La república erótica: una columna de Carolina Sanín
Publicado: 04/12/2019
Por Carolina Sanín

La república erótica: una columna de Carolina Sanín

“Lo que he experimentado en estos días de paro, a través de la horizontalidad sin nombres y del contacto con el otro vivo, me hace intuir que el tiempo pasa también de otra forma, ajena a la historia”.

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El jueves 21 de noviembre me uní a la marcha con la que inició el paro nacional. Caminé al mediodía por el medio de la calle, sin doblar ninguna esquina, flanqueada por otras personas cuyas caras ni vi ni recuerdo, empapada bajo la lluvia. Al atardecer del día siguiente salí con mi cacerola y me uní a un pequeño grupo que caminaba tocando instrumentos de percusión. A la noche siguiente, fui a cacerolear con cientos de personas que habían cerrado una avenida y bailaban y encendían pólvora, y me rescoldé de deseo en los ojos brillantes de un muchacho cuyo nombre no supe. Otra noche, oí desde mi apartamento que pasaban las cacerolas de la protesta popular. Cuando bajé, no había nadie. Entonces me fui tocando sola por el barrio, ensayando ritmos, hasta que empezó a responderme alguien desde una ventana. Él o ella me imitaba, y luego nos quedábamos los dos en silencio, y él o ella volvía a comenzar y yo la imitaba. No voy a saber nunca su edad ni su género.

Hoy sé que es lunes y que estoy en una nueva semana, pero tengo que repasar el calendario para saber cuántos días han pasado de la protesta: se me fue el tiempo o me fui del tiempo desde que empezamos a encontrarnos en las calles y a sentir que nos cuidábamos unos a otros y que estábamos juntos. He dormido poco por estar ocupada viendo los videos de nuestro paro y por estar escribiéndote y leyéndote en Twitter. Tampoco he podido trabajar. He pensado y me he enardecido, y he pensado excitada y me he excitado con la manera como nuestro pensamiento se ha esforzado y desbocado.

Me he preguntado cómo será el tiempo republicano. Colectivamente vivimos en el tiempo sucesivo, en el que a la muerte de unos sigue el nacimiento de otros, que toman el lugar de los muertos en el espacio común. La pervivencia de alguien es la vida del siguiente. Es un tiempo que pasa por la filiación (el hijo sobrevive al padre), y construye los linajes y las dinastías. Aunque sostengamos una democracia, vivimos socialmente en ese tiempo, que es monárquico (“El rey ha muerto, que viva el rey”).

Lo que he experimentado en estos días de paro, a través de la horizontalidad sin nombres y del contacto con el otro vivo –no con el predecesor que me ha influenciado, ni con el hombre que vendrá, ni con el autor cuyo libro leo (y que aunque todavía habite su carne está muerto, pues en los libros que escribimos estamos ya muertos)–, me hace intuir que el tiempo pasa también de otra forma, ajena a la historia; que mi supervivencia no está en el que me sobrevivirá, sino en mi contemporáneo; en el otro que respira al tiempo que yo, y que antes que testimonio o biografía es aliento; el que no me sigue ni está delante ni frente a mí, sino pegado a mi hombro, tañendo clamorosa y amorosamente a mi lado, deponiendo por un rato su voz individual.

El tiempo histórico (sucesivo, dinástico, filial, monárquico) es tanático: su medida es la muerte. Pasa de muerte en muerte, hacia delante, conservando y perdiendo, en línea recta. En él, es a través del reemplazo del muerto por el vivo, de generación en generación, como se sobrevive. El tiempo republicano –aquel que pude intuir cansada, alegre y confundida en las calles durante los días pasados– pasa, en cambio, de vida palpitante a vida palpitante. En él, no hay que morir para vivir en otro: hay que tener contacto con ese otro. Es el tiempo del contagio. De la promiscuidad. Del eros. Y es significativo que en la reunión horizontal de la multitud hagamos ritmos con las cacerolas: variaciones del latido del corazón, versiones y subversiones del andar del reloj. Este otro tiempo (¿cómo llamarlo, frente al histórico? ¿tiempo hímnico?) es también el de cierto tipo de relatos concéntricos, y el de los sueños y el sexo.

La irrupción, en el espacio común, de la temporalidad nocturna sobre la diurna –mientras nos plantábamos y avanzábamos por la calzada, allí donde no solemos estar los peatones– ha sido la experiencia más intensa, para mí, del paro nacional. Se ha efectuado una actualización y se han mostrado las revoluciones; no me refiero a las revoluciones en el sentido histórico, sino en el físico: a las vueltas que da la Tierra, que determinan las medidas del tiempo y nos enseñan que no solo nos movemos en línea recta hacia la muerte y el renacimiento, sino también en amorosas rondas.

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