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¿Para qué?

Adriana Cooper sobre el caso de Catalina Ruiz-Navarro y las reacciones que ha suscitado.

2017/12/08

Por Adriana Cooper

Dos historias, dos personas. Ocurrió hace una semana en una ceremonia de grados de esas que hay por estos días. Después de varios discursos, pasó una mujer al frente a decir unas palabras, a propósito de la graduación de su hija menor. Quienes la vimos salir a hablar sin papel en mano y ausencia de poses, no sospechamos que su discurso sería el mejor de esa mañana.

Después de unos minutos hizo una pregunta al público que se convirtió en el mensaje central: ¿para que estudiaron tanto aquellos europeos de principio de siglo que al final terminaron colaborando para que el régimen alemán acabara con la dignidad de judíos, homosexuales, contradictores, gitanos o personas en situación de discapacidad? Aquella gente sabía de todo: idiomas, teorías filosóficas y científicas, cómo tocar un piano, iba a conciertos, asistía a debates. ¿Por qué tanta educación y cultura no bastaron para comprender y tratar mejor a otros que eran diferentes y también iguales?

Esta mujer llamada Dana Benarroch hizo referencia implícita a una frase de Isaac Bashevis Singer: “la bondad es la forma más elevada de inteligencia”. Este escritor que huyó a Estados Unidos para evitar que se lo tragara el remolino de la oscuridad y lo había visto casi todo, comprendió al final de sus años que las historias literarias también tienen una función más allá de entretener, emocionar o entregar datos: sirven como ventana para entender la vida de otras personas, lejanas y distintas. Y cuando entendemos a otros, causamos menos daño, somos más conscientes al actuar y pensamos qué impacto tiene lo que hacemos y decimos.

Segunda historia y ocurrió después. El director de una revista para la que colaboro me pidió entrevistar a Nicolás Hermelin, un arquitecto paisajista reconocido en el medio. Con el sonido arrullador de una quebrada de fondo y humildad socrática, advirtió que no iba a hacer un recuento de sus logros, “así que no sé si funcione esta entrevista y pueda responder a todas sus preguntas”. Al igual que Dana, prefirió centrarse en lo humano, en el significado de su oficio y al que definió en pocas palabras: “Que la gente aprenda a estar mejor con otros, esa es la gran obra del arquitecto”.

Estas frases regresaron ayer cuando leí en la página web de esta revista una columna de Mario Jursich titulada “Lectura y viejos verdes”. En su escrito, habla sobre Catalina Ruiz -Navarro, la columnista y activista que en las últimas semanas ha sido acusada de plagio por no citar con rigor a autores en el marco teórico de una tesis escrita hace una década. También escribió una columna en la que, palabras más palabras menos, criticó a Gabriel García Márquez por haber creado personajes que considera machistas. Sobre ella Jursich dice frases como: "Tiene un modo primitivo de leer ficción”; “leer literatura de manera tan chata produce infinidad de majaderías” o “sin importar su grado de disparate”. Y termina: “No tildar de lectura feminista a lo que solo es una brutal falta de sensibilidad y sindéresis”.

Después de leerlo surgen preguntas: ¿Son necesarios tantos adjetivos y además negativos, para referirse al intelecto de una persona? ¿El hecho de que alguien se equivoque invalida todo su aporte intelectual previo? ¿Juzgamos a la gente con fuerza en el ámbito académico para validar un prejuicio inconsciente que tenemos, quitarnos una incomodidad hacia una situación que nos refleja esa persona, cobrarle algo, o simplemente para sentirnos superiores? ¿Se justifica la vergüenza pública producida por un texto, o hubiera sido más efectivo hablar con esa persona en privado para entender mejor su punto de vista o manifestarle una sugerencia o desacuerdo? ¿Necesita García Márquez que lo respaldemos con tanto ahínco cuando su talento ya hizo que sus obras se defiendan hasta la eternidad? ¿Las respuestas están afuera o dentro de nosotros mismos?

Algunos escritores experimentados suelen recomendar esto a sus alumnos cuando empiezan a escribir cuentos, y algunos autores sin mentor lo hicieron por instinto: “No juzgue al personaje con adjetivos ni incluya reflexiones críticas con el fin de orientar al lector hacia esos juicios para que los ratifique, porque el lector por sí mismo hará su propia interpretación”. Lo mismo podría aplicar a otras situaciones de la vida.

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