marcado prevalecen a pesar de la catástrofe. 

El monumento del holocausto ocupa 19.000 metros cuadrados al sur de la Puerta de Brandeburgo. El monumento a los homosexuales perseguidos por el nazismo se ubica justo al oriente del memorial judío, pasando la calle Ebertstraße, entre las hayas del Tiergarten —que es a su vez un sitio histórico para el cruising berlinés— y consiste en un ortoedro similar a los muchos que componen al monumento vecino, con la diferencia de que este está ligeramente torcido desde su base y cuenta con una ventanita  hacia el interior donde se proyecta, en loop infinito, la imagen de dos hombres blancos que se besan. 

Me parece curioso que las principales críticas al monumento de los homosexuales perseguidos por el nazismo establezcan una paradoja entre el monumento como artefacto para la consolidación de la memoria histórica de la comunidad homosexual y, a la vez, como actor en la invisibilización de la presencia de la comunidad lesbiana en la lista de víctimas de los crímenes nazis. De hecho, esto pasa mientras el memorial judío está a la vista de todos y constituye una parada obligatoria en los itinerarios turísticos del planeta y el memorial homosexual se levanta rodeado por las 210 hectáreas de bosque urbano del Tiergarten y puede pasar por completo desapercibido.

Bent en la versión de Juan Fischer es un monumento a 9.415 kilómetros de Berlín del que el holocausto parece un pretexto —si se entiende que nuestro continente cuenta con un acervo suficiente de genocidios y barbaries que nada tienen que ver con el trágico honor de ser alemán— de representación para figurar el modo en que el poder aísla a quienes pretende reducir; en cómo esa soledad impuesta por las ideologías que promueven el odio por el otro —imponiendo en el semejante, en su conjunto o por separado, la característica de otro— es un dispositivo que facilita la alienación.

 Acaso no sea otro el problema de representación con que las víctimas de un acontecimiento trágico —de cualquier desgracia— parecen pelearse las muertes y el dolor que los embarga, promoviendo inocentemente las mismas categorías deshumanizantes impuestas a sí mismas por los perpetradores de sus propias tragedias. 

Es aquí cuando Bent pasa de ser una pieza teatral dedicada a los cerca de 50.000 homosexuales asesinados por el gobierno de Hitler —de más de 100.000 detenidos—, para convertirse en un monumento a las víctimas en general.  Bent es un llamado a cuestionar las políticas públicas que promueven solo el dolor de una de las partes, o de un grupo privilegiado de partes en el marco de un conflicto, porque estás prácticas desembarazan a los acontecimientos trágicos de sus complejidades características, banalizando en la mayoría de los casos  la violencia ejercida contra miembros de determinados pueblos y comunidades en pos de un protagonismo —ejercido con toda con toda razón, pero sin derecho de categorizar su dolor por encima de otro— enarbolado sobre cifras mortuorias que acentúan la relevancia de ciertos delitos o grupos de víctimas para el beneplácito de las masas electorales. 


Bent se presenta en el Auditorio Sonia Fajardo Forero, en la Universidad Konrad Lorenz (Carrera 9 Bis # 62-43). Hay funciones hasta el 15 de diciembre. J
ueves y viernes (8:00 p.m.) Sábados (7:00 p.m.) Domingo (6:00 p.m.).


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