Felicidad: una columna de Andrea Mejía
Publicado: 20/01/2020
Por Andrea Mejía

Felicidad: una columna de Andrea Mejía

“La forma de mi felicidad es siempre también un deseo”.

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Me digo en serio: si cada día me despierto más temprano, voy a terminar por despertar antes de dormirme. Acabaré, eso ojalá no, con una gastritis, porque el café de la mañana llega a mi estómago cuando él todavía está oscuro, cuando no le ha llegado por el esófago ni una bocanada ínfima de luz, y está lleno todavía del negro de la noche. Pero, ¿y? Negro de la noche, negro del café, se mezclan, se combinan, se acompañan. Despertar cada vez más temprano es mi deseo, y es la señal clara de mi felicidad.

Digo “mi” deseo, “mi” felicidad. Pero nunca se trata de mí. Cuando escribo digo “mi”, digo “yo”, y me dan ganas de pedir perdón en medio de la escritura, en medio de la vida. Pero luego no me engaño porque sé que no se trata de mí, que hace tiempo no se trata de mí; porque “yo” es solo el nombre para lo extraordinario que nos pasa a todos: estar aquí, en medio de estas formas extrañas. En medio de la escritura, cuando aparece, “yo” es un nombre verdadero, efímero y abarcador, justamente porque no es nadie, porque es fluctuante como el agua del océano.

Las formas de mi felicidad son muchas. No están mutiladas porque ellas siempre aparecen enteras, de manera inmediata y clara, bañadas en su propia luz. Mi hija: la forma única en que ella inventa palabrotas, groserías, improperios; malas palabras que son oro en su boca. Maldice que parece que bendice; y también la forma en que reímos juntas hasta que ya no tenemos más camino que llorar de tanta risa y abrazarnos, metidas en la cama; y la forma por fin en que lloramos, ya no de risa, a veces, cuando leemos algo que nos gusta mucho, o en el cine: conmovidas, moqueamos, nos tomamos de la mano.

La foto que ella me manda esta mañana desde Bocas de Ceniza, la desembocadura del río Magdalena en el océano; ¡el océano! El recuerdo que tengo de hace años en ese lugar: los rieles rutilantes que van hacia el mar, las cometas negras hechas por los niños con bolsas de basura que vuelan en el cielo. Una felicidad triste. Otro recuerdo mucho más viejo que tengo de pequeña: siempre para el Día de los Reyes Magos yo pedía ceniza, en vez de dulces. Hasta que un día mis papás se compadecieron y me dejaron un cuenco de ceniza bajo el árbol de Navidad. ¡Qué alegría rara sentí!

Aún hay más: los campos de dientes de león en flor, el canto de las mirlas, el páramo cuando está en flor; los pájaros azules, según mi abuela. Mi hija lo confirma, dice que los pájaros azules son imágenes de la felicidad porque en la naturaleza no hay nada realmente azul: son reflejos de la luz, dice ella, como las alas de las Morpho, las mariposas azules. Según mi propia suerte son imágenes de la felicidad, también, y en primer lugar, los pájaros rojos. Los rebaños de gallinas doradas y blancas que saca a pastorear Miguel, el señor que me vende los huevos; las curvas de la carretera; el cielo del verano que es enero; la aurora, como dice Homero, con sus dedos de rosa (y qué exacta es su imagen que en el colegio me parecía surreal, disparatada, loca); los tres comederos para pájaros que hizo Ángel, porque le dije que quiero alimentar a los pájaros; Orión corriendo en las noches por el cielo, vigilando que todo sea exactamente como es, que “yo”esté en mi lugar que es aquí siempre; la luz clara y desconocida de la muerte; la verdad, la dicha completa, la emanación, como dice Plotino (que alguna vez intenté leer con juicio), de la divinidad en nosotros. El solo viento. La sola mente: todo lo que aún no ha nacido en nuestro pensamiento. La inocencia, la generosidad y la dulzura.

La forma de mi felicidad es siempre también un deseo, un deseo intenso de felicidad para mí, ya realizado siempre, para “mí” que es el nombre de cada uno de los conocidos desconocidos que somos todos; desconocidos, para empezar y por fortuna, para nosotros mismos. Aunque sabemos demasiado, no sabemos nada. Por eso podemos siempre ser felices.

“Porque el silencio y las cenizas son el camino recto”, leí ayer en alguna parte. ¡Ah! ¿Lo son? No lo sabemos, no lo sabemos. También son caminos los ríos, porque no son rectos. Las carreteras, los rieles, los paseos por la ciudad. El bosque, en primer lugar. O el océano. La memoria es un camino lleno de peligros, a veces de contento. Camino transparente y vacío es el futuro. Y también es camino, el camino, la muerte. Todos los terrores de la vida se transforman en una felicidad que ya no tiene forma, ni nombre. Ceniza y silencio. Tal vez.

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