Un planeta de palmitos (para luchar contra la deforestación)
Publicado: 20/01/2020
Por Santiago Valenzuela*

Un planeta de palmitos (para luchar contra la deforestación)

En un pequeño municipio a orillas del río Atrato, un líder ambiental dirige la única iniciativa sostenible de la zona. Le sirve para vender palmitos por todo el país y hacerle frente a la deforestación.

Este contenido surge de una alianza entre ARCADIA y Crepes & Waffles 

Llegar a Vigía del Fuerte exige un largo y arduo viaje: más de tres horas en lancha me tomó hacerlo desde Quibdó. Este enclave del departamento de Antioquia en el río Atrato está cerca de Bojayá y Bellavista, dos municipios chocoanos, olvidados por mucho tiempo y golpeados por la pobreza, la falta de oportunidades y el conflicto armado. En Vigía, como en otros caseríos que lo rodean, no siempre hay luz, el agua no es potable y no hay alcantarillado. Según la Gobernación de Antioquia, el 68 por ciento de la población vive con las necesidades básicas insatisfechas.

El municipio, ubicado a trescientos cincuenta kilómetros de Medellín y a ciento veinte de Quibdó, ha vivido por más de veinticinco años la violencia del crimen organizado y los embates del conflicto armado, en medio del cruce de fuego entre el Ejército, las guerrillas de las Farc y el ELN, y los paramilitares. En medio de las dificultades, la población del medio Atrato ha encontrado sustentos básicos de supervivencia en la pesca, en la minería, en la tala de madera –tanto legal como ilegal– y en los cultivos de uso ilícito. Es común que a Vigía lleguen, cada lunes, alimentos como el plátano, la carne, el aceite, las gaseosas y el agua potable, desde el norte de Urabá.

Para llegar a Vigía del Fuerte, donde se encuentra la planta de palmitos Planeta, hay que viajar tres horas en lancha desde Quibdó.

“La agricultura hasta ahora está comenzando a despegar, pero tiene mucho potencial”, cuenta Nemecio Palacios, un empresario y líder ambiental, que vive desde hace cuarenta y dos años en la zona. “Mire estos dos ejemplos. El asaí, una de las frutas más nutritivas del mundo, crece aquí, en nuestros bosques del Atrato. Y de esa misma palma, la palma de naidí, salen los palmitos, esos que les gustan tanto en las ensaladas”.

Nemecio sabe lo que dice. En Vigía del Fuerte, en una casa blanca de dos pisos, tiene una empresa de producción de palmitos y asaí. Se llama Planeta y la creó en 2016 junto con un grupo de ecologistas y profesionales en agricultura. Tiene nueve socios –siete hombres y dos mujeres–, todos de la región, con experiencia en agricultura y trabajo comunitario. La planta de Nemecio se opone a la idea desoladora que a veces existe del medio Atrato: ese paisaje de tala de madera –en 2017 y 2018 se deforestaron 20.000 hectáreas de bosque en Chocó, según el Ideam–, de cultivos de coca, de grupos armados y guerra pierde su fuerza ante la vida que irradia Planeta.

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En el bosque chocoano, a pocos kilómetros de los consejos comunitarios que rodean a Vigía del Fuerte, se pueden ver, además de las casas de madera y los cultivos de borojó y chontaduro, las palmas de naidí. Algunas alcanzan los veinte metros de altura y cargan en su copa pequeñas frutas negras redondas: el asaí. Cada quince días, ocho hombres con botas pantaneras y machetes toman rumbo a las profundidades de la selva para cortar los cogollos de la palma. Los encuentran justo debajo de las ramas, y de ahí salen los palmitos. Si hay cosecha, tras obtener los cogollos y sin tumbar las palmeras, recogen el asaí y regresan a Vigía del Fuerte, donde los espera Nemecio.

“Es muy gratificante ver esto. Llevo veintidós años trabajando en esta idea de producir palmitos de manera sostenible y generar empleo”, dice Nemecio orgulloso, con la mirada puesta en los cientos de tallos que lo esperan en la puerta de su planta. “Aunque al principio me decían que era un vendedor de ilusiones, hoy estamos recibiendo palmitos para enviarle unos dos mil frascos a Crepes & Waffles”.

Melkin Palacios, uno de los socios, recuerda que el interés por la palma de naidí comenzó hace dieciséis años. “Arrancó con una iniciativa que se llamó Bosque Húmedo, aunque no prosperó porque hacer empresa aquí es muy difícil”, cuenta. “Pero buscamos alternativas porque no queríamos formar parte de empresas extractivistas”. Por su parte, Eleuterio Mosquera, otro de los socios, que llegó hace cuatro años a Planeta, cuenta que “en una reunión, cuando estábamos buscando nuevos rumbos, Nemecio nos dijo que cada quien hiciera un aporte y nos pusiéramos a trabajar para darles empleo a mujeres cabeza de familia y a jóvenes que no encuentran trabajo en nuestro territorio. Así nació Planeta”.

Un grupo de trabajadores de la región corta los cogollos. Por cada cogollo que llevan a Planeta reciben quinientos pesos; la comunidad en donde están las palmas, por su parte, recibe ochenta pesos por unidad. En un solo día, los ocho trabajadores pueden traer hasta mil cogollos, de los cuales salen unos cuatrocientos frascos de palmito. Para llegar a los envases los cogollos deben pasar por un proceso de transformación, que lidera Deisy Santos junto con otras tres mujeres: se encargan del corte y la selección. “Al cogollo hay que quitarle varias capas hasta llegar al palmito, que es el corazón de la palma”, cuenta Deisy, quien por estos días cumple dos años en Planeta.

Deisy tiene cinco hijos, vive hace seis años en Vigía del Fuerte y cree que con los palmitos posiblemente no necesite desplazarse a otro lugar en busca de empleo. “Nosotras estamos contentas en el trabajo porque es muy tranquilo. Hay jóvenes que no encuentran empleo, les toca irse del municipio. Pero algunos se han quedado porque pueden ir a cortar palmito o porque aprenden a traer el asaí”. Un trabajador de palmitos puede llevarse a casa ochenta mil pesos diarios, más que lo que gana un raspachín de coca.

En un solo día, los trabajadores pueden traer hasta mil cogollos, de los cuales salen unos cuatrocientos frascos de palmito.

En Vigía del Fuerte, donde al menos la mitad de la población vive por debajo de la línea de pobreza, trabajar con palmitos es una enorme oportunidad, muy distinta de las que suelen existir, que incluyen el riesgo de terminar en las filas de un grupo armado.

Planeta es una empresa pequeña que busca producir alimentos sin deteriorar el entorno. Sus ocho personas en campo trabajan ocho o diez días del mes cortando cogollos, ocho más en la planta de producción y dos en el área administrativa. Ha sido un proceso largo y cuidadoso en que Nemecio, como ecologista, ha tenido que sortear las dinámicas del conflicto armado y los problemas de la disponibilidad de tierras para cosechar. Su proyecto hasta ahora no ha recibido apoyo estatal, pero ha contado con alianzas, que incluyen organismos de cooperación internacional. Cuando lo visité, por ejemplo, estaba sacando adelante un proyecto con el programa Partnerships for Forests, del Gobierno del Reino Unido, que invierte en las iniciativas locales para evitar la deforestación.

En enero de 2017, un equipo de Crepes & Waffles visitó a Nemecio y decidió apoyarlo por la calidad de su producto y por su aporte a la sostenibilidad ambiental.

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Nemecio nació en el corregimiento Isla de los Palacios, en Vigía del Fuerte. “Vivíamos de todo lo que encontrábamos en el bosque: de la naturaleza, la pesca, los cultivos de plátano, chontaduro. No era necesario deforestar”, recuerda. Pero, paso seguido, cuenta que su infancia también estuvo marcada por la impresión de que “todo el mundo trabajaba cortando madera, pero la gente seguía muy pobre”. “La tala no mejoraba la vida del pueblo y, en todo caso, se afectaba el bosque. La riqueza iba para las personas que transformaban la madera en Medellín, en Pereira, en Barranquilla…”.

Nemecio Camacho lidera las labores de Planeta junto con nueve socios –siete hombres y dos mujeres–, todos de la región, con experiencia en agricultura y trabajo comunitario.

Se graduó como tecnólogo agropecuario y administrador de empresas de la Universidad Tecnológica de Quibdó, y pronto se integró a procesos comunitarios que buscaban superar lo que él llama “la ecología romántica” y ofrecer alternativas reales a la extracción de madera y la caza con fines comerciales, que eran la única ocupación en la legalidad que le daba a la gente de comer. Hoy, tras más de veinte años, Nemecio es un líder comunitario y ambiental.

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El consejo comunitario afro de San Martín, a unos veinte minutos en lancha de Vigía del Fuerte, es uno de los lugares que tiene palmas de naidí en sus bosques. Se trata de un caserío de ochenta familias, todas reubicadas después de la masacre de Bojayá de 2002. Detrás de los palafitos de madera que sostienen las casas está la selva, hoy con la tierra resbalosa por la lluvia. Al fondo, caminando casi un kilómetro, las palmas se alzan sobre los árboles y otras plantas más pequeñas.

José de la Cruz Mosquera, un hombre de sesenta y dos años, oriundo de San Martín, río Atrato, es hoy el representante legal del consejo y dice que “el proceso del palmito es interesante” y que Planeta está mostrando un nuevo camino. “Nosotros no sabíamos que esa fruta existía. Antes esas palmas se tumbaban para sembrar arroz. Y acá nadie ha venido a decirnos cómo puede ser lo de la agricultura. Con el palmito ya sabemos para qué sirve, y la pepa del asaí hasta remedio es. El palmito es un referente grande para nosotros. Planeta aporta a la comunidad y nos va mostrando cómo podemos seguir con la agricultura”.

Nemecio oye las respuestas de Mosquera recostado en una palma. “A veces se escuchan rumores de que viene un grupo armado o algo así, y eso alerta a la gente porque cuando eso pasa cualquier proceso, como ese del palmito, se aniquila por completo”, continúa este. Otro lío, añade, es que el precio del palmito es más caro que el de otras regiones porque no existe un espacio para cosechar y la palma silvestre produce menos cogollos que la que es cosechada en grandes extensiones planas.

Nemecio interviene y explica que, mientras en condiciones naturales un cogollo pesa 1,34 kilos, en plantación puede pesar hasta seis. “Eso sí, acá hace falta mucha investigación porque el palmito está creciendo, pero no queremos monocultivos. Sabemos que en el bosque hay diferentes variedades de vainilla y otros frutos que hace falta aprender a cosechar y producir”.

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Las peticiones de Nemecio y los consejos comunitarios que hoy se liberan de economías que no son sostenibles –como la extracción de madera– han tomado fuerza en los últimos años. Esto se debe, en buena parte, a que, tras la firma del acuerdo de paz, Vigía del Fuerte por primera vez pasó a ser uno de los ciento setenta municipios priorizados en los planes gubernamentales: en una primera fase, se proyectó ejecutar cerca de cuatro mil millones de pesos para impulsar iniciativas agroforestales y mejorar la economía de trescientas veintisiete familias.

Sin embargo, el Programa de Desarrollo con Enfoque Territorial (PDET) todavía no avanza como se desea. Vigía del Fuerte sigue esperando servicios básicos como luz y agua potable, infraestructura y puestos de salud, vivienda y educación rural y títulos de propiedad.

En el corregimiento de San Alejandro, a media hora en panga de Vigía, no hay agua potable ni aulas escolares. “Es que no tenemos ni pastillas para el dolor de cabeza. Toca venirse a Vigía para cualquier urgencia porque aquí no tenemos nada de eso, ni un puesto de salud”, dice Ricardo Ortiz, un líder afro. En su comunidad, al menos cien personas trabajan con los palmitos de Planeta, donde, según Ortiz, “se ha dado un proceso instantáneo de aprendizaje e interés sobre el aprovechamiento forestal”. Allá trabajan por temporadas, pero quisieran que fuera algo continuo.

Los PDET, los palmitos, la labor de Planeta: todos estos procesos, dice el alcalde de Vigía del Fuerte, Félix Santos, “generan muchas expectativas y llegan en buen momento. El municipio hoy tiene una deuda bastante alta, de dos mil novecientos millones de pesos, y unas deudas muy grandes en servicios públicos”. El problema, según Santos, está en la falta de oportunidades económicas. “Hoy Vigía no tiene microempresas que generen empleos de calidad. La de palmito es la única que está tratando de hacerlo y por eso queremos apoyar esta iniciativa y otras que estén en la dinámica de la sostenibilidad”.

Las calles de Vigía del Fuerte, todavía sin pavimentar, quedan desoladas después de las diez de la noche, cuando se corta definitivamente la luz. En el día, cuando se abre el cielo y los rayos del sol caen sobre el río Atrato, las familias indígenas y afros se reúnen en la orilla para recibir la pesca de la madrugada. En pequeñas pangas de madera van, en hilera, los trabajadores de Planeta, en contravía de aquellos que van por la madera o el oro.

Su destino es el bosque, donde está la palmera de naidí.

*Valenzuela es periodista y antropólogo. Ha trabajado en las redacciones de El Espectador, El Colombiano y Pacifista.

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